Por el humo se sabe dónde está el fuego

Por el humo se sabe dónde está el fuego
Miércoles, 2 de Diciembre del 2015     |    Por Olga Andérez

Por el humo se sabe dónde está el fuego

Y estaba en mi casa. Para ser más exactos, en mi cocina. Porque, oye, quién no ha tenido un pequeño incidente realizando las tareas del hogar. Los accidentes domésticos pasan. Y, bueno, algunos son más graves que otros, pero tampoco hay que juzgarme por ello, no?

 “Imaginad, Sicilia, 1920, una joven de pechos turgentes…” Bueno, quien se ubica en Sicilia, se ubica en  Madrid. Y quién dice 1920, dice 1992. Más o menos, el 30 de enero… exactamente. Lo de la joven de pechos turgentes lo dejamos cómo está.  Yo estudiaba 2º de BUP (sí, soy de la generación de EGB, BUP y COU) y había llegado a comer a casa. Casualmente esteba sola: mi madre ese día había quedado, mi padre se hallaba trabajando y mi hermana se había ido a estudiar a la biblioteca. Recuerdo perfectamente que mi madre había dejado preparado arroz para calentar en el microondas, y unos sanjacobos para freír.  ¿Qué cómo es posible que me acuerde de tantos detalles? Porque hay cosas que no se olvidan.

¿Preparados para una nueva historia de la abuela Cebolleta?

Después de prepararme la comida, me llevo mis platos al comedor y me dispongo a darme tal banquete. ¿Quién iba a dejar pasar la posibilidad de disfrutar de semejantes viandas? Así que me planto delante de la televisión, con la firme decisión de no perderme el capítulo de rigor de ‘Remington Steel’, que para los que no lo sepáis, era una serie de detective con tintes de comedia romántica, protagonizada por un joven y guapérrimo Pierce Brosnan y… y… y… y la que no era Pierce Brosnan.

Que sí, que puedo decir que lo que a mí me embelesaba era el tema de Henry Mancini. ¿Pero alguien me creería?

Pues ahí estoy yo, mano a mano con mi comida, cuando de repente la tele se apaga. OMG!!! Dramón al canto por no poder ver la que entonces era mi serie favorita. Así que después de comprobar el mando a distancia, el botón de la tele y el enchufe de rigor, me dirijo a la cocina que es dónde estaban los automáticos en casa de mis padres. Así que abro la puerta y ¿qué veo? Nada. Literalmente nada. Porque una densa capa de humo cubre toda la superficie de la cocina, desde la altura de mis hombros al techo. Y al fondo un resplandor rojo que no podía ser otra cosa más que unas llamas (sí, digo “al fondo”, porque se trata de una cocina bastante grande), que salían de donde hace unos momentos estaban los fogones.

Yo, en mi inmensa inteligencia de rubia de 16 años, en vez de coger el teléfono y llamar a los bomberos, salgo al descansillo de casa a grito pelado y tocando el timbre de la vecina como una loca. Obviamente, la vecina sale ante semejante escándalo, y al ver el percal ella sí es lo suficientemente avispada como para llamar a los bomberos.

Así que mientras espero a que esos héroes lleguen, a mí no se me ocurre otra cosa, como una nueva muestra de mi inteligencia, que empapar un paño, ponérmelo en la cara y entrar a la cocina hasta el fondo y abrir la ventana. Oye, lo ideal para alimentar las llamas y que se aviven.

Y después de esto, yo me quedo en el descansillo a esperar a los bomberos, cuando de repente llega un joven corriendo por las escaleras y me pregunta “¿Es aquí?”, le da un golpe al cristal que protege el extintor, lo agarra, me pide una toalla mojada y entra extintor en mano a acabar con el fuego. Acto seguido, aparece otro chico, que casualmente era hermano del primero, con otro extintor que ha cogido de otro piso. Eran mis vecinos de tres pisos más arriba. Y mi desafortunada idea de abrir la ventana, hizo que su gato, que estaba en su cocina, oliera el humo y se pusiera a rascar la puerta y maullar para alertarles.

Dadme un par de cerillas y un poco de etanol, y os hago un truco de magia impresionante.

A todo esto, ya se debe haber formado un pequeño follón en el portal, porque sube el portero. En lo que yo intento explicar, y sobre todo explicarme, lo que ha sucedido, aparecen ¡¡¡por fin!!! los bomberos, más de veinte minutos después de haberles avisado. Eso sí, salieron de los dos ascensores y el montacargas, y el número exacto no soy capaz de acordarme.

Aunque hay recuerdos de ese día tengo confusos, tengo claro que más o menos así es como llegaron los bomberos a mi casa.

Después de numerosas preguntas, muchas que no era capaz ni de contestar, se marcharon los bomberos y los vecinos, yo me bajo a pedirle no sé qué al portero, con mi ropa, mi cara y mi pelo totalmente negros, y oliendo a pollo requemao, y me encuentro en el ascensor con otro vecino que me mira de arriba abajo y con el que mantengo la siguiente conversación:

- Así que tú eres la del incendio.

- Ajá.

- Yo es que soy el padre de los del once. Me había quedado dormido en el sofá y de repente veo a mis hijos entrar en casa totalmente sofocados y les pregunto “¿De dónde venís?” y me contestan “De apagar un incendio” “Sí, claro, un incendio habéis apagado. O dos”.

- Pues no, por suerte sólo ha sido uno.

Debería haber buscado otra forma de subir y bajar, que me hiciera pasar un poco más desapercibida, que coger el ascensor.

Vuelvo a casa, y me veo sola con la mujer del portero, sin luz en casa porque se ha quemado el circuito eléctrico, y sin nadie de mi familia que haya vuelto todavía… y que realmente no sé si tengo ganas de que alguien llegue, porque el broncón que me va a caer va a ser de los que hacen historia. Tampoco puedo localizar a ninguno de ellos, ya que hace más de veinte años, que es cuando esto sucedió, no teníamos móviles. Bueno, podría haber llamado a mi padre al trabajo, pero, oye, quién era yo para molestarle por una menudencia como esa.

Así que como necesitaba apoyo moral en ese momento, cogí el teléfono y llamé a mi amiga Marga, que entonces vivía a un par de calles de mi casa, y le pedí histérica que viniera a hacerme compañía. Lógicamente, con 16 años, millones de deberes, y los exámenes de febrero a la vuelta de la esquina no es que nuestros padres nos dejaran salir entresemana así como así, por lo que se ve en el deber de explicar a su madre lo que ha pasado: “Olga, que está sola en casa y se le ha prendido una sartén y está histérica. Voy un momento y ahora vuelvo.” Obviamente, cuando llega a mi casa, el escenario que se encuentra es muy distinto del que ella había imaginado: sin luz, prácticamente de noche por ser pleno invierno, velas encendidas, y rastros de extintor desde la entrada hasta el fondo. Por no hablar del espectáculo que suponía la cocina con los azulejos desprendidos, los armarios calcinados y el techo negro. Y, lógicamente, un horrible olor a quemado. Cuando traspasa la puerta de mi casa lo único que sale de ella es abrir mucho los ojos y repetir “Olga, tu madre te mata”.

Mi amiga al cruzar la puerta de mi casa.

Afortunadamente, nadie me mató. Mi hermana fue la primera en llegar y la que decidió llamar a mi padre para que estuviera sobre aviso (claro, que recibir una llamada poco habitual que empieza con la frase “tranquilo papá, que no ha pasado nada grave”, creo que no tranquiliza a ningún padre).

Al final, todo se solucionó con obras en la cocina, que incluyeron cambiar los azulejos y los muebles, pintar el techo y cambiar la cocina de gas por una vitrocerámica, y arreglar el cuadro de luces. Y, además, pintar techos y paredes de la entrada y salón, los damnificados en segundo lugar.

Ah! Y con que a varios de mis amigos les prohibieron cocinar durante un tiempo, y sólo les dejaban comida para calentar en el microondas.

Al final, tanto en mi familia como con mis amigos, hemos conseguido reírnos mucho con el tema, aunque la fama de pirómana, veintitrés años después, no he conseguido quitármela.

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Este artículo lo ha escrito...

Olga Andérez

Olga Anderez (Santander, 1975). Secretaria y contable afincada en Madrid que, a la vista está, se mete en cualquier embolado que se le cruza en el camino. Fanática de las redes sociales y del... Saber más...