¿Animales de costumbres o acostumbrados?

¿Animales de costumbres o acostumbrados?

Desde pequeños nos adiestran para que pidamos el biberón cada cierto periodo de tiempo. Nos acostumbran a que nos metamos en la cama a una hora estipulada, que dependerá de si al día siguiente hay que madrugar o no. Hasta nuestro cuerpo se sube al carro de la regularidad, ya que nos obliga a esperar cierta visita cada mes en una fecha determinada.

Dicen que el hombre es un animal de costumbres y yo estoy completamente de acuerdo con tal afirmación. Y lo que es más importante, estoy bien dispuesta a probároslo. Para ello comenzaré por el hábito más común de la humanidad: la necesidad de cafeína. Y es que, ¿a quién no le ha pasado que os levantáis por la mañana y el mundo se desploma a vuestro alrededor en cuanto pisáis la cocina? ¿La razón? Que no hay café en la despensa. Ni hecho ni por hacer, sencillamente no lo hay.

Se terminó. Te olvidaste de comprarlo. Lo que A) te cabrea y B) te vuelve a cabrear.

A mí personalmente ese simple detalle me descoloca el resto del día y lo predispone al desastre. Porque aunque termine tomándomelo en la cafetería y, para qué negarlo, esté más rico que el que yo preparo (porque la camarera me lo sirve con espumita y todo), sé por experiencia que el día no va a mejorar. Lo hecho, hecho está, y no hay posibilidades de que remonte.

"O me traen el café o no bailo mas el Single Ladies"

Por culpa de no haberte podido tomar el desayuno en casa, llegas tarde al trabajo; metes la pata (más de la cuenta), porque todos sabemos que la cafeína tarda un tiempo en hacer efecto y, cuando por fin llega la hora de meterte en la cama, caes en la cuenta de que tu día de pena va a repetirse porque ¡te has vuelto a olvidar de comprar café!

Admitámoslo, nos educan para esperar que ciertas cosas sucedan como consecuencias de determinadas acciones. Y cuando eso no sucede, reina el caos.

Siguiendo con la demostración, hay que destacar otro punto que nos define como animales acostumbrados, y ese es lo metódicos que somos al guardar nuestras cosas. Tanto que somos capaces de adivinar si alguien ha estado hurgando entre los secretos que escondemos en el cajón de la ropa interior. Tanto que si un día los calcetines no están en el sitio exacto en el que deben estar, no los encontramos (esta afirmación tiene más sentido si el que no los encuentra es mi marido). Mala leche ataca de nuevo.

"Si, si... tu hazme la pelota todo lo que quieras que Blade ya está de camino"

Y por si aún no os he convencido, aquí va la prueba definitiva que reafirmará mi tesis. Y es que estoy segura de que todos tenéis, o habéis oído hablar de la típica amiga que cada viernes a las cinco en punto de la tarde te llama para hablar de cualquier cosa, da igual lo intrascendente que sea, el hecho es que te llama. Y precisamente ese viernes que esperas su llamada como agua de mayo, porque tú sí que tienes algo jugoso que contarle, va y no lo hace. Descuido que te produce dos sentimientos encontrados, el primero el consabido cabreo, y el segundo el temor de que le haya pasado algo tan horrible que le haya impedido llamarte. No puede haber otra explicación ante semejante impuntualidad.

Y si eso te sucede con un amigo, imagínate cuando se trata de tu novio/a, marido/esposa. Y ese beso inesperado que te da cuando no te lo esperas. El regalito que te trae sin que sea ni tu aniversario ni tu cumpleaños… Cabreo es una palabra demasiado simple para lo que te embarga en esos momentos. Llamarlo locura transitoria sería más acertado.

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Este artículo lo ha escrito...

Olga Salar

Olga Salar (Valencia, 1978). Se licenció en filología hispánica porque era la manera más sencilla de engañar a su madre: su progenitora pensaba que se estaba sacando una carrera mientras ella... Saber más...