¿Deberes SÍ o deberes NO?

¿Deberes SÍ o deberes NO?

¿Realmente las tareas escolares son un requisito imprescindible para el desarrollo intelectual de los peques? ¿Son tan buenas como parecen? ¿O son los deberes el equivalente a las horas extras de los niños? Hoy en Glup Glup analizamos el fenómeno, nos hacemos un porrón de preguntas y nos ponemos la tarea de daros una respuesta coherente.

Recuerdo que una vez llegué a clase hecha un mar de lágrimas porque mi hermano pequeño, que por aquel entonces tenía unos dos años y medio, me había pintarrajeado los deberes intentando imitar a Kandinsky y el resultado no se podía ni subastar en la casa de susbastas Christie´s ni mucho menos presentarse a la profesora de Lengua.

Es uno de los pocos recuerdos que tengo de haber hecho deberes siendo pequeña. Y por aquel entonces ya contaba con doce años y medio. Tengo vagos recuerdos de haber usado plantillas con forma de la península Ibérica para trazar el curso de los ríos o localizar las cordilleras, de escribir alguna línea en un cuadernillo Rubio y de intentar eliminar los restos grasientos de chorizo de una página cuadriculada llena de sumas. Pero también recuerdo haberle dedicado tirando a poco y pasarme el resto de la tarde despellejándome las rodillas en la puerta de mi casa. Recuerdos maravillosos de una infancia en los 80 (y que, por cierto, ahora podéis rememorar los vuestros comprando la última novela de mi Otra Mitad, fantástica, por cierto).

Sí, más tarde, en B.U.P., C.O.U y en la Universidad, me di unas palizas tremendas empollando tardes y fines de semana enteros. Pero, eso, estudiando, no haciendo páginas y más páginas de fichas.

Y sin embargo, ahora que soy madre de una niña de 9 años y de otra de 7 me paso horas y más horas sentada en un pupitre supervisando fichas, sumas, restas con llevadas, ejercicios de lengua, líneas de caligrafía, redacciones sobre la excursión a la granja escuela y, a este paso, finalizando un estudio teórico de cómo se propagan las ondas sísmicas o una breve comparación entre las teorías éticas de Inmanuel Kant en comparación con el utilitarismo y sus variantes. Aunque estoy segura de que mi hija de 7 años está mucho más a favor del utilitarismo y su tratado no va a quedar muy objetivo que digamos. ¡Ay de mí cómo se me ocurra moverme del sitio! Entonces se desencadena el Apocalipsis porque algunas tareas son tan tremendamente complicadas que mis hijas no entiende lo que les piden. ¡No lo entiendo ni yo y tengo una licenciatura!

Absurda metáfora visual, de las que dan mucha risa, para que veas que combinar ocio y trabajo extra es un poquito raro.

¿Qué ha pasado?, me pregunto. Esto antes no era así. O lo mismo, mi cerebro, haciendo uso de uno de esos mecanismos que tiene para garantizar la supervivencia de la especie, ha borrado todo este asunto de los deberes igual que me hizo olvidarme de lo mal que se pasa en el parto. Yo no recuerdo que las tardes de mi infancia fuera una sucesión interminable de tareas ni que mi madre tuviera que estar horas y horas explicándonos cosas, ayudándonos a realizarlas e involucrándose en la redacción “El fin de semana del Pato Cuac, la mascota de la clase, en la casa de los Palomares-Rus” (ejemplo real de un trabajo que tuvo que realizar mi hija mayor a la tierna edad de cinco años, en el que sólo les faltó pedirnos que diseñáramos una presentación de KeyNote sobre el p. pato de peluche).  Para empezar mi pobre madre no nos hubiera podido ayudar, porque no tiene ni el graduado escolar. Imagínate hacer un resumen de un fin de semana con fotografías. Es más: conozco a un montón de ejecutivos que no son capaces de resumir en un folio lo que hicieron ayer de manera comprensible y darle, al mismo tiempo, un poco de poesía.

Y lo que es peor: estoy empezando a tener dudas sobre la eficacia del sistema. Es decir, ¿qué sentido tiene que mis hijas pasan tantas horas en el colegio si luego, cuando salen de allí, tienen que seguir repitiendo lo mismo que han estado haciendo durante todo el día? ¿Es que acaso no se lo explican lo suficientemente bien? ¿Es que partimos del hecho que los niños de hoy en día son más tontos que los de antes?

Algo en mi interior me dice que las cosas no deberían funcionar así.

Si me llevan los demonios que a mí me hagan hacer horas extras ¿por qué no me iba a molestar que mis hijas se pasen la tarde haciéndolas?

No me malinterpretéis: no estoy a favor de que los niños “zascandileen” y se pasen la tarde vagueando en el sofá. Es más, soy de esas madres que tienen controlados los horarios televisivos, vigilan como halcones los programas que ven sus hijas y para que les deje jugar una hora seguida a la Wii debe producirse una extraña confluencia planetaria donde la órbita lunar confluya con Venus en su punto álgido (o que yo tenga cuarenta de fiebre. O que mi jefe me haya dado el día. O que me hayan pillado con la regla). Desde que mis hijas son pequeñas nos hemos pasado las tardes enteras yendo a piscina, a baile o reforzando su pronunciación inglesa. Me preocupa su futuro como a la que más y quiero que se conviertan en adultos de provecho. Pero ¡son niñas! En mi humilde opinión los niños necesitan jugar o, al igual que los adultos, un espacio para el esparcimiento, para el descanso e, incluso, para el aburrimiento porque el aburrimiento es la madre de la creatividad y si Newton no hubiera estado relajándose debajo del manzano quizá todavía no le habríamos puesto nombre a esa cosa llamada gravedad.

Todos hemos tenido profesores que, sin necesitar subirse en la mesa, nos han inspirado lo suficiente como para aprender algo por lo que de otra forma nunca nos hubiéramos interesado.

Creo que en el día a día tiene que haber cabida para todo: para la obligación, para las actividades deportivas y para el esparcimiento. Pero tal y como está ordenado el sistema escolar en nuestro país parece que no hay momento para dejar de tener obligaciones. Es más: tengo un cliente inglés y varios amigos con hijos que viven fuera de España que me comentan que en otros países no existe la carga tremenda de deberes que existe aquí, al menos a edades tan tempranas. Al salir de clase se refuerzan otros aspectos no estrictamente educativos, sino más bien deportivos o culturales.

O maternales.

Tras una dura jornada de trabajo propia me produce una tristeza infinita tener que sentarme en el pupitre de mis hijas a pasarnos una hora discutiendo porque esa división por dos cifras no nos sale. Las dos estamos cansadas. Las dos estamos deseando finiquitar este trámite. Las dos deseamos pasar un rato juntas, hablando, leyendo, jugando…

¿Cuál es la solución a este asunto?

Si son los quince minutos de refuerzo diario que me prometieron que sólo serían al principio de curso me parece bien, más que correcto. Una pequeña toma de contacto diaria para que los avances que se van haciendo se vayan reforzando, para crear rutina, para ir preparándonos para el futuro, para que los niños vean que no todo el monte es orégano… Pero si esos quince minutos se transforman en una hora diaria o, como ocasiones ocurre, en dos horas porque ha habido descoordinación entre los profesores que imparten diferentes asignaturas y hay también que estudiar para un examen, entonces NO ESTOY DE ACUERDO. ME PARECE MAL. ME PARECE FATAL. EN ESTE CASO DEBERES NO.

Además, los deberes que mis hijas traen a casa son réplicas exactas de las cosas que hacen en clase. No aportan nada nuevo, nada que pueda enriquecer lo que ya han aprendido en clase, otra perspectiva del asunto…

¿Cómo me gustaría entonces que fueran los deberes de mis hijas? ¿Qué haría que dijera SÍ A LOS DEBERES? Algunos de los siguientes requisitos:

1.- Que los deberes fueran actividades extraordinarias que, relacionadas con las cosas que están aprendiendo, estimularan su curiosidad. Si, por poner un ejemplo, están estudiando el sistema solar, que pudiéramos ver juntas una exposición relacionada con el tema o un episodio de Cosmos. O un juego. O, como ocurre en algunas ocasiones, una búsqueda en internet de un dato interesante: ¿qué es la Estrella Polar y para qué sirve?

Mi hija de 7 años, friki vocacional, está enganchadísima a la última temporada de Cosmos. 

2.- Que aportaran un extra a esas materias, pues muchas veces las cosas las recuerdas más porque hay un hecho extraordinario relacionado con ellas. Yo jamás olvidaré el Romanticismo Alemán porque mi profesora de historia, Lourdes, entró un buen día en clase y sin decir ni una sola palabra enchufó un radio-cassette y puso La Cabalgata de las Walkyrias a todo trapo. Cuando terminó la música se limitó a decirnos: “y esto que habéis sentido, queridos alumnos, es el Romanticismo Alemán”. ¿Cómo vas a olvidar algo así? ¿No es mucho más interesante conocer todo lo que pasó Galileo para demostrar que la tierra se mueve que estudiar el movimiento de rotación a palo seco?

3.- Que no fueran rígidos, inflexibles, inamovibles… que no fueran una rutina aburrida que a nadie, empezando por los padres, nos apetece hacer. Que no fueran una imposición de un día para otro, sin tiempo de reacción. Bastantes obligaciones tenemos ya todos durante la semana como para agobiarnos también porque tenemos que, entre lavadora y lavadora, hacer siete líneas de caligrafía perfectas y ocho restas con llevada.

4.- Que favorecieran la cultura general y la lectura a todos los niveles. No sólo de raíces cuadradas vive el hombre, también es necesario saber quién fue Willy Fogg y cómo Julio Verne se anticipó al futuro con todas sus fantásticas novelas.

5.- Que permitiera implicarnos a los padres sin que fuera una obligación ni un sufrimiento ni un trauma, que pudiera integrarse en el escaso tiempo que pasamos con nuestros hijos de una manera divertida, como parte de esas pocas horas de relajación y diversión que pasamos juntos.

6.- Pero también que favorecieran la independencia de los niños, que les ayuden a ser responsables, a madurar, a evolucionar, a desarrollarse como personas con ideas propias... y, por supuesto, también que les preparen para fallar, para la frustración...

Sí, seguro que estoy pidiendo demasiado.

Seguro que algunos profesores (o muchos, espero), verán este artículo y me dirán que se me ha ido la cabeza y que lo que estoy proponiendo supondría mucho más que unos sutiles cambios en el sistema educativo tal y como lo concebimos ahora mismo. Tendríamos que cambiar el sistema entero. Sí, claro: me imagino que nada de esto es fácil y que no soy ni la primera ni la última que lo va a pedir. Puede que a mí no me llegue nunca, pero no pienso dejar de intentarlo ni de practicar algunas de las ideas que he sugerido por mi cuenta. 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...