La erótica del poder

Martes, 21 de Enero del 2014     |    Por Claudia Velasco

La erótica del poder

Estas últimas semanas hemos sido testigos de los líos de faldas de François Hollande en Francia y muchos nos hemos preguntado ¿qué les da este señor a las mujeres? Muy sencillo, según los que entienden de estas cosas, no se trata de lo que les da, sino de la erótica del poder…

Antropológicamente hablando, desde la prehistoria, el sexo ha prestigiado al poder. El principal privilegio del macho alfa dominante en la manada primitiva consistía en fecundar a cuantas hembras pudiera. Ellas se sometían obedientes, no sólo a la autoridad sino al instinto que siempre tiende a mejorar la especie con los genes del que se decanta como ejemplar superior de la manada. Suena espantoso hoy por hoy, y para una feminista convencida y consecuente como yo, tiene unas connotaciones difícilmente tolerables, sin embargo, así lo definen los expertos y debía empezar este artículo dejándolo claro.

Antropología, biología y filosofía aparte, hoy me decanto a escribir sobre la “erótica del poder” porque estas últimas semanas hemos podido ser testigos mudos y muy atentos (yo, feliz) del escándalo de faldas de François Hollande, que ha llevado a su pobre novia oficial, la periodista Valérie Trierweiler, a ingresar en una clínica de reposo con un ataque de ansiedad.  Este señor, del que muchos esperábamos tanto y que se ha quedado a medio camino de la nada en el Palacio del Elíseo, tiene cincuenta y nueve años no muy bien llevados, porque se nota que de deporte y vida sana nada de nada, no es lo que se considera un hombre atractivo, ni siquiera simpático porque es bastante sieso, aunque sí es inteligente, eso parece, tanto al menos como para ir encadenando en su vida sentimental preciosas mujeres loquitas por él. Desde su primera mujer, la brillante Ségolène Royal, pasando por Valérie Trierweiler hasta su actual dolor de cabeza, la actriz Julie Gayet, de cuarenta y un años, que es un bellezón bastante comprometido políticamente, y bastante respetado en su país, aunque desde que se conociera públicamente su affair con Hollande, ha perdido un trabajo serio, muchos puntos y más amigos que otra cosa.

Parece ser que con el cargo de primer ministro en Francia, va una actriz de regalo.


La cuestión es: ¿Qué tiene este François Hollande para atraer tanto a las féminas (todas ellas guapas)? No me negaréis que no os lo habéis preguntado, porque todos nos lo hemos preguntado. ¿Y este individuo francés bajito y tan serio, qué les da? No sabemos qué les da, pero los sociólogos y sicólogos y todos los expertos en estas cosas, se apresuran a decir que se trata de la "erótica del poder". Así de simple y no hay nada más que hacer. Y es que a muchas mujeres fuertes e inteligentes, incluso brillantes en su vida profesional, les pone el que más manda, el que destaca por encima del resto del mundo, el que tiene veinte secretarias, chófer y asistente de prensa… el que dirige y decide. No tanto el que está forrado, como el que levanta la voz y hace temblar al personal y eso, amiguitos y amiguitas, es irrefutable.
 

    Yo no me encuentro entre estas mujeres a las que les pone el mandamás porque, entre otras cosas, prefiero ser YO el mandamás, pero intento reflexionar y comprenderlas, darles un poco de manga ancha,  sobre todo si no olvido que, remontándonos a la prehistoria (muy a mi pesar) siempre, siempre, el jefe ponía a la mayoría. ¿Qué le vamos a hacer?


Y repasando casos históricos muy sonados al respecto, empiezo por Napoleón Bonaparte, que las crónicas de su época lo definen como un conquistador nato (no solo de territorios) sino también de multitud de corazones, como los de su amor eterno, Josefina de Beauharnais, así como el de su segunda esposa, María Luisa de Austria, que moría de amor por él. Josefina le fue fiel hasta el final de sus días, así como su rosario de amantes, admiradoras y amigas, que lo definían como un hombre arrollador y un gigante, a pesar de su metro sesenta y nueve de estatura. El encarnaba la erótica del poder, tal vez él inventó la erótica de poder, y no nos podíamos olvidar de Napoleón en este artículo.

Saltando unos siglos, el mismísimo Adolf Hitler, que según los expertos, cautivaba a millones de alemanas, y no alemanas, en la década de los treinta. Desde su metro setenta de estatura, sus pelos repeinados y su oratoria insufrible, conseguía volverlas locas de amor, sus amantes se sumaban por decenas y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, prefería mantenerlo soltero para seguir aumentando el morbo a su alrededor, de ahí que la que fuera su mujer in extremis, Eva Braun, que era mucho más joven que él, se mantuviera siempre medio escondida, disponible para sus caprichos y completamente sometida a su insoportable carácter. Muchos estudios aseguran que durante el Tercer Reich, Hitler se convirtió un sex symbol, y eso solo se explica por el poder que exudaba y que cegaba a muchas mujeres, dispuestas a todo por complacerlo.
 

El secreto del atractivo de Adolfo residía sin duda en el bigote, al igual que sucede con Aznar


Otro cautivador de mujeres fue Aristóteles Onassis. La antítesis del galán al uso, se las llevaba de calle con su personalidad arrolladora, dicen, que las envolvía y las transformaba en sumisas féminas a su disposición. Este armador griego multimillonario y con un poder inmenso (no solo económico sino también político y social), tuvo a su lado a las mujeres más brillantes de su época, desde la sufrida María Callas, que incluso dejó la ópera por él, a la viuda de América, Jacqueline Kennedy, que pasó de la erótica del poder que emanaba su marido, el fallecido presidente John Kennedy, a la extraordinaria personalidad de Onassis, que la volvió literalmente tarumba y le enseñó a vivir la vida a tope.
 

En esta foto podemos ver una enamorada Maria Callas junto a Onassis, comiendo boquerones con Bilbo Bolsón.


También tenemos a Grace Kelly y Rainiero de Mónaco. Grace, en la cúspide de su carrera y en la plenitud de su belleza y talento, abandonó todo por el príncipe de Mónaco en 1956. Las malas lenguas dijeron que ella quería ser princesa a toda costa y que estaba obnubilada por el poderío de la familia Grimaldi en la Costa Azul. Por su parte Rainiero, criado en los mejores colegios de Suiza y Francia, ya era un rompecorazones consagrado y se las traía de calle. En su caso este inexplicable romance parece que acabó siendo muy aburrido, sobre todo para ella, pero consiguió lo que quería, que era encontrar un rinconcito en el mundo para reinar.
 

Foto del enlace entre Rainiero y Grace, en la que podemos ver como ella sujeta uno de los primeros prototipos de iPhone.


Siguiendo con las monarquías ¿sabéis que lady Diana Spencer dijo públicamente, en una entrevista a los dieciséis años, que estaba locamente enamorada del entonces joven príncipe de Gales, Carlos? Diana, como el resto de las jóvenes casaderas británicas de los setenta y ochenta, bebía los vientos por el feucho, aunque en teoría futuro rey de Inglaterra, Carlos Windsor. Él, que no tenía ni carisma, ni encanto, aunque sí mucho amor por los deportes, no hacía nada y se le colgaban del brazo las bellezas más prometedoras de su época –no olvidemos que hasta Carolina de Mónaco le tiró los tejos−. Fue un rompecorazones al uso, muy activo, muy divertido, siempre se lo pasó en grande gracias al poder que emanaba su apellido y sus castillos en Inglaterra y Escocia, y finalmente se llevó al huerto a la más bonita y aparentemente inocente de sus pretendientes, la hija del conde de Spencer, mi admirada Diana, que lo eclipsó rápido y le complicó la vida mucho más de lo necesario aunque, dicen, en el fondo de su corazón, siguió enamorada de él hasta el final y por eso no lo perdonó jamás.
 

Aun seguimos sin entender este enlace. Puede que lo que le sobraba a Carlos de pabellón auditivo le faltara a ella en las córneas.


Si vuelvo a dar un salto en la historia me voy otra vez a Francia, que curioso, ¿no será que el mito es cierto y los franceses son unos amantes expertos? Me estoy refiriendo a Nicolas Sarkozy. Ay este Sarkozy, que ya rompía corazones en la universidad, cuando empezó a destacar por sus ideas políticas y su carisma, no así por un atractivo físico espectacular. Nicolás, a sus cincuenta y ocho años, ha tenido tres mujeres de bandera a su lado, su primera esposa: Marie-Dominique Culioli, la segunda (a la que se ligó con mucha maña y mano izquierda porque era la mujer de un amigo) Cécilia Ciganer, y por último, la más sosa –para mi gusto− pero la más resultona, Carla Bruni, madre de su cuarta hija, que le ha costado el Elíseo, dicen, aunque él no descarta la posibilidad de volver al poder un día, para seguir rompiendo corazones.
 

La diferencia de altura entre ambos suele ofrecer esta estampa, hasta que se pongan de moda los tacones para hombres.


Dejando Francia y mirando hacia España, tenemos a una alemana que nos abrió los ojos y que, cuentan, es una experta en sucumbir a la erótica del poder desde su más tierna juventud, la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, amiga íntima del rey Juan Carlos, a la que los negocios y el trabajo le van de maravilla sin necesidad de ningún hombre fuerte al lado, sin embargo, los novios se los suele buscar poderosos (aunque sea una entelequia de poder) altos, bajos, más o menos guapos, eso no importa, le importa el status y dicen que Corinna, tan guapa ella, representa la quintaescencia de la mujer a la que le ponen los señores con cargo, y cuanto más alto el cargo, mucho mejor. Sino ¿de qué deja su maravilloso piso de Mónaco para irse a cazar con Juan Carlos de Borbón, que le saca casi treinta años, a Botsuana?, ¿eh?, que alguien me lo explique con otra lógica que no sea la de la erótica del poder, hombre.
 

"Me llena de orgullo y satisfacción tener cerca a este pedazo de bombón"


De estas mujeres triunfadoras que buscan cargo o poderío en sus amores, repaso rápido a las estrellas de cine. Por supuesto Lauren Bacall, que admiraba tanto a Humphrey Bogart, que se convirtió en su cuarta esposa a los diecinueve años, cuando podía haber tenido a cualquier hombre joven a sus pies. En la misma línea Katherine Hepburn, que nunca pudo casarse con el amor de su vida, Spencer Tracy (que por convicción religiosa jamás se divorció de su mujer), con el que compartió veintiséis años de dura y complicada convivencia, y al que ella idolatraba por encima de todas las cosas. Pura admiración al poder que ellos tenían en sus respectivas carreras.
 

Curioso ¿no?... ¿qué opináis vosotras, chicas?... ¿os dejáis sucumbir también por la erótica del poder?...

 

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Este artículo lo ha escrito...

Claudia Velasco

Claudia Velasco (Santiago de Chile, 1965). A los 19, se trasladó a Madrid dónde estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y donde reside desde 1985. En la actualidad trabaja en... Saber más...