Con un par de bolas chinas

Jueves, 24 de Octubre del 2013     |    Por Anita C.

Con un par de bolas chinas

Esta es la historia de mi amiga Montse: una mujer madura, con la energía de una chica de veinte, pero como ella dice, “con un motor que había perdido fuelle”.

Al año de haber tenido mi segundo bebé, me dije que ya era hora de poner las cosas en su sitio: y con cosas me refiero a un culete que en su día fue respingón yunos pechos que ya no miraban al frente sino hacia abajo (en busca del ombligo escondido). Así que, sin epidural ni nada, me apunté al gimnasio. Reconozco que sufrí lo mío hasta que empecé a contemplar frente al espejo pequeños resultados. Sin embargo, no todo fue maravilloso. A las pocas semanas de ejercitarme, descubrí que no eran mis músculos los únicos que estaban fofos. No. Había otra parte de mi cuerpo que había perdido tono, por llamarlo de alguna manera. Mi primera sospecha vino en las clases de zumba. Era cuestión de diez minutos saltando y me entraban unas ganas irresistibles de hacer pis. Para ser sincera, esto no me pillaba de sorpresa. Desde el segundo parto fui consciente de que, con una cañita que me tomara, tenía que ir corriendo a visitar al señor Roca o de que, cada vez que tosía, daba un respingo por miedo a tener algún escape. No podía creer que me estuviera pasando algo así. ¡A mí, que era infinitamente más joven que Conchita Velasco!

Un día, en el vestuario, se me escapó (y no el pipí) que tenía serios problemas para contener la orina cuando bailaba. Una señora de unos 60 años entró en modo-madre y me regañó por no haber hecho los ejercicios de Kegel durante el embarazo. “¡Claro que sí los hice!”, le respondí ofendidísima —aunque, para ser sincera, en mi segundo embarazo cuidando a su vez de un niño de apenas dos años, lo último que me apetecía era hacer las dichosas flexiones vaginales—. La señora, muy alarmada, me recomendó que fuera al médico si no quería cambiar mis propios pañales cuando fuera mayor. Hablaba la voz de la experiencia, estaba claro.

Pipí-stop

 Muerta de la vergüenza, acudí a mi ginecóloga que,sorprendentemente, no mostró signos de alarma.Simplemente me recomendó las bolas chinas para recuperar el tono de mi suelo pélvico. Gracias a Dios, no tuve que pasar el trauma de entrar sola a un sex-shop porque,¡fíjate qué modernos somos!, ahora las venden en las farmacias (eso sí, no las compré en la de mi barrio). Además tienen un nombre muy esotérico: esferas intravaginales. Para que te hagas una idea, son de silicona, de unos 3-4 cm de diámetro y se unen por un cordel. 

Vagina-training

 Mi doctora me aconsejó que las utilizara primero en casa“en sesiones cortas”,y que día a día fuera incrementando los tiempos. Por ejemplo, podía comenzar mi entrenamiento probándolas en la ducha; luego, viendo la tele y, cuando estuviera lista, incluso me recomendaba que las llevara cuando fuera a comprar o a hacer footing. En definitiva, lo mismito que hago cuando me compro unos taconazos: antes de utilizarlos en la calle, voy poniéndomelos a ratos en casa para evitar romperme la crisma. Pero para mi desgracia no fue, ni de lejos, la misma experiencia.  La primera vez que las probé casi pido cita al día siguiente con un psicólogo… ¡Qué depresión! Me las introduje sentada en el bidé, me fui a meter a la ducha (que, por cierto, está a un centímetro de distancia del bidé) y cuando me agaché para abrir el grifo, plof: allí estaban las malditas, en el suelo de la bañera. Primer intento fallido. Las volví a colocar en mi templo dorado y a los diez segundos, zasca: otra vez en el suelo. ¡Malditos 30 € que me habían costado! En ese momento, me acordé de esos vídeos de internet donde aparecían tailandesas que pueden lanzar con la vagina pelotas de ping-pong, fumar un pitillo o pelar un plátano. Casi me pongo a llorar. Claro que me dije a mí misma: “Esas mujeres orientales eran jovencísimas… Yo a mis 18 también podía hacer con mi suelo pélvico virguerías”. No me rendí y seguí intentándolo…e intentándolo.

Toda mujer debería ejercitar su suelo pélvico para prevenir la incontinencia urinaria.

 Llegó el día en que por fin, podía ducharme con ellas sin perderlas por el camino. Entonces decidí ponérmelas mientras hacía la cena. Tengo que reconocer que cómoda, lo que se dice cómoda, no estaba, y que más de una vez dejé un filete crudo con tal de terminar rápido para ir a quitármelas. En otra ocasión estabasentada en el sofá leyendo y mi marido me preguntó, con cara picarona, qué me pasaba. Cuando le dije que nada, no se lo creyó: “Llevas un rato rojísima, poniendo caritas, retorciéndote y cruzando las piernas como una gatita”. Me quería morir de vergüenza… ¿Por qué mi cara era siempre el reflejo mi alma o, en este caso, de mi vagina? Me imaginaba en la oficina frente al ordenador o comprando fruta en el mercado, frunciendo cejas, contorsionándome o caminando a pequeños saltitos. Qué horror… En ese instante decidí que yo era como los dueños de los chihuahuas y que,por muy monas que fueran mis bolitas chinas, nunca las sacaría de paseo a la calle. 

En resumen, que a pesar de mis prejuicios como usuaria de bolas chinas, tengo que decir que conseguí buenos resultados. Me atrevería a decir que muuuuy buenos. Además de jugar a las canicas, hice ejercicios de pilates y V-core en el gym, con los que conseguí un abdomen decente y bastante fuerza interior (ya me entiendes).Recuperé mi capacidad para contener la orina y (tachán, tachán) durante el sexo podía controlar los músculos pélvicos a mi antojo, mejorar mis orgasmos y los de mi pareja(pero eso ya te lo contaré otro día). Diosss, me sentía una Mata Hari, una geisha, una mujer de vagina poderosa. ¿Isabel Preyler a mi lado? Una mosquita muerta.

 

Otras opciones a las bolas chinas 

-La pesa Kegel o Laselle: la comercializa Intima by Lelo (de venta en farmacias) y dispone de tres tipos de peso dependiendo de tu resistencia. Además, en la cajaviene un prospecto donde te explica a la perfección cómo realizar los ejercicios con ella. No es aconsejable utilizarla durante el embarazo ni inmediatamente después del parto.

-Los tradicionales ejercicios de Kegel: 

1. Aprende a localizar el músculo pubocoxígeo. Por ejemplo, cuando estés orinando intenta cortar el flujo de orina o contrae tu ano y mete el abdomen hacia dentro. Al hacer este movimiento tu vagina también se va a contraer: ahí está el músculo que andabas buscando. 

2. Ahora apriétalo hacia dentro durante 10 segundos y mantén una respiración fluida y relajada. Evita aguantar el aire en los pulmones.

3. Por último relaja los músculos.

4. Haz este ejercicio entre 10 y 20 repeticiones y unas tres veces diarias. 

5. Si no consigues resultados o te son muy complicados estos ejercicios, no dudes en acudir a tu médico o ginecólogo.

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Este artículo lo ha escrito...

Anita C.

Anita C. (Madrid, 1974). Redactora freelance de moda y belleza y madre de un niño y una niña. No le da vergüenza admitir, que no lleva nada bien lo de cumplir años, ni pasar todas sus tardes... Saber más...