¿Deportivi... qué?

¿Deportivi... qué?
Martes, 7 de Abril del 2015     |    Por Sara Ballarín

¿Deportivi... qué?

Se nos llena la boca al alardear del espíritu deportivo que tenemos, tanto si somos espectadores como si practicamos o estamos involucrados en algún deporte, pero ¿es real esta deportividad de la que presumimos o solo es un farol?

No me preguntéis por qué pero hace unos días estaba yo en un gran estadio de fútbol viendo jugar a dos de los equipos de la liga española. Sí, yo. Y no, no soy futbolera. Ni aficionada. Llegué ahí de rebote y de rebote intenté al menos pasármelo bien y fijarme en todo lo que me rodeaba, que era mucho, a ver si se me pegaba algo. Pero no. El deporte y yo seguimos sin tener mucho feeling porque, básicamente, el ejercicio físico cansa y la procrastinación no así que... Pero a lo que vamos. El caso es que ahí estaba yo, rodeada de nada menos 87,000 personas, disfrutando de un partido de fútbol. Y menos mal que no soy aficionada porque he de reconocer que si lo fuera, sería la forofa más exaltada que existiera; sería de las que van ataviadas con todo el uniforme pertinente, se quedan afónicas y acaban con dolor de manos de tanto aplaudir, ya que no me van las medias tintas. Aunque, eso sí, tomé nota de varios comportamientos a no tener jamás porque básicamente denotan no una exaltación propia de la euforia del juego, sino que en tu día a día tiendes más a ser orangután que persona. Y eso veis, ya no.

Aquí yo, ataviada con mi outfit de hincha del piquetón, digo del fútbol

Empezaré diciendo que debido a la hora del partido, el estadio estaba lleno de niños (acompañados de adultos). Es decir, pequeños seres ilusionados con ver a su equipo, con sus antenitas receptoras para captar y aprender cual esponjas todo lo que sus ojos de niño vean. Que había que comportarse, vaya. Pero me dio la sensación de que a los padres y a los ahí presentes se la traía al pairo quién estuviera mirándoles para imitarles después, porque en dar ejemplo deportivo a niños y adultos hubo varios suspensos cuando algún que otro padre con su hijo en el regazo se dedicó a insultar y humillar de manera exagerada al equipo contrario ante la impasible mirada del niño, acostumbrado a tanta verborrea agresiva. Eso no es deportividad. Ahí estamos fomentando un odio absurdo y eso es bastante peligroso. Como es lógico y entendible, cada uno anima y jalea a su equipo todo lo que puede y es normal que ataques al contrario con toda tu euforia, pero lo que me llama la atención es que algunos aficionados suelen insultar agresivamente a los jugadores del equipo contrario, ya sea mientras dura el juego o en los análisis y tertulias de los días siguientes, con insultos contra la raza del jugador, contra características físicas o contra la familia del mismo. Insultos denigrantes que los hijos de quienes los dicen seguro escuchan día a día en sus casas. Y lo aprenden, claro. Y así aprendemos que humillar a otros es una forma lícita de crecernos cuando solo es la forma que tiene la ignorancia de atacar algo. ¿Es esto deportividad?

Venga, meteos con nosotros, majetes

Podríamos pensar que estos comportamientos vienen dados por el partido en cuestión y todo lo que despierta. Ojalá fuera así. Pero, por desgracia, solo hay que ir un día a ver un partido de fútbol, baloncesto, tenis, competición de gimnasia, etc. de tus hijos, vecinos, sobrinos, ahijados, primos o quien sea, para comprobar que a pie de calle tenemos estos comportamientos e incluso peores. Padres que presionan a sus hijos a ganar y ser los mejores en deportes practicados en actividades extraescolares y que se dedican todo el tiempo a machacar a su retoño si no encesta, mete gol, saca bien, hace el spagat o lo que acontezca, es algo que yo he visto y seguro que tú también. Gente que grita a esos pobres niños que solo quieren pasárselo bien con sus amigos y a los que se les inculca sin querer un espíritu insano y exacerbado de la competitividad, por no hablar de la mella que se hace en la autoestima de los chavales cuando ven que sus padres pagan sus propias frustraciones con ellos y les frustran a su vez porque no son todo lo buenos que sus padres quisieran. Y esto, ¿es deportividad?

¡Ya cállate, cállate, cállate que me desesperas...!

No digo que el deporte tenga que ser un bonito arco iris con algodones de azúcar en su interior: la competitividad en su justa medida es sana y saca lo mejor de nosotros mismos. Está bien inculcarla y está bien que nos esforcemos en conseguir más, pero no a cualquier precio. No al precio de insultar, desprestigiar, humillar o machacar a propios o contrarios. No al precio de tomarnos como espectadores demasiado en serio una cosa que, a la postre, es una actividad de ocio. No al precio de no aprender a lidiar con la derrota. No al precio de dar un pésimo ejemplo a nuestros hijos y a nuestros compañeros. La deportividad es gratis. No paguemos ningún precio por ella.

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Este artículo lo ha escrito...

Sara Ballarín

Sara Ballarín (Huesca, 1980). Estudió Filología Inglesa y actualmente trabaja en una empresa multinacional de telecomunicaciones. Adicta a la comida basura, a los zapatos (nunca el tacón es... Saber más...