De Thermomix y otras sectas

Jueves, 20 de Noviembre del 2014     |    Por Ana González Duque

De Thermomix y otras sectas

Ahora cuando te independizas, te tienes que comprar una Thermomix.  Sí o sí. Porque si no, no eres nadie. Pero hay gente, como nuestra colaboradora, que resiste a la presión de las masas. Hoy oímos la opinión de la única mujer de España sin Thermomix. 

Que sepáis que el invento que ha revolucionado la historia no es el fuego, ni la lavadora, ni siquiera es la epidural. No, el invento que ha revolucionado a la humanidad es la Thermomix.  Sí, ese aparatito que es una batidora que calienta y que cuesta el sueldo de un mes para hacer el puré del niño. La Thermomix  ha convertido a todos mis amigos en “Top Chef” y la cocina de toda la vida de “chup-chup” en una obra de ingeniería digna de Calatrava lo menos. Hemos pasado de leer recetas en las que nuestras abuelas ponían “una pizca de sal, una puntita de cuchillo de pimentón y revolver hasta que la cebolla se ponga transparente” a “usamos el modelo TM31, programamos con giro izquierda a velocidad cuchara, para una temperatura de 100ºC”. Que hay que ir a la universidad para cocinar con eso, leches.

Antes, en la era pre-Thermomix, esos maravillosos años, los amigos me pedían que llevara mi bizcocho de chocolate amargo para las reuniones. Ahora te piden una deconstrucción de bizcocho de semillas de amapola. Tu pones cara de latín –sí, ya sabéis, la cara que todos poníamos al profe de latín cuando nos pedía que declináramos el rosa-rosae– y ellos, incrédulos, te miran y dicen: “Mujer, pero no me digas que no te has comprado aún la Thermomix…” Me dan ganas de gritar, de rasgarme las vestiduras proclamando: “NOOOOOOOOO, no soy de la secta pro-thermomix. Lo siento, es mi culpaaaaaaa”. 

Con lo que cuesta una Thermomix me puedo largar un fin de semana a París con mi churri.

Pero no lo hago, que yo soy muy decente. Solo niego con la cabeza e intento exculparme por no pertenecer a la secta y ser una rara en todos los sentidos. “Es que tengo muchos aparatos para hacer lo que hace la Thermomix”.

 

Y ahora traedme una sandía, que se va a enterar...

Ellos te miran con cara de lástima, como el que mira a un hijo díscolo y te explican: –Es genial para hacer la masa de la pizza.

–Es que yo la masa de la pizza la hago en cinco minutos.

–Pero esto es más rápido.

–Si quiero hacerla más rápido, llamo al Telepizza.

–También te quedan estupendas las cocretas.

–No me digas que hace las bolitas y te las envuelve en pan rallado.

–No, te hace la bechamel.

–Si el coñazo son las bolitas…

–Y hace un arroz caldoso para chuparse los dedos.

–Mi marido también y me sale más económico.

–Y dos comidas a la vez.

–Es que yo siempre he sido monógama…

–Con la Thermomix te puedes preparar un fresa salvaje.

–Yo es que soy de las de gin tonic de toda la vida.

–Y además, puedes hacer la comida mientras bañas a los niños.

–Los niños ya se bañan solos, gracias a Dios. 

 

La imagen que te venden

 

La cruda realidad

Hay cuatro situaciones por las que la gente en general se compra el aparatito de marras:

Porque no sabe cocinar. En cuyo caso, la va a usar para hacer purés y lentejas. Y seguirá cogiendo los tuppers de mamá. Diez años de purés y lentejas para poder pagar los 1000 eurazos que cuesta el trasto.

Porque no tiene tiempo para cocinar. Con lo cual, hará purés y lentejas. Porque para lo otro, necesitas tener el mismo tiempo, hornos, sartenes, etc.

Porque le gusta la comida sencilla. Purés y lentejas. Y un día te haces un arroz caldoso porque viene gente. Y te quedas corto de cantidad porque el vaso te da para cuatro raciones de arroz caldoso y gracias.

Porque eres un cocinillas sin remedio que lo tiene que probar todo. Bueno, vale, entonces, a lo mejor, sí. Pero es como el que se compra el nuevo modelo de la Play Station. O como mi santo. Yo tengo en casa tres cafeteras expresso porque es incapaz de resistirse. 

–Ay, cariño, mira, una cafetera que hace capuchinos.

–Si tú no tomas capuchinos…

–Pero tú sí.

–No insistas, las cafeteras o yo.

–¿Y si compramos la Thermomix?

¡¡¡¡NOOOOOO!!!!! Que no, que no, que no me vais a convencer. Y no creáis que lo hago por cabezonería, que también. Lo hago por amor a esa cocina tradicional en la que se te quemaban las lentejas, el ragú te quedaba corto de sal y crudo por dentro y las albóndigas se deshacían si las revolvías porque se te había olvidado añadirle el pan rallado. Y aquí sigo contra viento y marea, aguantando el rollo de los pro-Thermomix. He recibido cartas amenazadoras. Y anónimos. Mis vecinas me señalan como la rara que no tiene Thermomix para hacer el puré del niño. Pero resisto. Tanto que, cuando me muera –asesinada por vendedoras de Thermomix recalcitrantes–, quiero que pongáis en mi epitafio: “Aquí descansa Ana González Duque, la única mujer que nunca cocinó con Thermomix”. 

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Este artículo lo ha escrito...

Ana González Duque

Ana González Duque (Santa Cruz de Tenerife, 1972). Médico anestesista. Bloguera. Friki declarada. Sobrevive a un marido traumatólogo, dos niños y un gato negro. Autora de "El blog de la Doctora... Saber más...