Aventuras y desventuras de una madre en la playa

Aventuras y desventuras de una madre en la playa

Aventuras y desventuras de una madre en la playa

Se acercan las vacaciones de verano, ya las siento en el cogote. El día alarga, suben las temperaturas, los pajaritos cantan y la luna se levanta. Todo parece perfecto, excepto por un pequeño y diminuto detalle sin importancia: ODIO IR A LA PLAYA.

Ya está. Ya lo he dicho en voz alta: “Hola, me llamo Paloma y ODIO IR A LA PLAYA”.

Sé que suena fatal. Es como decir que no te gustan los cachorritos, los helados, el chocolate o la Coca-Cola. La gente te mira de forma extraña, sólo les falta gritar: ¡SACRILEGIO!, santiguarse y apartarse lentamente de ti como si tuvieras ébola.

Por eso he pensado que debería contaros por qué.

Antes me gustaba ir a la playa, no os vayáis a creer…

Un día de playa de hace 20 años era sinónimo de birras, chiringuitos, risas, paseos y besos salados. Vamos, como un anuncio de Estrella Damn con  “Happy” de William Pharrell de fondo. Te situabas estratégicamente lejos de la plebe que se hacinaba en primera línea y tu única preocupación era tostarte vuelta y vuelta para lucir tipazo moreno en los locales de moda. Tenías para elegir, claro, porque los relaciones públicas revoloteaban a tu alrededor como buitres carroñeros y se te quedaba el bolsito abarrotado de invitaciones a copas, chupitos, etc… A ti te jodía un montón que te interrumpieran porque estabas hablando de tus cosas con tu amiga y les ponías cara de asquete. Esas conversaciones playeras… ¡ESAS! Que si me caso, que si no me caso, que qué me pongo esta noche, que si este me mira, que si el otro no me mira, que si mi jefa es una cabrona del 12… Bueno, que no hablábamos de física cuántica, pero es que a la playa se va a desconectar, oye.

Sí, podría ser Gandía a las 12 a.m., pero antes tú te sentías así cuando ibas a la playa.

Y eso era. Una desconexión.

Ahora apretemos el botón de fast forward y avancemos 20 años. ¿Qué significa para mí un día de playa en la actualidad?

El peor es el primer día. Ese día empieza contigo del color de ET cuando se lo encuentran malito en el barranco, de pie junto a la cama con los brazos en jarras mirando el bikini que se supone que debes lucir en público. Por supuesto pesas como tres kilos más que el año pasado y prefieres clavarte alfileres bajo las uñas antes que ponértelo, pero tus hijas no paran “¡¡venga, mamá, vamos a la playa!!”, “¡¡¡¡vamos-A-LA-PLAYA!!!!”. Tú por ellas matas, claro, así que haces de tripas corazón y te lo pones sin mirarte en el espejo y comprobar que pareces Sheena, la Princesa Guerrera.

La segunda diferencia radica en las cosas que te llevas. Tú antes salías con un capacito y un pareo, pero ahora llevas la sombrilla para que no se te queme la descendencia, cuatro toallas, el desenredante de pelo, dos botes de protección solar, una botella de agua de 2 litros, las galletas, las palas, tres barbies bailarinas, los cubitos y unos autodefinidos, que en un arrebato inocente crees que vas a poder hacer, pero no. Total, que llevas el coche como los marroquíes en la Operación Salida.

Antes sólo necesitabas una toalla, unas gafas de sol, el protector solar y ¡algo que leer! Ahora necesitarás un sherpa para transportarlo todo.

Tras una hora de búsqueda infructuosa de aparcamiento, encuentras uno a 3 km de la playa y tienes que caminar con todos los productos anteriormente mencionados sobre tu espalda, como si en vez de verano fueras un sherpa rumbo al Himalaya.

Por fin llegas a la arena, peeeero no hay un hueco libre junto a la orilla porque los jubilados sin cargas se han levantado a las 6:45 de la mañana para clavar la sombrilla en primera línea y volverse para casa a desayunar con el sitio reservado. Ya que estamos aprovecho para denunciar que esta práctica común de las zonas mediterráneas debería ser ILEGAL y propongo una recogida de firmas para erradicarla en Change.org pero YA.

Te conformas con diez metros cuadrados porque necesitas espacio para descargar los trastos, mientras tus hijas impacientes te piden que te ¡¡¡DES PRISA, QUE SE QUIEREN BAÑAR!!! Tú, lo más rápido que puedes, empiezas el ritual de poner protector solar, que lleva como diez minutos y provoca que la pequeña acabe rebozada como una croqueta porque está dando saltos y la mayor por la noche parezca un panda porque con las prisas se ha dejado trozos sin untar.

Cuando se van al agua por fin procedes a quitarte la ropa con disimulo para que no se te vea mucho y te tumbas, que así no se ven las lorzas. Entonces piensas que vas a poder relajarte, pero es cuando empieza de verdad tu pesadilla:

-La abuela diciendo a sus nietos Brian y Kevin QUE DEJEN DE PELEARSE!!!

-Brian y/o Kevin corriendo cada 3 minutos a un milímetro de tu toalla y llenándote de arena.

 -El señor de vacaciones que chilla mucho hablando por el móvil Y ES QUE EN LA PLAYA DE GANDÍA SE ESTÁ DE PUTA MADRE, JOSE MARÍA, MUAHAHAHAHAHA, ¿QUÉ ESTÁS? ¿TRABAJANDO? MUAHAHAAHAHAHAHA…

 -“Mamá, ¿jugamos a las palas?”, “mamá, tengo mocos”, “mamá, ¿me ayudas a hacer un castillo?”, “mamá, ¡un escarabajo pelotero!”, “mamá, quiero agua/galletas/la Barbie”.

 -Niños cazando medusas con una red y lanzándolas por encima de su hombro ¡sin mirar quién hay detrás!  TRUE STORY.

¡¡¡¡¡¡ARGH!!!!!!

 

Pero lo peor, lo peor de todo, es alegrarte cuando se te acerca un relaciones públicas de una discoteca (sí, esos que antes te molestaban) porque hace más de diez años que no te dan ni una mísera invitación al no considerarte ya una candidata óptima para atraer machos ibéricos a los locales de moda. Eso es muy triste. Y más triste es que se ponga en cuclillas delante de tu cara, marcando patata morena y te diga: “Igual te interesa venir a mi local, viene gente de 40, 50 y 60, ponemos bachata”. TRUE STORY otra vez.

Y tú, de muy mala leche después del incidente, te vuelves con prisas porque tienes que hacer la comida, con tres kilos de arena en el coche que acabarán en el suelo de tu casa o peor, en tu cama, dos niñas con más nudos en el pelo que en un cuadro marinero y pensando que te vengarás de toda ese gente tan molesta. ¿Cómo? Pues seguramente dentro de 20 años, plantando una sombrilla en primera línea de playa a las 6:45 de la mañana para pillar sitio.

El ciclo de la vida lo llaman.

 
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Este artículo lo ha escrito...

Paloma Aínsa

Paloma Aínsa (Gandía, 1974) se licenció en Psicología en la Universidad de Valencia y trabajó durante 5 años en prevención de drogodependencias. El equipo al que perteneció fue premiado en varias... Saber más...