Las citas a ciegas en tiempos del Tinder

Las citas a ciegas en tiempos del Tinder

Las citas a ciegas en tiempos del Tinder

Las citas a ciegas son cada vez más habituales en este mundo en el que todo se mueve a golpe de Whatsapp y redes sociales. Los usuarios de eDarling, Meetic y otras ya se cuentan por miles. Pero... ¿Qué se esconde en realidad detrás de tan emocionantes encuentros?

Dadas las altas temperaturas, hoy he tomado la seria decisión de dejar de tener citas a ciegas, al menos mientras dura este calor.

Una cosa aparentemente no tiene que ver con la otra, pero resulta que sí. Para poder tener una cita a ciegas es necesario arreglarse (lo que incluye maquillarse y vestirse, con este calor...), pintarse una las uñitas, con la concentración que esto exige y sobre todo, los goterones de sudor que caen inasequibles al desaliento. Pero además, es fundamental, PEEELIGRO, salir a la calle (con la que está cayendo).

A tenor de los resultados de mis citas anteriores, puedo perfectamente prescindir de nuevos y trepidantes momentos Bala en estas condiciones atmosféricas.

Podría relataros mis citas de antaño, entre las que cuento a un adorador de Satán con cabeza de huevo que tragaba terrones de azúcar como si fueran caramelos, o un estrábico que siempre salía con gafas oscuras en las fotos (fantabuloso truco, que conmigo funcionó. No fui consciente de su estrabismo hasta que entramos en aquel bar). Además se reía para dentro, como atragantándose (de forma harto incómoda) en cada carcajada.

No eres tú. Soy yo, que no puedo con tu estrabismo.

Ya debe hacer 10 años de aquello, y mi suerte no tiene visos de cambiar. Desde que empecé mi andadura en internet hace casi 20 años, he tenido dos tipos de relaciones interesantes con el sexo opuesto: aquellas que comienzan con unos tímidos mensajes privados, continúan con larguísimos y esperanzadores chats a deshoras también privados (esos chats que relees y de los que piensas "dios mío, es ÉL, es EL HOMBRE DE MI VIDA) y finalizan con una confesión tardía que viene a decir más o menos "estoy casado desde hace 10 años" o "tengo novia" (lloros, anhelos, "el cabronazo podría haberlo dicho antes"... en fin, conocéis la historia).

El segundo tipo de relación es el de la cita a ciegas pura y dura.  Yo no conozco los términos medios... No hay fotos, no ha habido apenas chats (a veces, ningún chat), vas a pelo, sin tener apenas idea de lo que vas a encontrarte, a parte de conocer su voz (siempre reveladora) por un par de llamadas telefónicas, y datos de primer orden como la altura, el peso, la edad, a qué se dedica en la vida y aficiones.

En este tipo de citas estoy inmersa desde mayo, y el saldo a favor en mi cuenta es cero. ¿Soy una persona tremendamente exigente? No, en absoluto... yo sólo quiero alguien NORMAL...

Las flores y los bombones se agradecen, pero hubiera agradecido más si te hubieras terminado de vestir.

...Y en estas va y aparece llamémosle Manuel. Es profesor de secundaria, por lo que se le presupone cierta cultura, altura y peso correctos, aficiones normales. Bien. Aparece enfundado en unos pantalones cuya cintura le llega casi al sobaco, pero no me intranquilizo.  Me digo "venga, va. Vamos a darle una oportunidad a ver". Nos sentamos, pedimos bebidas, rompemos el hielo con un par de frases. Le pregunto sobre su vida, muy interesada, muy cordial. Él responde escuetamente, y acto seguido comienza a contemplar el techo como si hubiera algo realmente interesante ahí arriba. Le hago un par de preguntas más, y sucede exactamente lo mismo. No da muestras de interés alguno en mí, y mira al techo como si no hubiera un mañana. Hacía unos instantes había pensado para mis adentros "le doy una hora, máximo". A los 25 minutos de estar haciendo preguntas cuya respuesta me interesa poco o nada, y viendo lo bien que se le da mirar al techo, claudico. Le digo con muy buenas maneras que parece que no tenemos mucho en común y que me voy. No hace amago de levantarse para despedirme con dos besos, con lo cual, tiro. Estoy tranquilamente en la calle esperando a que el semáforo se ponga en verde cuando le veo venir hacia mí, corriendo, gritando desaforadamente y con una mirada absolutamente demente... ¿Qué le pasaba? Pues le pasaba, señoras y señores, que yo había dejado a deber 1,90 EUROS del Bitter Kas que me había tomado, y eso era una afrenta terrible contra su dignidad de macho y contra su bolsillo... Le di 2 euros y me largué con viento fresco.

No vuelvo a tener citas con hombres cuya dignidad de macho les obligue a llevar los pantalones como Cachuli o bigotazos en los que se enreden los fídeos de la sopa.

José Luis me ha citado en la plaza de Santa Ana. Trabaja en una óptica y le gusta salir con los amigos (sic). Nada más sentarnos me percato de que lleva una esclava plateada del tamaño de un estadio de futbol en la muñeca derecha.  Esto sucede mientras me cuenta que a él internet ni le va ni le viene, que no ha tenido nunca internet en casa y que para ver los resultados de loterías y deportes usa EL TELETEXTO (sí, has leído bien). Paradójicamente luce un iPhone 5 que dice usar para llamadas y Whatsapp.  Es una persona agradable, hemos estado incluso una hora y media entre cañas y Coca Colas, pero no puedo hablar con él de Twitter y Facebook (del primero no sabía ni que existía, del segundo le suena el nombre) o de Juego de Tronos. Vive en otro mundo que no es el mío, y él ha debido pensar otro tanto.

El mundo de las citas a ciegas es como adentrarse en una selva amazónica con una venda puesta en los ojos y unos zapatos de tacón. 

Y llegamos a Fernando, que en la primera llamada telefónica parecía prometedor, y dejo de serlo un poco en la segunda. Nos citamos en Santa Ana también pero me cuenta a golpe de SMS (no usa Whatsapp...) que prefiere quedar en Vips de Alcalá para no andar tanto. En los primeros 10 minutos de la cita me ha hecho saber dónde se va de vacaciones, que su padre era veterinario rural, que él pone el aire acondicionado a 26 o 27 grados, que al día siguiente tiene 8 sesiones de terapia (es psicólogo, debería gustarle escuchar... pero...), qué compra ha hecho hoy en el supermercado (seriously), que practica frontón dos días a la semana y va a al gimnasio tres, que tiene una hermana, que se está pelando de frío por el aire acondicionado (me hace cambiar de sitio dos veces), y toda una serie de datos e informaciones que yo escucho atenta, intercambiando impresiones, siendo comprensiva y paciente. Cuando por fin parece que se le acaba la cuerda, yo aprovecho para meter baza diciendo que me voy con mis hermanos a la playa en 15 días. No dice nada. A Mojácar, añado para dar más información y crear un posible tema de conversación. Me mira y articula "están poniendo voley playa, Estados Unidos contra España en la pantalla que está detrás de ti". Yo suelto un torpe "ah...".  Después su conversación versa casi exclusivamente sobre la temperatura. Los grados a los que está a gusto, el buen tiempo que hace en su pueblo, la omnipresente ola de calor, repite insistente que él el aire acondicionado lo pone a 26 grados, y vuelve otra vez con la ola de calor.

Invariablemente, cuando voy a meter baza (pese a no interesarme un pelo lo que está diciendo) me interrumpe para seguir soltando su rollo, que si no llega a ser por mi "¿podemos pedir la cuenta?", se habría alargado de forma inmisericorde.

Quizá tienen razón quienes dicen que hay que conocer a muchos sapos para encontrarte con tu príncipe, pero yo no estoy dispuesta a conocerlos a estas temperaturas tan disparatadas; así que tras esta primera muestra de tres sapos, dejo pospuesto el mundo de las citas hasta septiembre, que hará mejor tiempo, tendré más ganas, y estaré (sicontinuoestadietadelasnarices) algunos kilos más delgada.

Ya que estamos... Si conocéis a algún veterinario mayor de 38 al que le gusten los libros de James Herriot y que viva en Madrid, me haríais un grandioso favor si le dijérais que llevo toda mi vida buscándole. Si no le gusta James Herriot tampoco es importante. Que...¿Por qué un veterinario? Eso prometo contároslo otro día.

 

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Este artículo lo ha escrito...

Pepa López-Francos

Pepa López-Francos (Madrid, 1969). Es licenciada en Periodismo, hizo sus pinitos como copy cuando aún no existía internet, y la mayor parte del tiempo se dedica a ser Secretaria de Dirección... Saber más...