Historias (de probadores) para no dormir

El infierno de probarse ropa en una tienda
Jueves, 16 de Abril del 2015     |    Por Rebeca Rus

Historias (de probadores) para no dormir

¿Qué misterios encierran los probadores de las tiendas? ¿Son en realidad agujeros de gusano que nos conducen a realidades paralelas (en una realidad estás gorda, en la otra tienes cara de haber vomitado, en otra estás buenísima, etc.)? ¿Por qué son tan diferentes de una tienda a otra? Y lo peor de todo ¿por qué a nadie se le ha ocurrido diseñar probadores en los que se emitan capítulos de Bob Esponja non-stop, para cuando voy de compras con mis hijas?

Seguro que a vosotros también os pasa: tenéis un miedo patológico a los probadores de las tiendas. Esos lugares claustrofóbicos, mal iluminados y con grandes espejos que muestran cada uno de vuestros defectos (a algunos sólo les falta tener flechas iluminadas con luces de neón para señalar bien clarito el "mondongo" de grasa). O peor aún, esos lugares claustrofóbicos, horrorosamente iluminados y con espejos tan deformantes que podrían estar en cualquier pasaje del terror de la feria de American Horror Story. Dependiendo de la tienda que visitéis os encontraréis con un resultado totalmente diferente. No os podéis fiar: la gente haría cualquier cosa con tal de vender y yo me imagino que en el futuro, cuando entre en un probador dotado con la última tecnología, la imagen que veré reflejada en el espejo no será la mía sino la de Gisele Bundchen.

Los espejos de algunos probadores parecen sacados de la feria de American Horror Story. Y me da tanto miedo parecer un monstruo como que me engañen con la ilusión de que esa chica del reflejo es una versión idealizada de mí misma.

Y así pasa, con la experiencia empiezas a dudar y terminas analizándolo todo como si alguien estuviera haciéndote luz de gas. Como si estuvierais en una película de la saga de Bourne, ya no confias en nadie, vas por la vida sospechando de que todos los espejos están trucados para ofrecerte una visión de la realidad totalmente engañosa y, en otros casos, terminas pensando que la desgana de los dueños del establecimiento se debe a que no tienen ninguna gana de desprenderse de sus productos. En los casos más extremos, pensáis que estáis formando parte de un experimento sociológico y que te están grabando con una cámara para luego formar parte de un programa de gente haciendo el ridículo.

Otros probadores, en cambio, son tan rebuscados que parecen sacados de una peli de David Lynch.

En resumen: que no hay probador bueno y os voy a contar algunas de mis experiencias para demostrar esta afirmación.

Una vez entré en un probador tan pequeño que tuve que ponerme de canto para conseguir cerrar la puerta, me hice una luxación practicando contorsionismo para quitarme los pantalones y como, para paliar los nervios que me entraron, me comí un bombón tuvieron que mandar llamar a los bomberos para sacarme de allí.

El siguiente Probador de Los Horrores de mi lista era un lugar tan oscuro y tan siniestro, con un fluorescente que parpadeaba, que estoy segura que el tipo de Saw lo utilizaba como uno de los escenarios de sus crímenes. En una esquina del suelo había restos biológicos de un ser vivo, pero cuando descubrí de qué se trataban realmente casi me da un chungo y salí de allí corriendo y gritando por el ascoterror. La gente debería ver más pelis de miedo y menos porno.

Quizá esté exagerando un poquito y el probador no fuera realmente así. Pero a mí dame un hilo y me monto rápido una teoría de cuerdas.

Algunos probadores no son tan tétricos, pero parece que han sido pensados para producirte una gran cantidad de ansiedad, como la sala de interrogatorios de la CIA. Para empezar, si quieres acceder a ellos tienes que pasar por un control de seguridad (después de haber esperado una larga cola de tipas tan histéricas como tú) en el que una dependienta con cara de querer estar en cualquier sitio menos ese, hace recuento de todas las prendas que llevas y te da una tarjeta GIGANTE con un número. Pero, pero, pero… ¿por qué esa tarjeta tiene que ser más grande que mi hija pequeña? ¿Es que ya no sufro lo suficiente acarreando con seis prendas, dos niñas, el bolso y la muñeca de una de ellas? Esas tarjetas no se pueden pillar con los dientes, COMPROBADO. Cuando por fin consigues localizar un probador libre y entras con todo tu cargamento, resulta que no hay perchas ni bancos ni nada donde colocar las cosas.

¿Quieres provocar ansiedad a alguien? Métele en un probador que no tenga ni un sitio donde colocar todo lo que lleva entre las manos.

Al siguiente probador de mi lista le tengo auténtico pánico. Y seguro que tú también. Por supuesto me estoy refiriendo a todos esos probadores que en vez de una puerta ¡tienen una cortina! ¡Horror!  Daría cualquier cosa por saber a qué clase de genio del mal se le ocurrió este invento infernal que te obliga, no sólo a cambiarte en un sitio diminuto pasando un montón de frío (las cortinas no aíslan tan bien como las puertas), sino a pasar todo el proceso con una sola mano. Por supuesto, la otra está demasiado ocupada intentando sujetar la cortina para que no venga alguien y nos sorprenda en porretas. Si ya es difícil probarse un vestido en un sitio de estos, hacerlo con una sola mano requiere el virtuosismo de un malabarista del Cirque du Soleil. Sólo se me ocurre una forma de probarse la ropa que me produzca más pesadillas: tener que hacerlo en un probador con puerta de cortina ¡acompañada de una niña de tres años y un Bugaboo con un bebé de seis meses! Todavía tiemblo de pensarlo. Y todos los compradores de aquella tienda que me vieron desnuda después del segundo post-parto, también.

A algún lumbreras se le ocurrió que hacer un probador que imitara las mantas que llevaba mi abuela para cambiarse en la playa era molón.

Algunas tiendas tienen unos probadores monísimos, híper bien iluminados y con unos espejos flipantes. Tan flipantes que todo lo que te pruebas allí te sienta de rechupete y te lo compras todo… para descubrir cuando llegas a tu casa que los espejos estaban trucados y ni eres tan alta ni tan delgada ni tu piel resplandece. Como probadores dejan mucho que desear en cuanto a eficacia (lo devolví todo), pero si buscan minar mi autoestima ¡felicidades, sois unos hachas!

Aunque una vez entré en el que pensé que sería el probador de mi vida: era grande, estaba bien iluminado, tenía cientos de perchas para colgar todo lo que llevaba encima, un banquito para que se sentaran las niñas y un montón de espejos estratégicamente colocados para que te vieras desde todos los ángulos. Puede que la ropa de aquella tienda no me gustara mucho, pero estaba claro que aquellos probadores merecían que la visitase una y otra vez. Hasta que descubrí, gracias al juego de espejos, que me estaban saliendo unas lorzas por la espalda en las que nunca me había fijado.

Con todas estas experiencias tras mis espaldas, comprenderéis que ahora me compre toda mi ropa a ciegas. Para mí sólo hay dos opciones: 1) entro en Zara/Mango/Hoss/Lo que sea rebusco rápidamente entre las perchas y me lo llevo a casa para probarmelo allí tranquilamente o 2) lo compro todo por internet.

Mi madre dice que estoy como una regadera, que como me atrevo a comprarme la ropa sin probármela antes, pero ¿sabéis que os digo? Que ahora soy muchisimo más feliz, probándome la ropa en la soledad de mi casa y siendo objetiva con un espejo real, que me muestra lo que hay sin más embustes. Y el porcentaje de aciertos es más o menos el mismo que si me probara las cosas antes de salir de la tienda. Pero sin pasar el mal rato de meterme en un probador horrible y acabar perdiendo la chaveta. 


 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...