¡Socorro! ¡El siglo XXI me está devorando!

¡Socorro! ¡El siglo XXI me está devorando!

¡Socorro! ¡El siglo XXI me está devorando!

Hay cientos de pequeñas cosas cotidianas que nos hacen recordar buenos momentos. Otras cosas que vemos como modas pasjeras. Y otras muchas que no entendemos del todo pero que aceptamos como válidas. Pero todas ellas, nacidas en el siglo XXI, nos hacen sentirnos MAYORES. Y no solo mayores, sino unos auténticos "Abuelos Cebolleta".

Sabes que te haces mayor cuando las cosas que te rodean a veces te sobrepasan, a veces dejan de interesarte y, sobre todo, porque en la mayoría de los casos, te pones furiosa y clamas a la estupidez reinante con frases de abuela cebolleta del tipo "Pues nosotros nunca hicimos algo así, éramos mucho más educados/limpios/civilizados/inteligentes/etc.".

Sabes que te haces mayor cuando escuchas al afilador con su flautita de toda la vida pasar por debajo de tu ventana, y sientes medio alegría medio nostalgia. Y TE GUSTA.

También sabes que te haces mayor cuando los ídolos de tu generación ya pasan de los 50 (aunque en algunos casos, como el de George Clooney o el de Brad Pitt, sean unos 50 fantásticamente llevados).

George Clooney

George Clooney de joven. Juzguen ustedes si está mejor ahora que antes.

Cuando empecé a utilizar Internet hace 20 años, todo era fácil. No había redes sociales. Teníamos foros, email, Telnet e IRC. Y ya está. Poco tiempo después disfrutaríamos de una maravilla de la técnica nunca vista hasta el momento: el ICQ de Mirabilis que, hasta que fue comprado por Time Warner, funcionaba a las mil maravillas como sistema de mensajería, atención, SIN ICONOS, que Mirabilis iría incorporando poco a poco. Luego llegaron los chats de Ozú y Olé, el Messenger (le ocurrió lo mismo que a ICQ cuando en este caso lo compró Microsoft) y Terra. Eran cuatro cosas, de fácil manejo, con no demasiados usuarios (la penetración de internet en España fue muy baja hasta mucho después de llegar el ADSL).

Ahora todo es un pandemónium. Redes sociales por doquier que te mantienen entretenido incluso (INCLUSO) durante el horario laboral (si yo usase diariamente Instagram, Facebook, Twitter, Pinterest y Tumblr, no me daría tiempo a hacer nada más!!), técnicas para lograr más y más seguidores, cotilleo indiscriminado, y en definitiva, un universo cibernético que ha crecido tantísimo que ya me sobrepasa. Cibernético, sí. Una palabra que no usa nadie, lo sé. Antes en los chats hacías amistad con informáticos. Eran casi los únicos que andaban por allí. Ahora está TODO el mundo, pirados incluidos. Me vuelve loca todo esto. Y sólo he mencionado los chats y las redes sociales, siendo Internet un universo gigantesco que da cabida a millones de cosas más, muchas de las cuales ni siquiera conozco, no como antes, snif...

Wellcome to internet

Esta foto podría resumir internet hoy. Aunque faltan 297 cosas más.

Me pongo a pensar en pelis de los 90 cuyos avances científicos y tecnológicos me hacían entonces babear. Ahora, esos mismos avances ya implantados en el mundo real, me dan mucho miedo. Cada vez más. Como los scanners de retina (nunca he "sufrido" ninguno, y ya sé que las maquinitas están en muchos aeropuertos. Siempre pienso en cada escaneo como en un pequeño atentado contra la intimidad) o las cámaras de televigilancia, que, escudadas en nuestra seguridad, vigilan en según qué zonas todos nuestros pasos. O la clonación de humanos, que en algún momento existirá si es que no existe ya (nunca conocemos todo lo que realmente está pasando, sino sólo una pequeña parte de la realidad, que se nos dosifica en píldoras cuidadosamente maquilladas. Y estamos en 2015... Hay algunas cosas que no han avanzado demasiado).

Y las modas... qué decir de las modas. Mientras las adolescentes mantienen sus PELAZOS pese al paso de generaciones (nosotras cuando teníamos 14 a 18 también hacíamos gala de PELAZO, es una moda que no decae), los adolescentes en cambio se mueven entre los peinaditos indescriptibles, las greñas tipo Beatle pero MAL, y esos pantalones a medio culo que dejan ver (por lo visto es necesario) la mitad del calzoncillo. Yo, a mis 40 y tantos, ya digo "horror" cual, de nuevo, abuela cebolleta (debo aceptarme, me he convertido en eso. Soy esa persona que GRITA a la televisión durante los telediarios, lanzando exabruptos tales como: sinvergüenzas! A la cárcel con ese! Si es que la gente es idiota!, y demás lindezas).

Por favor, que alguien pare esto. Batman. Que lo haga Batman.

He de decir en mi defensa que hasta aproximadamente 2010, he tratado de mantenerme en la brecha y aceptar todas las nuevas modas que se nos venían encima, pero ahora me parecen cada vez más y cada vez más estúpidas.
Porque, veamos: El sushi y en general la afición desmedida a todo lo japonés, por ejemplo. Una vez (una y no más) me presté a probar esa infecta muestra de gastronomía nipona. Insípida, nada, meh!. Cada vez que oigo nombrar el sushi, se me vienen a la cabeza tantos y tantos platos de "lo nuestro" infinitamente mejores que el sushi... Chuletón a la parrilla, cocido, lentejas, alubias pintas con arroz, chuletas de cordero, tortilla de patata, qué se yo... cientos de recetas made in Spain que son, con mucho (muchísimo) mejores que el sushi, y ya que estamos, claramente mejores que esa nouvelle cuisine que andan metiéndonos por los ojos y los estómagos, consistente en minúsculos platos cuyo nombre largo y tedioso pronuncias mientras te das cuenta de que, a la primera sílaba, ya no queda plato que comer.

No me gusta ni me interesa el fútbol y no entiendo qué es toda esta profusión de corredores. Antes se llamó correr, después jogging y ahora running. Todo el mundo corriendo como si no hubiera un mañana, y enriqueciendo a las multinacionales mediante la compra de miles de atuendos y aditamentos "necesarios" para practicar este deporte (aditamentos que a veces rozan lo ridículo).

Hace mucho tiempo que los ingleses inventaron el Gintonic, y nosotros hemos ido a descubrirlo ahora. Como si fuera una novedad, un milagro. A mí la ginebra sigue sabiéndome a colonia.

Algunos gintonics llevan actualmente más ingredientes que una pizza

Y qué decir de los múltiples programas de cocina o concursos de niños y adultos cantantes. 

O los relojitos con wifi, correo, Facebook y mil aplicaciones online más. Por el amor de dios, si ya me es a veces difícil ver internet en el móvil, no os digo si tuviera que utilizar un reloj. Necesitaría llevar una lupa colgando de mis vaqueros para atinar a distinguir cada icono.

He pasado de largo por 50 sombras de grey tras leer 35 páginas de ese horror mal escrito o mal traducido o ambas. Y nunca me arrepentiré lo suficiente de haber visto 8 apellidos vascos (se salva, y poco, Karra Elejalde. Los demás...).

Pero si hay algo que está de moda y que los españolitos hemos adoptado mayoritariamente en los últimos tiempos es Whatsapp. No entraré en las diversas formas autóctonas de pronunciar Whatsapp. Gracias a su doble check azul, e incluso antes de implantarse éste, se generan discusiones, se rompen parejas y se hace mucho el ridículo. Y como es gratis, parece que HAY que usarlo hasta sus últimas consecuencias. Aunque no tengas nada que decir, dices algo. Y hay que estar en muchos grupos, y hablar con todo el mundo todo el tiempo, lo cual me parece una absoluta locura. Y esto me lleva también a mencionar la triste moda de estar mirando el móvil continuamente. Cuando vas andando por la calle, cuando estás entre amigos, cuando estás con tus hijos, andas mirando el móvil y probablemente te pierdes una parte importante de lo que ocurre a tu alrededor. Whatsapp se ha convertido en un invento ubicuo que, en una proporción cada vez mayor, sustituye tristemente a las conversaciones cara a cara o incluso al antaño bienvenido y personalísimo teléfono. 

Más señales como estas por favor. Whatsapp puede esperar.

Después de todo esto, me pregunto si la gente seguirá teniendo tiempo para sí misma, para pensar en quién es, a dónde va, o simplemente para tomarse una taza de café dejando descansar la mente constantemente bombardeada por estímulos, muchos de los cuales salen únicamente del móvil.

Me da un poco de vértigo todo esto, no sé dónde nos lleva, sospecho que a nada bueno. Y sí, admito que probablemente soy un bicho raro pasado de fecha. Pero eso no hace que mi inquietud disminuya mientras enarbolo la frase tantas veces pronunciada por nuestros abuelos: A dónde vamos a ir a parar!!

Mientras escribo esto, oigo la flautita del afilador debajo de mi ventana y pienso que espero seguir oyéndola muchos años más.

 

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Este artículo lo ha escrito...

Pepa López-Francos

Pepa López-Francos (Madrid, 1969). Es licenciada en Periodismo, hizo sus pinitos como copy cuando aún no existía internet, y la mayor parte del tiempo se dedica a ser Secretaria de Dirección... Saber más...