Así limpiaba que yo la vi (o no)

Así limpiaba que yo la vi (o no)
Jueves, 2 de Julio del 2015     |    Por Olga Andérez

Así limpiaba que yo la vi (o no)

Mucho se habla de la heroicidad y la valentía de Hércules. Pero a mí mándame matar a la Hidra de Lerna o sacar del inframundo al Can Cerbero antes que enfrentarme a las amas y señoras del Ajax Pino. Porque si de algo estoy segura, es que ni el musculitos resistiría el  ataque de una de sus bayetas.

En nuestra vida tenemos muchas veces esas relaciones amor-odio que dependiendo del día la balanza se va inclinando hacia uno u otro lado.

A mí me pasa con las chicas de la limpieza de las oficinas. Y matizo ‘de las oficinas’ porque yo siempre he trabajado en una oficina y es de lo que puedo opinar, no sé si en una pollería o en un sex-shop será igual. Entiéndaseme, respeto y agradezco su trabajo muchísimo, pero a veces es un ni contigo ni sin ti.

Parece ser que Diógenes de Sínope era un tipo totalmente normal hasta que se le despidió la señora de la limpieza

Y es que, a pesar de llegar encubiertas tras su apariencia de querer ayudarte ¡¡¡no te fíes!!! ¡¡¡es una trampa!!!, porque aunque haya distintos tipos (como en todos los gremios), todas coinciden  en que les encanta jugar a la búsqueda del tesoro: una vez que han pasado por tu mesa ya no vuelves a encontrar ese documento tan importante que tenías encima del segundo montón, o tu grapadora ha emigrado tres mesas más allá.

Pero sí es cierto que hay cuatro tipos que se identifican rápidamente.

Nos podemos encontrar con la “Limpiadora – Sargento”, es aquella a la que todo el mundo teme cuando se acerca por su zona, y si te pilla trabajando mejor aprovechar ese momento para irse a tomar un café o ir al baño o inventarte una reunión, porque en el instante en el que llega a tu mesa, te va a echar con cajas destempladas. Eso sí, antes de abandonar tu puesto, más te vale guardar y cerrar todo lo que estés haciendo en el ordenador, si no quieres que te la líe parda al limpiar el teclado y el ratón. Y, por supuesto, si no te ha dado tiempo a desaparecer antes, ni se te ocurra moverte de tu sitio hasta que no se seque el suelo.

Su lema: "Ni se te ocurra pisarme lo fregao o te doy para el pelo".

También tenemos la “Limpiadora – Monologuista”, que según va barriendo el suelo y tus pies (sigue ahí, que no me quiero casar), y limpiando el polvo de tu mesa esgrimiendo un paño como quien mata moscas, te pone al día de los estudios de su hijo y de las vicisitudes de su sobrina “tan preparada que está, no tendréis un hueco aquí para ella, que sabe hacer de todo”.

Su lema: "Con la que tengo yo montada en casa, yo aquí he venido a descansar".

La “Limpiadora – Sue Storm” o “Limpiadora – Mujer invisible”. Todo el mundo sabe que existe, porque dos veces por semana la papelera le aparece vaciada, y la mesa completamente (des)ordenada. Pero nadie, nunca, la ha visto. La leyenda cuenta que una vez uno de los informáticos se cruzó con ella, la miró a los ojos, y quedó convertido en estatua de piedra (insisto en que esto es sólo una leyenda, todos sabemos que los informáticos no son muy sociables y a lo mejor ya era de piedra antes y nadie se había percatado).

Su lema: "Vuestra falta de fe resulta molesta".

La “Limpiadora – Madre”. Es esa que te revisa la papelera, y observa con el ceño fruncido cuántas latas de cocacola hay en ella. Cuando se podía fumar en las oficinas, más te valía esconder el cenicero en uno de los cajones si no te había dado tiempo de ir a vaciarlo a la papelera del baño. Lo bueno de este tipo de limpiadoras es que, si le caes bien, de vez en cuando te traerá algún trozo de bizcocho o unas galletas. Bueno, a ti o a tu compañera, porque a ti te mira de arriba abajo y “tú casi te comes una manzana, que te vendrá mejor”. Esta es compatible con el modelo “Monologuista”.

Su lema: "De casa se viene enseñado. Niñato".

Pero sea cual sea la que te toque en suerte, lo cierto es que en el momento que falta se masca la tragedia. Sobre todo si no está contratada por empresa, sino por libre, y no tenéis a nadie que la sustituya. Porque a muchos de tus compañeros les dará lo mismo el polvo acumulado o que no se reponga el papel higiénico del baño, pero a ti, ver ese estepicursor rodando por el pasillo te provoca un tic nervioso en el lagrimal. Así que terminas calzándote los guantes de goma, y cogiendo la escoba y el friegasuelos, para darle un lavado de cara. Aunque llegado ese punto siempre hay alguien (un compañero, una visita, el cartero) que te pregunta “¿pero qué haces?”, que yo una vez, en esa tesitura, le contesté a un jefe “está claro que demasiado para mi sueldo” (¿os he dicho que ya no trabajo en esa empresa?).

Y hasta aquí mi reflexión. Que estoy con la bayeta en la mano porque, efectivamente, nuestra limpiadora está de baja.

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Este artículo lo ha escrito...

Olga Andérez

Olga Anderez (Santander, 1975). Secretaria y contable afincada en Madrid que, a la vista está, se mete en cualquier embolado que se le cruza en el camino. Fanática de las redes sociales y del... Saber más...