Esto ya lo he visto

Esto ya lo he visto
Miércoles, 20 de Enero del 2016     |    Por Pepa López-Francos

Esto ya lo he visto

Déjà Vu. Una expresión que muchos aprendieron viendo Matrix, pero seguro que viendo otra peli habéis tenido alguno. La cartelera no para de llenarse de películas calcadas, con escenas calcadas, con recursos calcados... que muchas veces nos hace preguntarnos: ¿esta peli no la he visto ya?

Todos hemos tenido esa sensación de haber visto una película mil veces cuando en realidad eran distintas películas. Escenas que se repiten incansablemente de una película a otra nos hacen sentir dentro del día de la marmota, acompañados o no por Bill Murray.  Sonreímos a la pantalla sintiéndonos un poco cómplices porque sabemos que "esa" escena no puede terminar de otra manera que no sea "así", y de repente nos transformamos en expertos guionistas de cine. ¿A quién lo le ha pasado?

He escogido en primer lugar el sempiterno contador digital de números rojos. Está en TODAS las películas de acción. El primero que recuerdo es el de Juegos de Guerra, donde Matthew Broderick está a punto de causar un desastre de proporciones planetarias gracias a un jueguecito de ordenador. Aún hoy, en 2016, las películas de acción donde una bomba va a explotar, o en las que un meteorito va a colisionar contra la tierra, o en las que una terrible tormenta nunca antes vista va a dejarlo todo perdido, cuentan con el contador digital de números rojos. Es un amigo que nos ha acompañado durante al menos 30 años, y lo echaríamos de menos si no estuviera.

- Manolo, ¿cuál corto? ¿el azul o el negro?
- Mierda, ¿quién ha mandado al daltónico a desactivar la bomba?

Pasemos a las innumerables películas de highschools y adolescentes. La fea impopular con una amiga o amigo fiel que también es impopular, de la que se ríen todos los demás, especialmente la capitana del equipo de animadoras o la panda del capitán del equipo de rugby/beisbol/baloncesto. Estos, los deportistas, suelen ser muy guapetes y abusones. Muchos de ellos, simples como el mecanismo de un chupete. La capitana del equipo de animadoras está cañón, pero es idiota y casi siempre cruel. Qué situación tan atribulada para la pobre chica impopular. Pero... ¡magia! A lo largo de la película, aquella pobre niña incomprendida y fea se transformará como por arte de birlibirloque en una chica bastante potable. Comienza a adquirir fama, y deja abandonados a sus amigos losers, entre los cuales seguramente hay uno que lleva toda la vida enamorado de ella y que, casualmente, es su mejor amigo. La chica protagonista comienza a alternar por los círculos de poder del instituto, quizá mantiene un escarceo con el capitán del equipo de beisbol/baloncesto/rugby, súbitamente atraido por su gran belleza y, en la mayoría de los casos, su inteligencia sin par. ¿Cómo acabará esto? ¡Dios mio, no puedo resistirlo! ¡Cuanta presión! Todos tranquilos... la capitana del equipo de animadoras recibirá su merecido, la chica protagonista volverá a recuperar a sus amigos y, de nuevo como por arte de magia, se dará cuenta de que su verdadero amor es ese chico que siempre ha estado a su lado.

En las comedias románticas de veinteañeros y treintañeros, los dos protagonistas se odian a muerte durante el 90% de la película, o simplemente no se fijan el uno en el otro hasta el minuto 1:40:32, o sea, unos 10 minutos antes de terminar el film. Las más intensas sin embargo, son aquellas en las que se odian y se pasan dos horas viviendo increíbles malentendidos y situaciones cómicas. También hay muchas comedias románticas en las que los protagonistas tienen la misión de liar a dos de sus amigos, y finalmente (en un inesperado twist de acontecimientos) terminan por liarse ellos. Y por supuesto, siempre está el socorrido argumento de protagonistas que son los mejores amigos y se dan cuenta justo al final de la película de que siempre se han amado apasionadamente. De todas las pelis en las que ocurre esto, rescataría nostálgicamente "Admiradora secreta". Gran final.

Comedia Romántica: descripción gráfica.

En las mismas comedias románticas, y en películas supuestamente más serias (¡incluso en dramas!) todos hemos asistido a esa escena en la que la música de la banda sonora se torna melancólica, mientras vemos a la protagonista enfundada en un jersey de mangas imposibles, cuatro tallas más grande que ella, y sosteniendo con ambas manos una taza de café mientras mira lánguidamente a la ventana, en la que chocan las gotas de lluvia. En mi vida he cogido una taza con las dos manos. Un día lo probé y era completamente antinatural.

Vamos con las huidas en películas de acción. Desde aquí quiero hacer un sentido homenaje a todos los guionistas que han hecho huir a su protagonista HACIA ARRIBA. O sea, si quieres salir de un edificio, lo normal es que cojas el ascensor y salgas por la puerta principal. Si se ha cortado la luz ante un terrible ataque terrorista, huyes por las escaleras, pero coño, HACIA ABAJO.  Pues no, no. En las pelis, todo hijo de vecino huye siempre hacia arriba, provocando, o bien una trepidante escena en la azotea en la que 9 veces de cada 10 aparecerá el helicóptero de los malos (¿pero de dónde sacan los malos tanto dinero, oye?), o bien una magnifica muestra de persecución a corriendo a toda velocidad por todas las azoteas de la ciudad, que, mágicamente, están interconectadas, o son de fácil acceso mediante un salto más o menos posible. Bueno, también llega a veces ese momento en el que el protagonista, acorralado, debe hacer un salto imposible (probable caída al vacío) o enfrentarse a sus enemigos estando totalmente desarmado.  Es igual, los guionistas SABEN, CONOCEN. Y harán que el protagonista pueda efectuar ese salto improbable, o que, mediante una pelea a muerte, se apodere del arma de sus enemigos.

Al hilo con las huidas en las películas de acción, ¿quién no recuerda al protagonista huyendo cual rata pertrechado con una simple pistolita, mientras todos los malos corren detrás con ametralladoras y fusiles de asalto? Como los guionistas son así, de natural bonachón, consiguen que una sola pistolita mate a cuatro o cinco malos, y que al protagonista no le alcance ni una sola de las balas disparadas con las más impresionantes armas de ataque moderno.

Casi 50 tópicos del cine de acción se pueden resumir en tres palabras: Jungla de Cristal

Siguiendo con las huidas, me vienen a la cabeza Viernes 13, Scream, y películas de pelaje similar, en las que una valiente (e inconsciente) protagonista escucha un ruido sospechoso, y se dirige ni corta ni perezosa a ver qué hay. Y todos pensamos "¡No! ¡Idiota! ¡Huye! ¡Lárgate de ahí!". Pero no, ella empeñada en que aparezca Jason o cualquiera y le rebane el pescuezo o le saque las tripas. Si yo oigo un ruido sospechoso, me falta tiempo para salir corriendo por la puerta o elijo quedarme agazapada debajo del edredón llorando bajito, pero claro, yo no estoy en ninguna película.

Que no falte el justo homenaje a las largas carreteras rectas que discurren por un puente. En cuanto ves el puente, lo sabes. Va a montarse una explosión ahí de padre y muy señor mío que va a facturar a unos cuantos coches de policía (ah... los coches de policía, grandes sufridores con mayúsculas de las películas de acción) a un infierno de llamas y piruetas automovilísticas.

Los puentes tienen además la ventaja de que puedes mostrar un coche en inestable equilibrio que hace suspirar de emoción a los espectadores. ¿Se caerá al vacío provocando la muerte de los que van dentro? Si son los malos, sí. Si son los buenos, no. Estas situaciones de tensión se hacen más angustiosas si cabe, cuando el vehículo que permanece en equilibrio dudoso sobre un puente y a punto de caer irremisiblemente a un río del que será imposible salir, es un autobús escolar lleno de infantes sufrientes. Cuánto temor en sus caritas mientras tú te comes una palomita más sabiendo, como guionista experto que eres, que se van a salvar todos los niños de ese autobús amarillo en el último momento. La probabilidad de que un solo niño muera en estas circunstancias es nula para el cine.

Ay, amigos. ¿y qué hacer en un aeropuerto que no se haya hecho ya? Atormentar al personal de tierra con peticiones absurdas mientras ellos teclean febrilmente en un ordenador, correr desaforadamente por los pasillos en busca de: el malo/la chica/el bueno/tu madre, colocar a un niño de 10-12 años en la facilísima tesitura de, mochila al hombro, saltarse todos los controles de seguridad hasta llegar a su padre/la presunta de su padre/puede que el malo, etc.

En un aeropuerto además, se han dado los finales más sonados de la historia del cine, empezando por Casablanca, que no era precisamente un final feliz. En las películas de hoy, los finales apoteósicos en aeropuertos son para todos los gustos. Hay uno que está a punto de embarcar, y otro en un taxi intentando llegar, en medio de grandes atascos, a avisar al embarcante de algo inminente, a decirle que le ama más que a todas las cosas del mundo mundial, a rogarle que no se vaya para siempre, y en algunas, uno que huye de su triste destino como puede (cómo olvidar al inefable Chandler Bing en la sala de embarque que le llevaría a Yemen, mientras una Janice llorosa se despide de él aceptando la triste realidad).

Spielberg consiguió reunir en una sola película todos los tópicos de aeropuertos, comedias romáticas, extranjeros que no hablan el idioma y Tom Hanks.

No obstante, si de aeropuertos hablamos, una de mis escenas preferidas es esa en la que chico y chica deben separarse irremisiblemente por un periodo no determinado (pero que el guión te da a entender que es, oh desdicha, PARA SIEMPRE). La chica, o el chico, eso ya da igual, se da cuenta de repente de que eso no puede ser, de que dejar escapar al amor de su vida es un error de proporciones gigantescas. Y venga taxi, y venga atasco, y es que no hay manera de llegar a ese dichoso aeropuerto antes de que salga el vuelo... y efectivamente, cuando llega, la sala de embarque está dramáticamente vacía, el vuelo ya ha despegado, suele preguntar a una azafata de tierra que hay por allí, por si acaso, y ésta se lo confirma. El pájaro ha echado a volar. Música triste, acorde con el momento, ella (o él, lo que toque), andando lúgubremente por el aeropuerto, y de repente, oh maravilla, unos pantalones conocidos, unos zapatos que le suenan, mira hacia arriba, y es ÉL, señores, él, que nunca llego a embarcar porque en el último momento se lo pensó mejor y supo que no podría abandonar jamás a su amor. Tachán, violines, lágrimas en los ojos, fanfarrias, apoteósico final.

Pero los aeropuertos no siempre son románticos. Que se lo pregunten a los guionistas de 12 monos, y a Bruce Willis. Ese aeropuerto quedó grabado a fuego en mi retina, con el malvado pelirrojo pasando por la aduana aquel virus que contagiaría a toda la humanidad (Recuerdo su tarjeta de embarque, que rezaba Kinsasha, Karachi, y otras muchas ciudades clave en las que desencadenaría EL DESASTRE.  Y, hablando de Bruce Willis, es de recibo mencionar aquí cualquiera de las pelis de La Jungla de Cristal, fieles depositarias de tantos y tantos tópicos del cine, que sería imposible anotarlos de una sentada. Persecuciones por los tubos de aire acondicionado, persecuciones por escaleras, el siempre bienvenido contador digital en números rojos, coches de policía destrozados, explosiones exageradas hasta el límite, personaje secundario ingenioso que además es negro... La jungla de cristal lo tiene TODO, señoras y señores).

Persecuciones de malos, agentes de aduana sin poder ninguno sobre ellos, tremendos sustos para los viajeros, saltos imposibles a través de los detectores de metales, y películas enteras (como la Terminal, por ejemplo) desarrolladas en un solo aeropuerto. Sin duda, estos lugares de dichas, desdichas y viajes a tutiplén, le han dado mucho al cine.

¿Qué me decís de las persecuciones en lancha? ¿Hay algo mas inverosimil que una persecución por los canales de Venecia? Pues las hay a montones en el cine.

No puedo cerrar este artículo sin hablar de la actividad culinaria en las películas y series norteamericanas. El horno, donde se pueden hacer unos platos ricos y variados, se usa exclusivamente para cocinar el pavo de acción de gracias y alguna que otra tarta. En las películas americanas todos desayunan tortitas los domingos. Lo que más llama la atención es que se suelen mostrar unos cocinones de impresión, con todo tipo de aditamentos, complementos y maquinaria al efecto, un instrumental digno del mejor chef y al final, estimado público, todo lo que hacen es cortar tomates, zanahorias (en un alarde de originalidad a veces se ve algún puerro), y efectuar sabrosísimas salsas de tomate (esto, sólo en caso de protagonistas italoamericanos que utilizan una receta de su abuela que vino desde Sicilia en el Mayflower). A veces nos sorprenden con lo que ellos llaman "casserole". Para no equivocarme me fui al diccionario, y parece ser que se trata de un plato de carne y verdura que debe cocinarse lentamente en el horno. Estos "casseroles" suelen aparecer siempre ya hechos, de modo que nunca vemos a la esforzada ama de casa en plena elaboración del plato en cuestión salvo en contadas excepciones (siento una debilidad absoluta por Friends, y no he podido evitar recordar ese episodio en el que Rachel elaboraba un bizcocho inglés y lo mezclaba con pastel de carne).

Eso sí, las amas de casa norteamericanas tiran de delantal en cuanto te descuidas. Estén haciendo unos huevos duros, unas tortitas, o cortando zanahorias en rodajas (o tomates. Cuán socorridos ambos. Sin embargo nunca les he visto cortando patata, cebolla, o ajo, y sí preparando ese, dicen que delicioso, socorrido manjar que es el "Mac 'n Cheese").

Querría terminar hablando de ese momento crítico en el que el moribundo, a punto de soltar un dato imprescindible para resolver la trama, se debate entre entrecortadas respiraciones y una herida mortal. Èste y otros topicazos del cine han sido parodiados hasta la extenuación por películas cómicas absolutamente brillantes como Aterriza como puedas y todas sus secuelas, y la gran Top secret, a las que no quería dejar de homenajear antes de terminar este artículo. Nadie ha vuelto a hacer algo así, al menos no con tanto ingenio.

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Este artículo lo ha escrito...

Pepa López-Francos

Pepa López-Francos (Madrid, 1969). Es licenciada en Periodismo, hizo sus pinitos como copy cuando aún no existía internet, y la mayor parte del tiempo se dedica a ser Secretaria de Dirección... Saber más...