Hoy comemos en... St. Louis Steak House

Jueves, 26 de Febrero del 2015     |    Por Anabel Palomares

Hoy comemos en... St. Louis Steak House

Las hamburguesas no se comen solas, y nosotros tenemos a una mujer que podría alimentarse sólo de hamburguesas, brownies y onzas de chocolate. El sacrificio hecho fémina, dispuesta a poner los puntos sobre las ies en un mundo dominado por la carne picada. Hoy nuestra temida crítica visita el St. Louis Steak House, ¿se librará de su ira?

Miércoles, tres de la tarde. Tenemos reservada una mesa para dos en un restaurante en un barrio de Madrid. Hay hambre, y mucha. Mis fuerzas de superheroína hamburguesil comienzan a flaquear, y necesito gasolina para ponerme en marcha y poder combatir el mal hamburguesero que acecha a esta ciudad. Al llegar, 15 minutos de espera me reciben en el St. Louis Steak House & Sports Café, tiempo que aprovecho para leer el, posiblemente, nombre más largo de todos los restaurantes que he visitado en mi vida. El local tiene dos salones que gracias a su web descubro que son el St. Louis y el Missisipi, uno oscuro, con paredes negras, y otro blanco, con mesas de igual color y sillas tan incómodas como las de las salas de espera de las urgencias de La Paz. El techo del salón donde entramos está decorado con paneles de color pino, y el local está tan abarrotado de corbatas y faldas de tubo, que creo estar en una feria del maletín en lugar de en un restaurante. Tres camareros corren de un sitio para otro mientras una señora nos indica que tenemos que esperar un poco, así que nos quedamos de pie entre un mar de murmullos, sin saber bien si movernos, o quedarnos muy quietos para no llamar la atención de los directivos. La barra está repleta de vasos, tazas y platos sucios que acompañan gustosos a decenas de cascos de refrescos, y que aporta una imagen sucia y bastante descuidada. ¿Falta de personal? Eso desde luego, porque con más de 30 mesas, no puedes tener a tres camareros en sala, y ninguno en barra organizando todo ese tinglao. Tío, hay tanta gente en paro que seguro que puedes permitirte aunque sea a Jamie Dornan de media jornada, que desde que hizo 50 Sombras de Grey me han dicho que anda buscándose otro curro. Tras sentarnos y después de la espera, el camarero nos trae una carta con el menú del día del tirón, que rechazo con cara de perro y voz de Sauron. Yo. Hamburguesa. Ahora.

“De carne de vacas gallegas y asturianas seleccionada por "Luismi", el carnicero de los grandes cocineros. Y con el sabor de la parrilla de leña. Carne 100% sin ternillas ni huesos.” WTF? ¿Qué habéis visto en otras cocinas para tener que puntualizar ese último tema?

De entrante pedimos los aros de cebolla, y dos Coca Colas que son de 350 ml. (minipunto para el garito). El rebozado era como el de unos calamares a la romana congelados, basto, y demasiado abundante para apreciar nada que no fuera masa por todos los sitios. La cebolla desaparecía como lo hizo Marisol cuando le crecieron las tetas, y no pude apreciar apenas el sabor de la cebolla que tanto me gusta. Caseros, sí, pero no acertados.

Aros de cebolla del restaurante con el nombre más largo del planeta. Certificado por Guinness World Records

A pesar de una gran variedad de carne a la parrilla, decidí que yo había ido a probar una hamburguesa, porque en la dura tarea de encontrar la mejor hamburguesa este, es el único camino. Cuatro tamaños de carne, y tres ingredientes a elegir, rollo Telepizza. Opté por la mediana (180gr) y por pagar 80 céntimos más (40 céntimos por cada ingrediente extra) y elegí lechuga, tomate, cebolla frita, bacon y cheddar, porque hay veces que es mejor no arriesgar y porque en esta ocasión el margen de maniobra no era mucho más amplio, la verdad. En plato de pizarra aparece la cebolla más quemada que he visto en mi vida. Tan churruscada que se parecía a Donatella Versace en un mal día de rayos. O en un día normal. Tan oscura que ni Papuchi hubiera sabido describirla.

Amargaba como ella sola, así que la aparté. Lástima que no hubiera hecho lo mismo con la hoja ENTERA de lechuga romana y las dos rodajas de tomate que parecían ser recién salidas del Ministerio del Tiempo, de un pasado antiguo y glorioso. La carne era correcta y estaba en su punto, pero al dar el primer bocado y comprobar que ese pan no iba a poder soportar ni un tercio del peso que llevaba consigo, me llevé la mayor sorpresa de todas. Salada. Primer restaurante de la ristra que llevo visitados que me pone la carne así. Prefiero que pequen de soso, por dios, que eso tiene remedio, pero una carne salada es imposible de comer, es como intentar que Belén Esteban sume de cabeza sin ayuda de sus dedos, algo inviable. El camarero vio como apartaba la cebolla, y después el tomate, y después la hamburguesa, pero no se acercó a preguntar absolutamente nada. Para él parecía que todo andaba bien.

Cebolla carbonizada en la hamburguesa anónima del St. Louis

Mi media langosta pidió una grande (250gr.) con lechuga, cebolla caramelizada, bacon y cheddar. ¿Por qué el Karma castiga mi paladar de ese modo? Es por meterme tanto con la Esteban, ¿verdad? La suya estaba buena, ni salada ni nada. De punto perfecto y donde sí se notaba una carne de calidad y con un buen sabor. Equilibrada, aunque difícil de comer con ese pan delgaducho y finústico.

Hamburguesa del restaurante St. Louis Steak House

De postre, y con la intención de que mis ojos dejaran la tristeza atrás, pedimos la tarta de tres chocolates. Esa tarta maravillosa de chocolate blanco, con leche y negro, en un degradé de puro placer. Un bocado celestial que es uno de mis postres preferidos, pero esta… No me gustó, no sé aún si por la desazón y la desidia, por el sabor amargo que aún recordaba o por la propia paranoia que se apoderó de mí donde un restaurante se empeñaba en que yo me fuera a disgusto de allí. El caso es que la textura era dura, las capas estaban demasiado separadas y la tarta me resultó bastante insípida para ser de chocolate.

Tarta de tres chocolates de St. Louis

No sé si fueron las confianzas excesivas del camarero, que palmeaba la espalda de mi novio como si fueran colegas de toda la vida, o la barra a rabiar de mierda, o las cajas de aquabona por mitad del local, o la salida de humos con más mugre de todas las cocinas por las que aún no ha pasado Gordon Ramsay, o el hecho de que no era para nada lo esperado. Día laborable, menú ejecutivo en el 99% de las mesas, y no estar preparado para someterse a una cata hamburgueseril, yo creo que esas son las pegas. Y la comida, eso también.

 

VEREDICTO

Decoración: Aprobado. Los demás sports bar que conozco parecen un sports bar. Había un casco de moto, un bate de béisbol para echar a las críticas lunáticas como yo, unos guantes de boxeo y en nuestra sala, sólo una camiseta de beisbol. Ni fotos ni nada que hiciera pensar en un restaurante con temática deportiva. Y por favor, sillas donde al menos pueda colgarse el bolso, que había tantos bolsos en el suelo que parecía una ginkana para los camareros.

Servicio: Aprobado. Odio las confianzas excesivas y el acercamiento que invada mi espacio vital. Me gusta mantener y que se mantenga una línea profesional que nos separe y en las que los DOS nos sintamos cómodos.

La mesa: Notable. Manteles y servilletas de papel reciclado, que siempre mola cuidar el medio ambiente.

Gordon Ramsay opina que la comida era: Insuficiente. La calidad de la carne de las hamburguesas estaba muy bien, pero recordemos que cobran 12 eurazos por una de ellas, y una Burger no es sólo carne. Ni el entrante ni el postres estaban a la altura de los recios que se cobraron.

Guita: Entre 20 y 25 euros por barba, demasiado para todo lo que rodeó mi experiencia allí.

 

El Glupglup estamos desarrollando un paladar tan exigente en cuanto a hamburguesas se refiere, que no nos vale cualquiera, y este es el momento de que la hamburguesa ANÓNIMA del restaurante St. Louis Steak House, se somenta a votación

 

Presentación : ★★

Aspecto: 

Olor: ★★★

Tamaño: ★★★★★

Jugosidad: ★★★★ 

Sabor de la carne: ★★

Ingredientes:

Originalidad:

Pan: 

Sabor en conjunto: ★★

 

Puntuación total : 4,4

 

St. Louis Steak House

Paseo Tierra de Melide 38

(Esquina Calle Ligonde)

stlouises.wix.com

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Este artículo lo ha escrito...

Anabel Palomares

Ana Belén Palomares (Madrid, 1986). Diplomada en fisioterapia, pero dedicada al mundo de la moda en una de la mayores cadenas de España, esta chica madrileña vive entre libros de cocina y discos... Saber más...