Adopción: realidad VS idealización

Adopción: realidad VS idealización

Adopción: realidad VS idealización

Adoptar es el mejor regalo que un ser humano le puede hacer a otro. Pero no es el camino de rosas que imaginamos. Al contrario, es una carretera complicada, llena de curvas y cambios de rasante. En Glup Glup hoy nos ponemos serios y os traemos el testimonio de A.M., una mujer que quería ser mamá a toda costa y descubrió que adoptar era su única alternativa para hacer ese sueño realidad. Cuando me contó su historia no sólo me puso los pelos como escarpias por su intensidad y fuerza emocional, también me pareció que su experiencia es interesante para todos los que se estén planteando en estos momentos recurrir a la adopción. Saber lo duro que es el proceso, los sentimientos encontrados, las trabas en el camino,.... pueden ayudar mucho a la hora de enfrentarse a una situación que es desconocida para la mayoría de nosotros. Muchas gracias a A.M. por querer compartir con nosotros algo tan bonito y tan emocionante. 

Yo llegué a la adopción por la infertilidad. Podría decir que era el sueño de mi vida, que siempre había pensado que adoptaría… pero no sería verdad.

Sí que es cierto que muchas mujeres fantaseamos con ello en algún momento de nuestra vida, pero cuando llega ese día en el que el gen de la maternidad empieza a dar por saco, la mayoría nos ponemos a lo tradicional. Y es que parece lo más sencillo y, además, te llevas una alegría para tu cuerpo.

Y van pasando los meses y la regla te sigue viniendo. Y empiezas a buscar información y esas alegrías para tu cuerpo se van convirtiendo en una especie de tortura: esta postura me da menos "gustirrinín", pero dicen que es más buena; ahora las patas arriba media hora y nada de lavarme el "potorro" luego. Si cruzo las piernas además de tenerlas en alto, no se escapa ni uno. Los calzoncillos, al congelador y nada de llevar pantalones arrapados!

Te gastas un pastón en pruebas de embarazo, que siempre dan negativo, porque al mínimo retraso crees que ese ha sido el mes bueno. Seguro!

Hasta que al final y después de veinte mil pruebas de lo más humillantes, dolorosas e incómodas, llega el diagnóstico: infertilidad.

Entonces entra en una espiral de tratamientos, intervenciones quirúrgicas (en mi caso), cambios hormonales para olvidar, días de tortura infinita, lágrimas en cada negativo… y pasta. Mucha pasta! Pero bueno. ¡Eso es otra historia!

Y un buen día, dices: a la mierda. Vamos a adoptar.

Nunca olvides que no eres tú el que necesita tener un hijo, es el niño el que necesita tener a una familia. 

Y empiezas.

Te vas a buscar información a tu gobierno autonómico. Te dan un mogollón de papeles para rellenar y un listado de países y requisitos.Nosotros elegimos pensando cumplir requisitos y plazos rápidamente. Sólo en eso. Y así nos decidimos por la República Democrática del Congo. Entregamos la solicitud, con el millón de papeles que hay que adjuntar (declaraciones de renta, certificados médicos, certificados de penales, etc.) pagamos lo que cuesta en Cataluña (unos mil euros) y esperamos a que nos citaran para las entrevistas que te hace un grupo de psicólogos. Esa gente determinará si eres o no idóneo para ser padre adoptante. Empezamos con unos cursos con más futuros padres adoptantes que duran dos días. Una charla dura, en la que básicamente, te ponen en lo peor de la adopción y en la que te hacer plantearte cosas en las que no habías pensado.

 

Recuerda: esto no es "Míos, tuyos, nuestros". Es más: esto no se parece a ninguna comedia de Hollywood.

 

Yo me había planteado la adopción desde un punto de vista romántico: me asignarían a un pequeño, nos conoceríamos y estallarían fuegos artificiales y Frank Sinatra cantaría Fly me to the moon. Todo sería estupendo, maravilloso y sensacional.

Pero cuando los psicológos llegan y les cuentas lo que esperas de tu adopción su respuesta es " ¿Dónde vas, alucinada? ¡Deja las drogas ya!". Y llega a ser peor: te cuentan cosas como que eso de que si te dan un bebé es más fácil que si es un niño mayor, es una falacia. Y te dicen: "Un bebé no se expresa. No entiende lo que pasa. No sabe que tú vas a ser su madre. Sólo es consciente de que lo estás arrancando del único sitio que conoce, que para él no es ni mejor ni peor, sólo suyo, y que de ti no conoce ni la voz, ni el olor, ni (en nuestro caso) el color".

Y si te dan un bebé te pueden pasar dos cosas: o que berree durante días y días o que haga como que eso no le está pasando a él y se meta en su mundo

Y eso fue lo que nos pasó a nosotros.

Te dejan claro que van a buscar una familia para un niño, no un niño para una familia. Que lo que tú quieres no tiene por qué ser lo que vaya a ser. Es más, probablemente, no lo será. Que un niño adoptado NUNCA es un niño más. Que lleva una mochila, que tiene una vida antes de ti, que siempre tendrá en su cabeza su abandono y que es muy posible que eso le provoque un conflicto interior en mayor o menor grado que le va a acompañar la mayor parte de su vida. Nos hicieron cerrar los ojos mientras nos decían: "Imaginad que ahora viene alguien que no conocéis y, sin dar ninguna explicación, os coge y os lleva a otro país. Llegáis allí y os dejan en medio del hotel más increíble que os imagináis. Pero no conocéis a nadie, no habláis el idioma, constantemente tenéis a dos personas a vuestro lado que no os quitan los ojos de encima, que os hablan y no entendéis y no os dejan ni a sol ni a sombra. Y entonces, viene alguien y os dice: esta va a ser vuestra vida ahora y para siempre. Aquí tendréis todos los lujos que queráis, no os faltará comida, ni agua, ni ropa, ni educación. Pero todo lo que habéis conocido hasta ahora lo tenéis que olvidar. Nunca más volveréis a ver a vuestra familia ni amigos, ni vuestra ciudad".

Salvar todas esas diferencias no es cuestión de amor a primera vista. Tendrás que ganarte su afecto, tendréis que conoceros poco a poco.

Os invito a hacerlo. Juro que se me hizo un agujero en la boca del estómago y que en aquel momento me habría levantado y habría dicho: "Vale, lo entiendo. No sigo".

Luego vienen unos test a la pareja (por separado) y unas cuantas entrevistas. Además de una visita a casa para comprobar, básicamente, que tienes espacio suficiente para tener un menor allí. ¡En la vida ha estado mi casa tan limpia como aquel día! Limpié CD a CD, libro a libro, baldosa a baldosa, etc. El olor a desinfectante se notaba desde la calle. Para que luego la psicóloga asomara la cabeza por cada habitación y se largara a los diez minutos...

Son unos meses de mucho estrés porque hay una gente que no conoces de nada y que no te conoce de nada que tienen la capacidad de decidir tu futuro. De ellos depende que puedas ser o no padre. Pero debo decir, ahora que todo ha pasado, que es algo absolutamente necesario y que, después de conocer algún caso en particular, pienso que debería ser todavía más “exhaustivo”.

En Cataluña, la ley dice que en seis meses te han de comunicar o no tu idoneidad. Se reúne una junta especial en la que casan el informe de los psicólogos con la documentación que has rellenado y aportado y deciden si eres o no apto o si cumples todos los requisitos del país que has elegido.

Nosotros tuvimos el si un poco más tarde, por un problema ajeno a nuestro proceso y que da para otro artículo, pero  lo importante es que al final fue si.

Nuestra primera adopción fue por protocolo público. Es decir, sin intermediarios. Así que todo lo hicimos directamente con el orfanato y la embajada española en Kinshasa. Enviamos los papeles a la hermana y nos dijo todo lo que necesitábamos enviar: poder notarial para el abogado del orfanato, certificados internacionales de nacimiento, certificado de matrimonio, pasaportes y el dinero necesario para pagar las tasas judiciales y los honorarios del abogado. Exactamente no recuerdo la cantidad, pero no fueron más de tres mil euros.Una vez la Hermana tiene toda la documentación un buen día te avisan de que tienes asignación.

Y ese día fue rarísimo.

Nos habían dicho que la mayoría de niños que había en el orfanato eran de sexo masculino, porque es una sociedad “matriarcal” y solían abandonar más a los chicos. Así que esperábamos asignación de un niño de más o menos un año. Y para eso nos habíamos preparado. Pero entonces nos dijeron que era una niña que, en aquel momento, tenía un mes y medio. Casi me caigo de la silla. ¡Un bebé! ¿Qué coño iba a hacer yo con un bebé que todavía tomaba biberón? Si yo tenía congeladas unas gambas de Palamós para el primer día en casa...

Aceptas la asignación, la Generalitat te dice que adelante y a esperar juicio allí (nosotros no tuvimos que desplazarnos como en muchos otros países).

Una vez has pasado el juicio, el niño ya es oficialmente tuyo. Y preparas el viaje.

Nosotros no tuvimos otra que elegir uno de los países más peligrosos del mundo, al que desaconsejan viajar y que en aquel momento estaba en prácticamente en una guerra civil. Tuvimos que retrasar el vuelo porque la embajada no nos dejaba viajar. Querían que estuviéramos allí lo mínimo posible y, como tienen recursos muy limitados, querían asegurar que cuando viajáramos iban a poder estar por nosotros y sacarnos en caso de que pasara cualquier cosa. Parece que es exagerado, pero hasta 10 días antes de nuestro viaje el embajador había estado con unos cuantos GEO en su despacho y un par de meses antes dos familias adoptantes habían salido del país protegidas por ellos y cagando leches. 

Kinshasa es… no existe palabra para lo que es. Un caos. Una ciudad de 11 millones de habitantes sin transporte público, con vertederos de basura en cada esquina, con dos calles principales asfaltadas y algún edificio medio digno en decadencia. La pobreza extrema, la riqueza extrema. No hay términos medios. De esos sitios en los que la vida no es que sea dura para muchos: es que es una putada.

Y, sin embargo, la mayoría de niños sonríen. Juegan a fútbol con pelotas hechas con bolsas de basura y descalzos, pero sonríen.

Tenemos mucho que aprender de los peques de Kinshasa.

El viaje. ¡Otro artículo!

La primera noche en Kinshasa dormimos gracias a la industria farmacéutica. ¡Un valium enterito me metí! Y al día siguiente, nos vinieron a buscar al hotel para recoger a la niña.

Tuvimos la “suerte” de que era domingo, así que había misa. MISA. En mayúsculas, porque duró casi dos horas…

Nos pasaron a una sala y apareció la hermana con un bulto en brazos. Iba con un vestido amarillo ocho tallas más grande, calcetines de lana y cagada hasta los sobacos. Nos miraba sonriendo, pero buscaba a alguien conocido a la mínima. La cambié, aguantando las lágrimas porque no quería que se llevara esa primera imagen de su madre, y cuando me disponía a quitarle todo el envoltorio para que estuviera más fresca, nos hicieron entrar a la iglesia.Y allí estábamos nosotros, diez minutos después de conocer a nuestra hija, oyendo una misa en Lingala, sudando como pollos y sin tener claro cuando debíamos decir amén. Hacia la mitad, más o menos, apareció una cuidadora con un biberón para que se lo diera. Debía de estar a 150 º, más o menos, y como la temperatura allí es tropical, tardé bastante en poder dárselo. Mi primer biberón. En una iglesia. Oyendo misa. En Lingala. Poco más que añadir. Salimos (por fin) y nos metieron en un coche casi a empujones. Nos dijeron que ya nos llamarían al día siguiente para explicarnos cosas de la niña. Y así llegamos al hotel los tres. Con aquel bulto en los brazos, cagada otra vez hasta los sobacos, sin saber lo que comía o cada cuanto, si estaba tomando alguna medicación (había tenido malaria hacía poco), si lloraba o no lloraba, a qué hora se despertaba, si dormía siesta…Entramos en la habitación, la dejé encima de la cama, la cambié y me fui a fumarme un cigarro al baño. Me senté en la taza del WC, lo encendí, y al levantar la cabeza, vi mi cara en el espejo (que era un poema…) y me pregunté: ¿Qué coño has hecho? ¿En qué lío te has metido?

A partir de ahí intentamos hacer lo que pudimos. La bañamos, la hidratamos, la dormimos, la alimentamos, la besamos… la quisimos.

Tu peque siempre llevará una mochila llena de equipaje, pero es una mochila que tú también puedes ir rellenando.

Estuvimos sólo cinco días allí. Cinco días duros, intensos. Nos pasó de todo: encontronazo con guerrilleros, secuestro de los papeles de la niña en el aeropuerto, chantaje del jefe de seguridad para devolverlos y no llamar a la policía… Pero llegas a casa y poco a poco eso se supera. No lo olvidas, pero la vida cotidiana te come y te preocupas de la salud de tu hija, de su bienestar, de que te vaya conociendo, de que te empiece a querer como tú la quieres a ella…

Y como no has tenido bastante ¡vas y repites!

Pero eso también da para otro artículo.

 

 

Por A.M.

 
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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...