¿No hipster? No molas

No Hipster, no molas

¿No hipster? No molas

El otro día leí un chiste en Twitter que me hizo mucha gracia (soy de risa fácil, qué le vamos a hacer) donde un hombre le preguntaba a otro: “Tío, ¿y qué vas a hacer cuando se deje de llevar la barba?”, a lo que el otro le respondía: “Pues, macho, volver a ser feo”. No sé si os habrá hecho reír tanto como me lo hizo a mí, pero lo cierto es que recoge una verdad como un templo: hoy, si eres hipster, molas. Si no, no molas. Y yo, amigas, ya no molo.

Ese outfit que tan de moda pensábamos que estaba, el de la mamá todoterreno working girl, ya ha pasado a mejor vida o, como diría el gran Josie, ahora es “demodé”. Los pantalones rectos de pinzas, las blusas camiseras, las americanas y los salones de siete u ocho centímetros han dejado paso a complementos tan cools como bombines, moños geométricamente desaliñados o medias rotas al más puro estilo Notting Hill (donde los mercadillos, no como en la peli de la Roberts). Y hablo de estilismos para ir a la oficina, que lo veo yo con mis propios ojitos cada día.

No me monto, por si se gasta.

Y yo me pregunto: ¿las ‘clásicas’ (porque sí, ya no somos modernas, somos demodé durante los días laborables) también desentonaremos el fin de semana? Pues sí, amigas. Y todavía más, si cabe. Imaginaos que salimos un finde, ese que cogemos de pascuas a ramos, porque, no nos engañemos, la vida es cruel y nos va aletargando en casa los viernes y sábados por la noche, de manera que lo que vivíamos como fiestas donde no hubiera un mañana (con sus comas etílicos varios), ahora los pasamos en casita, con una mantita y una peli. Y tan pichi.

Pues eso, imaginaos que salimos un viernes por la noche: el caso es que empiezas a darte cuenta de que ya no eres tan guay, ni tan moderno, ni tan hipster como tus compañeros de oficina, esos a los que la treintena no les ronda ni por asomo. Tú, normalmente, no encuentras las siete diferencias. Hasta que te dicen eso de “nunca tomamos algo después del trabajo. Hoy es viernes, aprovechemos y vayámonos de afterwork” (Tampoco soy tan poco cool para no saber que eso significa “irse de cañas”, como lo llamábamos en mi época).

El problema viene cuando te sacan de tu zona de confort y te llevan, irremediablemente, a la suya. Porque sí, porque ellos son más y tú quieres ser tan guay como los jovencitos de la ofi. Y allí que vas: a Malasaña. Con tu vestimenta de working girl. Y allí que te quedas: observada por todo ser humano con gafapasta, barba de dos o tres meses y camisetas de colorinchis y/o dibujos al más puro estilo Minion o jerseys de rombos imposibles como los que llevaba tu abuelo de los que, por cierto, te tronchabas de feos que eran.

Los pantalones de los hipsters parecen muy estrechos y sus bolsillos muy pequeños como para abarcar la cantidad de cosas que llevan encima. 

Y hablando de zonas hipsters, cómo explicároslo: la zona de Malasaña, también conocida como la plaza de Tribunal de Madrid, es una especie de jungla donde el “todo vale” es la máxima de todo el que la transita. Y creedme que la transita mucha gente. Mucha gente vestida y tatuada de todas las formas y colores posiblemente imaginables. E inimaginables también. Dicen que Madrid es la ciudad que nunca duerme; Malasaña podría ser, perfectamente, una de las zonas que le dan acertadamente ese calificativo. Es una plaza, como su propio nombre indica (pin, pin) donde en pleno siglo XXI te das cuenta de que ya no pegas con la juventud de hoy en día. Ellos tan guays y tú tan poco guay. Es así. ¡Ay, con lo que yo he sido en mi época ochentera, con mis medias rotas en los brazos (¡en los brazos, hipsters, ahí todavía no habéis llegado, eh!) y mi pelo cardado y mis temazos mecaneros…

Pues eso, que allí que te andas tú, bicho raro, en todo el centro de la plaza, para que te vea todo hipster viviente. Al principio piensas que los diferentes son ellos, pero no, la rarita de la plaza de Tribunal eres tú. Porque eres la única que lleva blazer y, ¡Dios mío!, la única que conoce el mundo del zapato de tacón. Y ahí es cuando piensas: “lo admito. Ya no soy una moderna”.

Y yo me pregunto (sin ánimo de ofender a nadie), ¿qué tiene la tribu hipster que tantos adeptos está ganando? Y lo dice una que ha visto convertirse a pijos de tupé y caballito en la solapa… ¿Serán las barbas greñudas? No, porque lo que mola del mundo hipster es parecer desaliñado, pero sin serlo; o sea, que no vale convertirse al hipstismo si lo que pretendes es no afeitarte en meses. ¿Serán las bicis tan guays que les acompañan? No, porque tienen truco. Y es que es eso, solo les sirven de acompañamiento; no se montan en ellas por miedo a estropear el sillín de cuero que tan caro les ha costado (¿habéis visto alguna vez a un hipster montado en su bicicleta vintage)? ¿O será el baratismo de sus estilismos? Pues tampoco, porque creedme cuando os digo que mi ropa de Zara y Mango es infinitamente más barata que la suya comprada en mercadillos guays de Fuencarral. Y entonces, ¿qué peinetas tendrá el mundo hipster? Ay, amigas, no lo sé. El caso es que yo seguiré siendo una mujer clásica al más puro estilo working girl. Y sí: No hipster, no molo.

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Este artículo lo ha escrito...

Alba Corpas

Alba Corpas (Madrid, 1987) es la pequeña de una familia gigante, así que cuando tenía ocho años se encontró en su garaje con todas las bicicletas juntas de sus primos mayores. Y sus patines, sus... Saber más...