Pífias domésticas

Pífias domésticas

Pífias domésticas

¿A quién no le ha pasado? ¿Cuántas cagadas domésticas cuentas en tu marcador? ¿Envidias a los prodigios del hogar, que lo mismo te ponen un enchufe, te cuelgan 5 cuadros en perfecta armonía simétrica, que te hacen un buen cocido? Yo sí. 

Un día cualquiera, en mi piso anterior, que tenía una cocina minúscula, estaba yo "cocinando" unos rollitos de primavera congelados... Utilicé mucho aceite para que "se hicieran mejor". Ese gesto tan sencillo de echar el aceite sobrante en la aceitera, ¿me seguís? Bueno, yo había utilizado tanto aceite que no cabía todo en la aceitera. Una persona normal habría dejado la sartén ahí con el aceite hasta que se enfriara. Pero yo no soy normal. ¿Qué hago con todo ese aceite hirviendo?, pensé. No me cabe todo en la aceitera. En una reflexión elaborada digna del mejor chef, concluí que no sería inteligente verterlo en un recipiente de cristal, porque explotaría. Así pues, me dije, lo mejor va a ser utilizar un tupperware de plástico. Nada que temer.

El plástico neutraliza totalmente cualquier cosa que hierva (convencida, oye). Dicho y hecho, deslicé suavemente la sartén con el aceite (recordemos, hirviendo) en aquel tupperware que ya no existe. Dos segundos después, todo era un escenario de guerra. El tupperware explotó peligrosamente sucesivas veces en pedacitos absurdos. Eran unas explosiones que sonaban como petardos enormes. Gran susto, oye. Como si hubiera entrado alguien pegando tiros con un AK-47.  El aceite cayó por absolutamente todas partes. ¡Podría haberme saltado a los ojos! ¡Podría haberme quedado CIEGA! Desde ese día, hago con el aceite hirviendo lo que hace la gente normal: esperar a que se enfríe en la sartén.

Yo el primer día de invierno que pongo la alfombra

Como habréis notado, yo no cocino mucho. No cocino nada. Considero la elaboración de unas lentejas como "receta semicompleja", vivo de platos que se cocinan en como mucho 10 minutos, y cuando hago lentejas, me emociono (a fecha de hoy, con 46 años, he hecho pollo asado tres veces en mi vida. Y la primera vez, hace dos meses, fue un gran momento porque estrené el horno de la casa en la que llevo viviendo 3 años).

Bien, pues un día me vine arriba y quise hacer varias cosas a la vez para "ahorrar tiempo". Ya que me ponía en la cocina, me ponía de verdad. En un cazo tenía algunos huevos para cocer, en una olla grande, las sempiternas lentejas, en una sartén, un filete de vaca, en otro cazo unos macarrones a hervir.

Aferrada a mi móvil, en el que había establecido diferentes alarmitas que definían cuándo debería retirar del fuego cada cosa, miré entre orgullosa y jovial, aquellos 4 complicadísimos "platos". Me sentí entre fogones (de vitrocerámica), me puse un delantal, y entonces fui Arola.

Para el filete no había puesto alarmita. Era vuelta y vuelta. Sencillo. Pero, ¡oh, ignorancia!. No había calculado que, mientras me lo estuviera comiendo, iban a empezar a sonar las alarmitas de los restantes prodigios gastronómicos. Y así ocurrió. Sonó la primera alarmita, correspondiente a... oh dios, podrían ser los macarrones o los huevos cocidos. Mientras estaba sopesando posibilidades, me di cuenta de que tocaba echar agua a las lentejas. Y entonces, claro, la alarmita seguía sonando y yo no sabía para qué. Pensé, con esa inteligencia suprema de los que nos sabemos seres superiores, que quizá convendría posponer lo del agua a las lentejas, y dedicarme a los otros dos ingenios culinarios (macarrones y huevos cocidos, recordemos). Craso error. Mientras ponía los macarrones en el escurridor (a destiempo, porque la alarmita que había sonado correspondía a los huevos cocidos), se quemó la cebolla de las lentejas, que, secas, saltaban con alegría por toda la cocina.

Yo llegando a casa con prisas

Recapitulemos. Filete enfriándose en el plato, macarrones sin hacer en el escurridor, huevos cocidos presuntamente hechos en el fuego, lentejas y cebolla quemándose en la olla. Rápido, añade agua a las lentejas. ¡No! ¡A los huevos cocidos no! ¡A las lentejas! Dicho y hecho, añado agua a las lentejas, y decido devolver los macarrones a su cazo para que se hagan un rato más. Me paso una mano por la frente sudorosa y recuerdo mi filete, ya frío. Vamos a comérnoslo tranquilamente mientras se hacen las lentejas y rehacen los macarrones.

Y en ello estaba, tranquilamente, cuando justo detrás de mí empiezan a sonar unos sospechosos golpes como de mazo. ¡Las lentejas! No, las lentejas no son, se están haciendo en su cebolla quemada y su agua puesta con retraso. ¡Mierda! ¡Los huevos! Vuelta a dejar el resto de filete ya frío, y operar los elementos necesarios para evitar que se quemen los huevos cocidos, ya sin agua. Suena una alarmita. La desoigo, porque ya no servía para nada. Continúo mi obra social en pro de los huevos, observando que todo el cazo se ha ennegrecido.

Retiro los huevos del fuego, procedo a comerme el resto del filete (más frío) y en estas recuerdo los macarrones reloaded. ¿Cuánto tiempo necesitarán? Vamos a ponerlos 10 minutos por si acaso (soy de las de "más vale que sobre que no que falte"). De nuevo, craso error. El tiempo de cocción de mis macarrones exige 7 minutos, yo siempre los pongo 10, y debían haber estado al fuego la mitad de ese tiempo...

Así que, después de estas jornadas gastronómicas a 4 fuegos, obtuve: 4 huevos cocidos semiquemados, un cazo quemado, un filete de vaca frío, unas lentejas con la cebolla requemada, unos macarrones más que pasados.  ¿Qué nos enseña esto, amigos? Si odias cocinar y no se te da muy bien, no vuelvas a intentar hacer 4 platos de una vez nunca más.

Entre las muchas cosas que sólo he hecho una vez o dos y que no voy a volver a hacer en mi vida, se cuenta la tortilla de patata (con o sin cebolla, en este caso da igual). He intentado preparar una tortilla de patata dos veces antes de los 25. Nunca mais.

La primera vez dejé el suelo de la cocina (de TODA la cocina, y esa era bastante grande) con una capa importante de aceite, lo que la convirtió en una pista de patinaje de lo más divertida. Tantos como cayeron al suelo, me prohibieron la elaboración de sucesivas tortillas (éstas, además, se me quemaron las dos).

Yo colgando un cuadro

La segunda vez que acometí semejante empresa, el resultado fue, además de una pista de patinaje en la cocina (os juro que a fecha de hoy no entiendo de dónde salió tanto aceite en el suelo), unos fragmentos de patata y huevo que hoy serían muy bien recibidos como tortilla deconstruída, pero que entonces, ajenos al brillante futuro de la gastronomía española, fueron tildados de "tu tortilla... meh!".

Y esta, queridos amigos, es la razón por la que hace casi 20 años que no me pongo a elaborar tortilla de patata. Bueno, ésta, y un evidente desinterés por mi parte, al que no veo visos de desaparecer a corto-medio plazo.

Siempre, desde mi tierna y problemática adolescencia, he dicho y mantengo que el hombre de mi vida ha de saber cocinar con estilo y maestría. Las razones son evidentes. Yo no voy a aprender nunca, y si la criatura de mis sueños desea estar bien alimentada, va a depender de sí mismo para ello.

En mi descargo debo añadir dos cosas: la primera, que elaborando las tradicionales lentejas, di con un infalible método para que no me lloren los ojos al picar cebolla. Pensándolo mucho, probé a picar cebolla con las gafas de bucear puestas, y fue mano de santo. Podéis usar este método sin necesidad de pagarme royalties (pero invitadme a unas cañitas. Eso no estaría mal. Al fin y al cabo os he resuelto un problemón).

La segunda cosa que añado es que hago una mousse de chocolate para chuparse los dedos, receta de mi madre. Sin fisuras, sin fallos. Una señora mousse de chocolate que sería la envidia de vuestras suegras y de vuestras novias y de algunas madres.  Hombre de mis sueños, prometo hacer mousse de chocolate una vez al mes, si prometes cocinar para mí el resto del año.

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Este artículo lo ha escrito...

Pepa López-Francos

Pepa López-Francos (Madrid, 1969). Es licenciada en Periodismo, hizo sus pinitos como copy cuando aún no existía internet, y la mayor parte del tiempo se dedica a ser Secretaria de Dirección... Saber más...