Aventuras y desventuras de una madre en un baño público

Los baños públicos producen pesadillas a las madres.

Aventuras y desventuras de una madre en un baño público

Reconozcámoslo, la fobia que tenemos las mujeres a los baños públicos y retretes ajenos la hemos heredado de nuestras madres que, obedeciendo al instinto natural de evitar que sus retoños contraigan enfermedades como el tifus y el cólera, nos han transmitido sus miedos de generación en generación como si fueran los cantares de gesta.

¿Quién no ha vivido la estresante situación de ir a un servicio público acompañada de su madre? Tener que quedarte en medio del pequeño habitáculo “¡sin tocar nada, por Dios!”, mientras ella a) cubría la taza de trozos de papel higiénico doblado hasta que quedaba prácticamente forrada  o b) la limpiaba de salpicaduras ajenas hasta que relucía y la veía digna de soportar tus reales posaderas.

Este tipo de postura relajada sólo se puede practicar en tu casa, en la de tus parientes o en tu trabajo, siempre que no lo desarrolles en un lugar público con mucho movimiento de personal.

Este tipo de comportamiento me ha perseguido desde la niñez hasta la edad adulta y ha tenido en mí algunas consecuencias como:

-Agujetas: De tener que aguantar la postura de sentadilla para evitar el contacto con la taza. Esta situación empeora si mides lo mismo que un hobbit de La Comarca.

-Peligro de autoestrangulamiento: Por llevar el bolso colgado del cuello durante la micción por no encontrar un sitio decente donde colgarlo.

-Contracciones musculares: Por aguantar la postura de sentadilla, llevar el bolso colgado del cuello y sujetar al mismo tiempo la puerta para evitar que alguna insensata la abra y te sorprenda en tal actitud atentando contra tu dignidad personal.

-Desorientación: Cuando en plena descarga de tu vejiga y en esta postura infernal, se te apaga la luz cada 30 segundos.

Ya sé que este comportamiento obedece a cierta lógica porque la gente es muy cochina, pero no quería transmitir a mis hijas ese nivel de ansiedad extremo.

Pues nada. No lo he conseguido.

En el momento en el que tus retoños abandonan el "pañal" prepárate para la aventura que supone acompañarles al baño en un sitio público.

Cuando oigo el temido “mamá, quiero ir al servicio” en un sitio de higiene dudosa o plagado de niños gritando y corriendo de un lado a otro como gremlins verdes, mi primera reacción siempre es mirar a la niña con los ojos desorbitados, a punto de salírseme de las cuencas. A este rictus ella responde invariablemente con cara de pena y resignación “ya sé lo que te hago, madre loca, pero esto obedece a una fuerza mayor”.

De todas las pesadillas relacionadas con un cuarto de baño, os puedo asegurar que esta es la que menos miedito me da.

En ese momento, y tras poner los ojos en blanco y resoplar, pones en funcionamiento todo el protocolo:

  1. Comprobación del estado de los retretes disponibles abriendo todas las puertas y sorprendiendo de vez en cuando a una madre distraída que se encuentra habilitando su propio territorio mientras dice: “ocupado, ocupado”.

  2. Una vez localizado el que presenta menos focos infecciosos, procedes a encender la luz con el codo y repetir en un mantra el mencionado “no toques nada-no toques nada” mientras el niño permanece inmóvil con los brazos muy pegados al tronco.

  3. En este momento se me pueden presentar dos supuestos:

-Que sean aguas menores. Mi procedimiento habitual consiste en sostener a la niña en alto al modo “sillita de la reina” intentando atinar con el chorro dentro del retrete, como si fuera la pistola de rayos de “Los Cazafantasmas” mientras pienso en la suerte de las que han parido un varón.

-Que sean aguas mayores. En este caso se activa el protocolo Defcon 5 siguiendo los dos métodos anteriormente mencionados: forrado de retrete o esterilización de taza mediante toallita húmeda. Una vez obtengo el resultado deseado, procedo a sentar a la niña obligándola a abrazar mis piernas, muy fuerte, para impedir que se le ocurra agarrarse a la taza. ¡¡SITUACIÓN INSOSTENIBLE!! Ella ya sabe que no tiene que hacerlo porque ha aprendido a través del método Ludovico (como Alex el de “La naranja mecánica”), a evitar que su madre grite un ¡¡¡¡NOOOOOO!!! escalofriante que provoca respingos en los cubículos vecinos.

  1. Por si fuera poco este nivel de estrés, la cosa se puede complicar debido a múltiples factores tales como:

-Que alguien abra la puerta y te pegue en la espalda o trasero.

-Que se apague la luz y te veas obligada a soltar al niño y dejarlo en equilibrio para encenderla o, peor, que para no caer se vea obligado a sujetarse A LA TAZA!

-Que otra madre haya aprovechado tu miseria para endosarte a su hijo y ahorrarse el suplicio y tengas que hacer lo mismo DOS VECES O MÁS.

-Que el suelo esté inundado.

-Que no quede papel y te hayas dejado el bolso fuera.

-Que el otro niño encienda el secamanos en pleno mes de agosto y salgas de allí como Camacho en la final del Mundial.

-Etc.

Por supuesto, este comportamiento maniático ha afectado a mis hijas que, seguramente, transmitirán este terror enfermizo a su descendencia.

De momento ya empiezo a notar en ellas comportamientos extraños:

-Cuando llegamos del colegio, lo primero que hacen las dos es correr al cuarto de baño.

-Si estamos de visita en casa de algún amigo, la pequeña siempre me pregunta: “¿este váter puedo tocarlo, mamá?”. Tengo que confesar que no siempre la respuesta es afirmativa porque mi nivel de exigencia respecto a váteres ajenos se encuentra en una cota muy alta. La mayor ya no pregunta porque después de tan arduo entrenamiento ha aprendido a evaluar la situación y a poner en marcha el protocolo si es necesario.

-He observado que empiezan a utilizar el codo para apretar interruptores.

-Critican comportamientos masculinos como encontrarse ante una taza levantada.  

-Después de lavarse las manos, utilizan la manga para abrir la puerta.

-Si no han tenido más remedio que ir a un baño público solas, sé que prefieren no contármelo para ahorrarme la pesadilla de imaginarlas en tal situación y sin disponer de los medios necesarios para poder aplicar el protocolo de emergencia.

Para la mayoría de nosotras, ir a un baño público equivale a tener la capacidad de un contorsionista. 

Espero que tras la lectura de tan crudo testimonio los hombres entiendan un poco mejor por qué las mujeres vamos en pareja al servicio.

Y a las mujeres sólo os pido un favor: decidme que no estoy sola en esto, por el amor de Dios.

Y si lo estoy, mentidme por compasión.



 

Enviar por WhatsApp

Este artículo lo ha escrito...

Paloma Aínsa

Paloma Aínsa (Gandía, 1974) se licenció en Psicología en la Universidad de Valencia y trabajó durante 5 años en prevención de drogodependencias. El equipo al que perteneció fue premiado en varias... Saber más...