El primer resfriado de la temporada

El primer resfriado de la temporada
Miércoles, 23 de Septiembre del 2015     |    Por Rebeca Rus

El primer resfriado de la temporada

Todavía te estás quitando granos de arena de sitios imposibles, recuperándote del jet-lag y haciéndote de nuevo a la rutina cuando sientes algo extraño en la garganta. Y no, no es el recuerdo de esa caña tan fría que tomaste en el chiringuito. Es, no-puede-ser, el Primer Resfriado de la Temporada.

La primera noticia oficial que se tiene en la historia sobre el resfriado común data del año mil quinientos A.C. y la podemos encontrar en el Papiro Ebers, el texto médico más antiguo del mundo. Antes de esa fecha nadie hablaba de resfriado, pero es que se le conocía por otro nombre: Morirse y Chimpún. Morirse y Chimpún era el equivalente a quedarse en el sitio sin más explicaciones. Los hombres de las cavernas lo sufrían mucho, sobre todo porque en las cavernas hacía un frío que pelaba y no hablemos de la humedad… una humedad galopante. Morirse y Chimpún o Morirse sin venir a cuento era bastante común por aquella época, tan común que ni siquiera tenía un nombre tan chulo como Resfriado ni nadie se planteaba buscar una opción mejor.  El Resfriado Común tal y como lo conocemos hoy en día, lo descubrió un higienista llamado Walter Kruse en el año 1914, que se puso a investigar este campo a conciencia cuando uno de sus compañeros acudió a la oficina soltando mocos por un tubo. Al contrario de lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros (es decir, alejarnos de sus secrecciones nasales a toda pastilla, a no ser que tuviéramos un Marrón Gigantesco en la oficina y nos viniera de perlas unos días sin trabajar), el bueno de Walter decidió esparcir esas mucosidades entre todos los demás (menudo asco), de tal manera que muchos compañeros más quedaron contagiados y quedó demostrado que los virus eran los causantes de algo que podría ser una enfermedad. Pero no le dio tiempo a estudiar nada más porque se montó la I Guerra Mundial y había virus más interesantes que estudiar. Y luego vino la Gripe Española y robó todas las portadas sobre los virus que molaban. El Resfriado Común no era tan interesante.

La cura contra el Resfriado Común, la pastilla contra la obesidad, los coches solares y el pollo asado auto-renovable son algunos de los prodigiosos inventos que el Gobierno en la Sombra está ocultando al resto de la humanidad, a saber con qué siniestros propósitos.

Por eso el resfriado común se presenta cada nueva temporada en nuestra casa casi por sorpresa, sin titulares de periódico ni sonido de sirenas de alarma. Como ese cartero comercial que llama al telefonillo y luego resulta que es de otra compañía del gas y quiere ofrecerte condiciones ventajosas para tu calidad de vida. Sólo que no conozco a ningún resfriado que pueda hacerte una oferta así de buena. La mayoría sólo traen desgracias y el escarnio social. Todo empieza un día cualquiera por la tarde, cuando llegas a casa de trabajar, hacer la compra, recoger a los niños y hacer quinientas cosas más. Y te sientes… no sé, diferente. Cansadillo. Algo raro. Y tu garganta está más áspera de lo habitual, pero es sólo una sensación, como de que algo no va con normalidad. Pero no le das más importancia que la que tiene, porque, al fin y al cabo, es septiembre y tu cuerpo todavía se está acostumbrando al nuevo ritmo. Estás cansado porque llevabas varios meses sin dar ni chapa. Y te acuestas pensando que no hay nada que no arregle una buena noche durmiendo como un tronco.

Pero te equivocas.

Porque al día siguiente te levantas como si te hubieras pasado la noche en una clase de Zumba, rollo sonámbulo. Y con la cabeza como un bombo, porque la música que ponían en esa clase del infierno era todo de los Grandes Éxitos de los Reyes del Reggaeton y nada de Vivaldi. Para rizar el rizo, unas horas más tarde tu nariz empieza a supurar extraños ríos de líquido. Ríos que siempre acaban en tu boca, a no ser que le pongas algún tipo de barrera arquitectónica, preferentemente un muro. No han pasado ni veinticuatro horas y ya eres una piltrafa humana. Supuras mocos líquidos, te duele la cabeza y tu cuerpo se está empezando a desmoronar sin razón alguna. Esa segunda noche vuelves a acostarte, ya con un paracetamol ingerido, con la esperanza de que mañana será otro día. Pero, joder, es que ese mañana no llega nunca. 

Tienes un ligero dolor de cabeza, estás pelado de frío, te duele moverte y... no sé, todo es como muy raro y no sabes por qué. Qué noche más larga.

Porque la segunda noche de un resfriado es la peor y más larga que una telenovela venezolana. Te despiertas quinientas mil veces por alguna o todas estas razones a la vez:

1) tienes frío;

2) tienes calor;

3) no puedes respirar;

4) sueltas chorros de moco líquido y tu nariz parece un afluente del Ebro;

5) toses;

6) roncas;

7) estornudas y, en definitiva,

8) te quieres “que de morir”.

Ya estamos en el tercer día del Resfriado Común y aquí huele a muerto. Te levantas con las legañas pegadas en la almohada y la cara de quien sólo quieren que le embalsamen directamente. La fiebre te hace susurrar en arameo y otras diez lenguas muertas más que ahora dominas gracias a las horas que te has pasado sin poder pegar ojo. ¿Lo bueno? Que es humanamente imposible que vayas a trabajar en estas condiciones. Es más, aunque fueras el Presidente del Mundo Mundial te podrías escaquear de tu curro con todas las de la ley. En estas condiciones sólo pasarías desapercibido en tu trabajo si tu puesto fuera de zombie oficial del pueblo y consistiera en ir arrastrándote por las esquinas y gimiendo como un loco.

Mogollón de fiebre y trabajos de gran responsabilidad son incompatibles.

Te inflas a ibuprofeno y te quedas todo el día en el cama. Afortunadamente estás demasiado hecho polvo como para lamentarte de que estás desperdiciando un día fuera de la oficina. Ni siquiera estar en la cama todo el rato te consuela, porque estás mal, fatal y peor. Tu familia y tus amigos se preocupan por ti y te miman de todas las formas posibles: te dejan ver tus series favoritas, te tapan con esa mantita, te traen sopa… pero no lo disfrutas nada. Esa misma noche consigues dormir algo, pero no porque hayas mejorado sino simplemente porque te desmayas encima del colchón. En algún punto de la noche te despiertas y mantienes conversaciones con algún antepasado muerto. Te vuelves a dormir/desmayar.

El cuarto día tú te sientes para el arrastre, pero todo el mundo dice que tienes mejor cara, lo que viene a significar que se te acabó el cuento y que nadie va a perder más el tiempo mimándote, ni te va a traer sopita a la cama ni nada de nada. Toca levantarse e ir a trabajar, no vaya a ser que le estés echando morro a la situación y no quieras levantar el país. El caso es que ya no tienes fiebre, pero sí mocos para poner una fábrica y el cuerpo te duele en sitios que ni siquiera recordabas que tenías.  Esa misma noche caes en la cama como si fueras un plomo, pero roncas como una locomotora y te despiertas varias veces entre toses y estornudos. Cada vez que haces cualquiera de las dos cosas las posibilidades de contagiar a tu pareja se multiplican.

Cuando él te dijo que os ibáis a pasar el día juntos en la cama no te imaginaste esto.

El quinto día es un clon del día anterior y esta situación se puede alargar en el tiempo entre un día más o varias semanas, dependiendo de tu estado físico, de tus defensas, de si fumas mucho o nada o de si alguien te ha lanzado una maldición gitana. Terrible, ¿verdad?

La pregunta inevitable es: si tenemos tan claro cómo funciona el proceso de contagio de un resfriado, su desarrollo, su eclosión y sus etapas ¿por qué nadie ha hecho nada todavía por acabar con él? ¿Porque cada año que pasa nos acercamos más al futuro y a al teletransportación, pero nadie inventa un remedio que nos libre del maldito resfriado? Que vale, que ahora no nos morimos como en la Prehistoria, pero ya nos gustaría en algunos casos. Y encima, cada investigación que hacen tira por tierra más y más mitos. Resulta que ahora da igual que te infles a zumo de naranja y Vitamina C. Si estás destinado a pillarte un resfriado lo terminarás cogiendo. Abrigarse es también una paparrucha y no está relacionado con pescar un catarro. Los medicamentos no sirven para curar el resfriado, aunque sí para paliar algunos de sus efectos. En definitiva, no podemos hacer nada para evitar el primer resfriado de la temporada. Está aquí, entre nosotros, en el anonimato... y antes de que te des cuenta, tú caerás en sus redes. En cuanto cualquiera de tus hijos pise el colegio, mismamente.

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...