La invasión de las gomas puñeteras

La invasión de las gomas puñeteras

¿De dónde surgen las modas? ¿Cómo se propagan? ¿Cuál es el truco para conseguir nublar las mentes de millones de personas con el último invento chorra? Y, lo que más me obsesiona del asunto: ¿por qué, por qué, por qué se han puesto de moda las gomas para hacer pulseritas y están por todas partes como la Coca Cola?

En uno de mis libros favoritos, Oveja mansa de Connie Willis (si no lo habéis leído os puedo asegurar que es la comedia romántica más absurda y divertida que me he leído nunca. Y de la mano de una escritora de ciencia ficción. Surrealismo al poder), la protagonista trabaja en un centro de investigación intentando averiguar cuál es el origen de las modas. Como os imaginaréis se trata de proeza inigualable en el campo de la ciencia, mucho mayor que descubrir qué hay en el interior de los agujeros negros. Imaginad lo que podría pagar cualquier empresa para tener en sus manos una fórmula matemática que les garantizara que su producto se va a poner de moda sí o sí.

En mi mente calenturienta las modas (como el orquídea radiante de este verano) se deciden en reuniones así.

No os voy a contar el libro ni lo que descubre nuestra doctora en sociología (ni la historia romántica, por supuesto. Tendréis que leerlo y luego me escribís para contarme si es bárbaro o no) pero sí algunas de las conclusiones a las que llega para explicar cómo modas tontas como el Hula-Hoop, jugar al Minigolf, o vestirse con un kimono para jugar al Ma-Jong se convierten en un triunfo brutal para pasar a morir del éxito. Sandra Foster, nuestra protagonista, descubre en sus investigaciones que todas las modas deben parte de su éxito a los early adopters, esas personas que por su carácter, personalidad, atractivo personal, llamadlo cómo queráis, deciden empezar a hacer una cosa (en sus estudios ella utiliza como ejemplo por qué todas las mujeres decidieron cortarse el pelo a la vez en 1925 y no antes, no en el 1918 o en el 1921) y terminan siendo el motor propulsor de una corriente.

Las modas son como las cucarachas: nacen, se reproducen y mueren después de dar mucho por saco. 

Yo no sé qué habéis entendido vosotros pero para mí sigue siendo incomprensible si lo adapto a la moda que estoy estudiando hoy: el éxito de las gomas para hacer pulseras. Si sois padres o tenéis niños cerca ya os habréis dado cuenta de que en los últimos meses no hay otro tema de conversación a la salida del colegio: gomitas por aquí y gomitas por allá. Esta es una moda que se puede equiparar a las anteriores protagonizadas por la peonza, el yoyo, los cromos de las Monsters High y aquellas fichas horribles protagonizadas por unos bichos muy feos que salían en unos dibujos de la tele (lo siento, no puedo dar más pistas).

Parecen inofensivas, pero pueden destrozar el mecanismo de una lavadora en cuarenta y cinco minutos.

Pero esto de las gomas se ha salido definitivamente de madre.

Porque ¿a qué nunca habéis tenido yoyos entre los cojines del sofá, por las encimeras, debajo de la alfombra y entre las ranuras de los rodapiés? ¿A qué las peonzas no se cuelan en tu bocadillo de media tarde? ¿A qué no? En mi caso, cada vez que vacío la bolsa del aspirador junto gomas suficientes como para rellenar un paquete nuevo. Y no hemos empezado a hablar de los enganches que pululan por las esquinas de mi casa. Porque, claro, no basta con las gomas, también necesitamos enganches, abalorios y una cosa muy fea de plástico a la que mis hijas se refieren como “la máquina de hacer pulseras” (en realidad, se llama Rainbow Loom y es una especie de telar de plástico que inventó un coreano en EEUU. Un tipo realmente rico hoy gracias a nuestros hijos). Ah, y más gomas. ¿Por qué nunca hay suficientes gomas? ¿Cuántos miles de ellas tengo comprar al chino de la esquina? No es por nada, pero cada vez que me ve entrar por la puerta, el tío se frota las manos, el muy avaricioso. Todas las colecciones de cromos tienen un fin y en algún momento consigues hacerte con todas las fichas de bichos horribles, un yoyo o una peonza se compran una vez y punto, pero con las gomas me estoy planteando seriamente abrirles un campo en mi hoja de cálculo titulada “Presupuesto Semanal”. Cada pulsera requiere seiscientas o más gomitas de esas (y que yo siga entrenándome con aquellas pesas de 0,5 kgs. porque llevar sólo una pulsera no basta, claro).

Cualquier progenitor debe estar preparado no sólo para pagar centenas de pulseras. También para llevar una carga de pulseras de goma superior en peso a dos kilos de garbanzos y una litrona de cerveza. A diario.

Mi hija mayor me dice que la culpa de que estas gomitas se hayan puesto de moda la tiene una niña con Nombre y Apellidos (y que no voy a especificar aquí), que las trajo de EEUU. Y yo me pregunto: ¿cómo puede una sola niña de nueve años convencer a un colegio entero, incluso a los más mayorcitos, de que se pasen las horas muertas haciendo pulseritas y hablando de hacer pulseritas? Y cuando no hacen ninguna de las dos cosas están dando por saco para que les busquemos en Youtube.com vídeos de cómo hacer ¡más pulseritas! Es como si les hubieran hecho un lavado de cerebro a todos a la vez y la obsesión es tan grande que la directora del colegio de mis hijas ha tenido que prohibir llevar gomitas al patio del colegio porque estaba empezando a haber grandes problemas. Había niños que las vendía, otros (los más avezados) traficaban con ellas y se avecinaban enfrentamientos entre las dos bandas: los Defensores de las pulseras puristas y los Adeptos a las pulseras cambiantes.


Una moda alcanza el culmen de su éxito cuando alguien muy, pero que muy famoso aparece apoyándola en público. Es el principio de la decadencia...
 

Afortunadamente para mí si he aprendido algo del libro de Connie Willis es que todas las modas tienen una muerte tan rápida como rápido es su ascenso. Y yo ya estoy empezando a ver el ocaso de la moda de las puñeteras gomas. Sí, sí, creedme. Todo empezó ayer, cuando mi hija mayor apareció con un collar con tan sólo medio corazón y hecho de imán. Se lo ha regalado su mejor amiga y todo forma parte de un juego en el que se persiguen y cuando se encuentran junta sus dos collares independientes para formar un corazón único. Estoy empezando a verlo por la calle, a otras niñas, en los escaparates de los chinos... y no puedo evitar sentir cierta esperanza.

El objetivo real de este artículo es que os leáis Oveja Mansa de Connie Willis y luego lo habléis conmigo.

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...