De mercadillos

De mercadillos
Lunes, 21 de Septiembre del 2015     |    Por Blanca López

De mercadillos

Si yo digo «verano», ¿tu en qué piensas? En realidad no soy adivina y no sé qué estarás pensando ahora mismo, aunque seguramente será algo relacionado con las vacaciones. Las que estás disfrutando en estos momentos, las que acabas de terminar o esas con las que siempre has soñado y de momento solo pasan en tu mente.

 

Las vacaciones son como los colores, las hay para todos los gustos. Están las de gratis total en la casa del pueblo. Aunque lo de «gratis» tiene truco. El precio es convivir con suegros, parientes varios y viejas del visillo incluidas. Luego están las de pedir hora en primera línea de playa o las de «no sin mi montaña». Las de viaje en grupo con un guía que espera ser el protagonista de la próxima pasión turca; los que suben la mochila al tren, los de vacaciones lonely planet, que creen que van a estar lonely, pero coinciden con todos los que buscan «el planeta solitario». También están los que se alejan del mundo o aquellos que veranean con las mismas personas con las que pasan el resto del año, pero con una playa y chiringuito como punto de encuentro. Los que lucen cuerpazo y los que lo tapan, los que surfean o los que tumbean. Con niños, con abuelos, en pareja, en solitario, con amigos que después de las vacaciones dejan de serlo y los que, por exigencia del guion, se quedan sin ellas.

Sean como sean, todas tienen algo en común: siempre hay un mercadillo cerca, y más si es verano.

No es que sea un dato comprobado científicamente. Es simplemente una conclusión personal a la que he llegado después de haberme topado con ellos por medio mundo. Aunque en realidad confieso que tengo pasión por estos lugares y allá por donde voy intento descubrir el más cercano y perderme entre sus estrechas callejuelas.

Desde los más famosos del mundo, como cualquiera de los mercadillos londinenses, el de las «pulgas» de París o los navideños de Alemania, hasta los más recónditos y desconocidos a los que solo se llega gracias a la ayuda de los lugareños. Hay tantos y tan variados que podría escribirse toda una enciclopedia por fascículos, esas que se empiezan a vender cada año precisamente cuando se terminan las vacaciones. La oferta es completa: gastronomía local, artesanía auténtica, artesanía made in China, solidarios, hippies, outlets, pijos, antigüedades, medievales, talentos ocultos, jóvenes promesas, diseñadores noveles a punto de jubilarse, marcas de lujo con «faltas de ortografía» como Luis Bu y Ton o Carolina Guerrera... Algunos son verdaderos museos y otros son auténticos timos.

Pero todos son lugares fascinantes. A primera vista uno puede quedarse con la visión general de lo que se vende. Pero, en realidad, un mercadillo tiene una vida propia digna de estudio en cualquier escuela de negocios que se precie. Incluso las grandes multinacionales harían bien en pasearse por alguno de vez en cuando, sobre todo por los de los pueblos. Además de descubrir a sus competidores más desleales, podrían aprender mucho por ejemplo sobre cómo exponer los productos, planear ofertas de último minuto y, lo mejor, diseñar atrevidas estrategias de marketing.

Dónde si no escuchas cosas como:

«Venga, señoras, anímense, esto es como el Corte Inglés, pero sin escaleras».

«Hoy no vendemos, lo regalamos».

«Compre una cazuela y gane un apartamento en Benidorm».

«Oiga, señora, que por la noche lo robamos y de día lo vendemos, aprovechadlo».

«Hijas, no vayáis sin bragas por 1 euro».

Igual no te animas a comprar, pero sin duda seguro llamarán tu atención. Son mucho más divertidos y creativos que algunos de los anuncios que vemos por televisión, que además de ser un derroche de dinero son recordados por lo malos que son (y si no que se lo digan a Montserrat Caballé).

Ahora bien, visitar un mercadillo tiene su aquel. Que no te engañe la apariencia de lo destartalado, caótico o barato. Esas callejuelas que aparecen y desaparecen esconden secretos inalcanzables que pueden llegar a hacerte sentir como un auténtico pardillo.

Por eso hoy quiero compartir algunos consejos prácticos que puedan servirte de guía la próxima vez que te animes a dar un paseo por uno de estos pequeños micromundos. Lo de «manualillo», como podrás imaginar, es a efectos de rima y también porque llamarlo «guía» o «manual» sería toda una osadía por mi parte (además, para manuales ya están los de Hacienda. Todavía estoy recuperándome del shock de ver las más de 900 páginas del manual «práctico» del IVA).

Pero dejemos las cosas desagradables y demos un paseo...

Breve, muy breve: «Manualillo para mercadillos»

La actitud es lo importante, como todo en la vida.

Para integrarte bien y enterarte de lo que pasa es fundamental que vayas en modo «mercadillo». Déjate llevar. Cada uno tiene un lenguaje propio, así que a menos que lo domines (y aún dominándolo), lo mejor que puedes hacer es hacerte el sueco, escuchar y preguntar antes de hablar. Comparto aquí para que sirva de ejemplo la anécdota de un familiar mío que descubrió en un rincón de un mercadillo de París un cuadro de un artista muy conocido de su ciudad de origen en España. Cometió el error de darse el gustazo de explicar que conocía al artista antes de saber el precio y echando a perder la oportunidad de pagar menos. El vendedor todavía debe de estar partiéndose de la risa, por «listillo».

Información es poder

Tanto si la visita al mercadillo es planeada como si es imprevista,  intenta averiguar lo máximo posible sobre el mercadillo en cuestión: si es permanente, si solo se pone algunos días fijos, si se mueve por la zona o si es algo excepcional. Si no lo tienes en tu guía, pregunta por los puestos (no a uno, a varios, o a la gente que esté por allí). Antes de lanzarte a comprar, pregunta también en los puestos si venden por internet. Aunque parezcan mercados cutres, hoy en día la mayor parte de ellos ya tienen tiendas online y puedes encontrar incluso mejores precios que en plena temporada veraniega.

La primera impresión es la que cuenta, pero no la que compra.

No te emociones, la compra por impulso en un mercadillo suele pagarse cara, sobre todo si se te nota demasiado el interés. Date un paseo, mira a ver si eso que te ha llamado la atención es realmente único o lo hay por docenas puesto sí, puesto también. Presta atención a otros productos. Como si estuvieras de copas, utiliza tus mejores armas de ligoteo si quieres hacer una buena pesca.

Para comprar, negociar

Aquí no tengo nada que decir. Antes de ir a cualquier mercadillo te recomiendo una sesión de cine disfrutando de La vida de Brian y su mítica escena de regateo.

Este consejo en realidad debería haberlo puesto el primero. Volver a ver esta película es siempre un gustazo.

Más rápido que Billy el niño

Una de las claves de la compra en el mercadillo es la rapidez. Los vendedores son ágiles aguiluchos dispuestos a cazar a su presa. Su objetivo: vender más y más. Como no estés atento, te cazan y terminas comprando lo que no quieres y pagando lo que no habías previsto. Un ejemplo: hace poco en un mercadillo rural, comprando unos pañuelos: Quiero un par. 2 euros. Si te llevas 2, son 3. Vale, entonces llevo dos. Llévate otro, cinco... Como no pares la rueda, el precio va subiendo y te vuelves a casa con una bolsa llena de pañuelos y más cosas que no necesitas.  

Pregunta y te contarán historias

A veces lo más interesante de un mercadillo no es lo que se vende, sino quién lo vende. En la era de las redes sociales, en vacaciones perdemos mucho tiempo haciendo fotos para contar nuestros viajes a los amigos (y no tan amigos) y nos olvidamos de descubrir realmente los lugares que visitamos. No desaproveches la ocasión y dedícale tiempo a hablar con los personajes de los mercadillos. Conoce sus historias; nunca se sabe, puede que descubras lo mejor de tu viaje, que según mi experiencia normalmente está en lo que no que aparece en las guías.

¿Dónde va Vicente?

Atención: pregunta. Estás en un destino desconocido, quieres salir a cenar y alguien te ha recomendado la zona de restaurantes. Tras varios paseos calle arriba, calle abajo, ¿qué restaurante eliges?

Exacto. En el que más gente ves.  

El efecto repetición nos lleva a concluir que si el restaurante está lleno, eso es que es el mejor de la zona.

Lo mismo ocurre en los mercadillos. Hay puestos en los que se producen inexplicables remolinos de gente y otros al lado que están desiertos. Normalmente hay una razón de peso, pero otras veces, equivocado uno, equivocados todos. Al menos, si te animas a comprar, siempre es un buen punto de partida. Pero nunca descartes a los que nadie presta atención.

Con la comida no se juega

Los mercadillos de comida son apasionantes. Descubrir los productos locales es toda una aventura, sobre todo si estás en países remotos y están repletos de ingredientes y productos desconocidos, como te puede pasar en cualquier país de África, Sudamérica o Asia. Puede que tu estómago esté a prueba de bombas, pero salvo que quieras pasar el resto de tus vacaciones en un cuarto de baño o, peor, en alguna cama de hospital, sé prudente antes de lanzarte a probar lo primero que veas.  

Al que madruga Dios le ayuda

Y por último, sé el primero. Nuestro refranero popular es sabio, y madrugar es siempre una buena opción para todo: los mejores pescados, las mejores verduras... Toda la oferta posible está expuesta a primera hora. Disfrutarás de una visita sin aglomeraciones, sin calor, sin tensión, y para cuando el resto del mundo se haya despertado, te habrás llevado la mejor compra y habrás aprovechado al máximo la visita. Y después ya puedes continuar con tu día o simplemente sentarte en una terraza y disfrutar de la vista.

Y lo más importante de todo.

Abre bien los ojos

Nada de mirar rápido, ver por encima o seguir a la marea humana. NO. Observa cada detalle, cada rincón, cada puesto... Si no lo haces, te puedes perder esas patatas «Galáctica» o lo mejor que he visto yo en muchos años de mercadillos y que es, en realidad, el motivo por el que hoy se me ha ocurrido escribir sobre ellos.

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Este artículo lo ha escrito...

Blanca López

Blanca López (Pamplona). Como buena Sagitario, desde muy pequeña ha estado paseando por el mundo. Le habría gustado cantar como Ella Fitzerald pero, a parte de bolos en la ducha y en el coche, lo... Saber más...