Atrévete a decir no... a tu Whatsapp

Martes, 30 de Septiembre del 2014     |    Por Blanca López

Atrévete a decir no... a tu Whatsapp

Sí, lo sabemos: WhatsApp está en el Top Ten de aplicaciones sin las que no podríamos vivir, pero ¿a que vosotros también soñáis a veces con la posibilidad de eliminarlo de vuestro móvil para siempre? 

Ayer entraba en casa, muerta, después de un espeso día de trabajo. De esos en los que parece que todo se te viene encima y crees que nada sale como tú quisieras.

Antes incluso de que llegara a dejar mis cosas, volví a oír ese bip bip procedente de algún lugar remoto de mi bolso (por cierto ¿alguien más lleva bolsos a lo Mary Poppins, o soy solo yo? Nunca sabes de verdad lo que llevas dentro, y a veces hasta tú misma te sorprendes de lo que eres capaz de encontrar).

Cuando conseguí ubicar el dichoso móvil, vi esa maldita pantalla brillante repleta de notificaciones  y un montón de…WhatsApps.

Después de un día agotador, mi visión de lanzarme en plancha en el sofá y desconectar completamente del mundo se vio nublada por el hecho de tener que enfrentarme a lo que en ese preciso momento me pareció un pequeño monstruo.

Que… ¿¿¿¿¿QUÉ PASAAAA?????

PASA QUE ESTOY HARTA DE ¡TANTO MENSAJITOOO!

Confieso que me pilló en un momento de bajón, SÍ. Pero en ese instante solo pensé: “te odio WHATASPP, GUASÁ, GUATS, o como demonios quieran llamarte”.

Por eso aquí va mi reivindicación del día: ¡Menos WhatsApps y más conversación!

No nos estamos dando cuenta, pero poco a poco y de manera silenciosa (así se han producido las grandes invasiones de la historia), ese pequeño icono verde va controlando cada uno de nuestros pasos. Y lo peor de todo, está acabando con un bonito y antiguo arte, el de la conversación. Un arte al que hasta Oscar Wilde en el siglo xix le dedicó el título de un interesante libro.

Ahora parece que todo nos lo tenemos que contar por WhatsApp, cuando no por Twitter u otras redes sociales en las que incluso ni sabemos a quién le estamos informando sobre nuestra vida. 

Antes las historias se contaban alrededor de un fuego, quedaba la experiencia; y las palabras, literalmente, se las llevaba el viento.

Y ¿ahora? No, no. Ahora no se las lleva el viento, qué va… Aunque creas que has borrado hasta la más indiscreta de tus palabras, ahí quedan todas, registradas (y si no, que se lo digan a Chabelita y a Alberto Isla), guardadas en algún lugar secreto, controladas por alguien que se lo debe de estar pasando en grande enterándose de lo que habla medio planeta (a ese sí que le pagarían una pasta por hacerse un “Poli Deluxe”).

Hay que reconocer que la “App”, ha traído cosas buenas a nuestras vidas. Mensajes rápidos, baratos, poder decir algo a varias personas a la vez, mandar fotos, videos, chorradas varias, te comunicas fácilmente con gente que está muy lejos…, mmm…, qué más…

También tiene una cosa muy práctica: te ahorras tener que decir en persona algo que no te apetece nada hacer de viva voz. Como no te ven la cara y tú no ves la reacción, pues aquí paz y después gloria, o mejor dicho, aquí WhatsApp y después borra.

Pero no nos equivoquemos, wasapear no es conversar.

Como dijo Churchill, “una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores”.

Y a mí, hablar por WhatsApp…, sencillamente ¡me agota! (debo de estar haciéndome mayor).

Dice el refrán que hablando se entiende la gente, pero ¿whasapeando?

Pues algunas veces sí y otras no. Parecen conversaciones, pero no lo son. Son monólogos que volcamos a esa pequeña pantallita. Tú quieres expresar una cosa, lo escribes con prisa mientras haces otras mil cosas a la vez, y abrevias. Además, cuentas con la inestimable ayuda del autocorrector, que se encarga de escribir otra cosa completamente diferente. Y el del otro lado hace lo mismo, así que cada uno interpreta lo que quiere, o lo que puede. Y encima lo arreglamos todo con emoticonos…

Por favor…, ¿cuántas veces haces esto en la vida real mientras hablas con alguien?

Así que luego pasa lo que pasa. Dependiendo del ritmo al que cada uno escribe, los monólogos se convierten en auténticos diálogos de besugos. Por no hablar de las dolorosas patadas que le damos al lenguaje del ingenioso hidalgo Don Quijote...

Hola, k tal

                     Curro tdvia

ah! Voy al gim

                      y tu?

Nos vemos mñna?

                     q suerte!

¿¿¿??   

Idiota perdido

Q t den

                     No, no, tú no, mi jefe.

 

 

Eso si no te equivocas, y de los besugos pasamos a los malentendidos. De entre las quince conversaciones que tienes abiertas, sin darte cuenta, no solo estás pensando en tu jefe, sino que además le estás escribiendo a él:

¿Me acabas de llamar idiota perdido?

                 Uy, no, perdona, me enfadado con un colega. Nos vemos mñna.

                 T quiero… bsss...

¿Cómoo?

                Perdona tú, hablaba con mi mujer.
 

Para más coña, te observan. Como no respondas dentro del minuto siguiente a recibir el bip, comprueban la última vez que te has conectado. Y recibes una llamada: “Te acabo de mandar un WhatsApp, ¿lo has visto? (Sí, claro que lo he visto, pero lo que pasa es que… ¡¡¡no me apetece nada hablar contigo ahora!!!).

No hay tregua, cuánta tensión.

Y esa curiosa satisfacción que nos produce pensar que estamos al corriente de las vidas de nuestros amigos o conocidos cuando vemos su última foto de perfil de WhatsApp en la playa o descubres que acaba de tener el ¿tercer hijo? (Pero si me quedé en la boda...).

¿Qué ha sido de llamar a alguien o quedar para charlar un buen rato?

Hasta aquí he llegado. ME PLANTO. Me niego a que el WhatsApp se apodere de nuestras vidas. Me resisto a que desaparezcan:

- Esas palabras que se intercambian solo con la mirada.

- Esos pensamientos que se transmiten con una sonrisa o con un gesto.

- Esas horas de café arreglando el mundo sin llegar a ningún sitio.

- Esas largas y apasionantes conversaciones disfrutando de un buen vino y con una tenue música de fondo.

- Esos momentos en los que sencillamente no te apetece hablar con nadie.

Si no fuera así, tendríamos que reescribir los grandes clásicos, y no me imagino cosas como:

Porque NO, no es lo mismo.

La vida sería menos emocionante si en lugar de ver a Don Vito Corleone, leyéramos esto:

Así que, ¿queréis saber cómo terminó mi día?

Miré al monstruo verde, desafiante (no hay emoticono para eso) y cuando mi dedo iba directo a deslizarse por todas las notificaciones, me armé de valor y dije: “Esta vez, ¡NO!”. Apagué el móvil, lo devolví al agujero negro del que lo había sacado (os recuerdo, mi bolso), se me pasó el cansancio y me fui a tomar unas cañas con mis vecinos.

Qué orgullosa estoy de mi primer NO AL WHATSAPP, ¿y sabéis qué pasa? ¡NO PASA NADA!  

Lo recomiendo. Pruébalo y ¡date un respiro! 

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Este artículo lo ha escrito...

Blanca López

Blanca López (Pamplona). Como buena Sagitario, desde muy pequeña ha estado paseando por el mundo. Le habría gustado cantar como Ella Fitzerald pero, a parte de bolos en la ducha y en el coche, lo... Saber más...