La hostil experiencia de ir al baño de un bar

La hostil experiencia de ir al baño de un bar
Viernes, 28 de Agosto del 2015     |    Por Sara Ballarín

La hostil experiencia de ir al baño de un bar

Los baños de algunos bares parecen estar diseñados para que quieras quedarte a vivir en ellos de lo bonitos, espaciosos y perfectamente decorados que están. Pero hay otros que, por contra, parecen estar diseñados para que odies a la raza humana y sus necesidades fisiológicas, porque adentrarte en ellos es como perderte por Jumanji hasta nuevo aviso.

La vida en infinitamente maravillosa, alegre, divertida y eufórica... hasta que entras en el baño de un bar. No, no estoy exagerando. Porque la fauna y flora que puede haber en estos mundos paralelos llamados “Servicios” puede dejarte en coma por ataque epiléptico en el sucio suelo de un cubículo. Partamos de la base de que nuestro funcionamiento corporal está hecho para joder. Porque tú estás fetén con tus amigos, pareja, compañeros o lo que sea, riéndote, bebiendo, hablando... y en lo mejor de la conversación, tu condición humana sale a relucir y necesitas con urgencia ir al baño. Intentas aguantar por no irte en medio del momento en el que tu amiga te está contando que acaba de ser despedida, pero tu cara va mutando poco a poco de roja a morada y temes hacer una regresión infantil y hacértelo encima. Así que con mucha educación y cortando el rollo, te vas al baño en lo que piensas será un segundito de nada para volver a lo bonito de vivir. Mentira. Ahí empieza tu travesía por el desierto cual Khaleesi pero sin pelo oxigenado.

Aquí yo, preparándome psicológicamente para lo que me espera.

Lo primero por lo que pasas es la localización. Encontrar el baño no siempre es un sencillo “al fondo a la derecha”. A veces es como un laberinto. Que digo yo, qué putos los bares haciendo baños al final de pasillos inhóspitos que dan canguelo, alejados de toda vida humana alrededor, girando y volviendo a girar, bajando escaleras que ni las de El Exorcista, con puertas que chirrían o hilos musicales tan agradables como la canción de Freddy Krueger. Vamos, todo muy hospitalario. Lo que el bar o restaurante parece estar diciendo es: “No queremos que descargues aquí, gracias”. Da miedor.

¡Holis! ¡Al fondo a la derecha!

Pero tú, valiente como nadie, obvias todos estos obstáculos y como si fueras Harry Potter en el laberinto del Torneo de los Tres Magos, avanzas temeroso hasta llegar a tu meta. Y cuando por fin llegas, te encuentras un nuevo obstáculo: averiguar cuál es el baño de chicas y cuál es el de chicos. No, no es baladí lo que digo. No en todos los bares está el “Damas / Caballeros; Chicos / Chicas; Manneken Pis bruselense / equivalente femenino”. Algunos tienen verdaderos jeroglíficos, como frutas (Melones / Limones tiene guasa, lo reconozco, pero ya te hace pensar), fotos de Marilyn Monroe / Marlene Dietrich (hay que ser joputa), figuras geométricas (¿soy el triángulo o el cuadrado, el círculo o el reloj de arena?) y otros símbolos que te confunden más que la noche a Dinio.

El caso es que has llegado y ya sabes qué símbolo eres, así que abres la puerta y ¡sorpresa! Una cola de infarto llena de pobres almas como tú que esperan que el único cubículo quede libre. Cortocircuitas un poco y te preguntas, una vez más, porqué está mal vista una invasión al baño de los Limones, que siempre está desértico y nunca hay que hacer cola. ¿Qué más dará?, me pregunto yo. Si al final tienes la misma intimidad, nadie ve nada que no quieras que vean y así aligeras cola. Pero nada, tú la haces (salvo que hayas bebido más de dos copas. Si has bebido más de dos copas, te la repatea y te desvías a los Limones desérticos, que hay urgencia), rezando por no hacértelo encima mientras tanto y tratando de, al menos, llegar al espejo del lavabo para retocarte el maquillaje a la vez que esperas.

A ver... sí, lo tengo todo para poder hacer la cola en condiciones.

Y por fin, cuando creías que tu vejiga iba a reventar y salir disparada, te toca el turno y entras al W.C. Y ahora sí, una realidad paralela se abre en torno a ti y su comodidad u hostilidad dependerán de lo que haya tras esa puerta, a lo Orwell. Hay cubículos más grandes que tu propia casa y tan bien decorados que te apetece quedarte ahí a dormir, pero por lo general lo que te encuentras son baños  pequeños cuya salubridad deja bastante que desear por lo que tienes que hacer malabares para no coger la sífilis con solo respirar; algunos psicodélicos llenos de colorines extraños que casi te dan un ataque epiléptico; luces parpadeantes que te inquietan o pintadas en las paredes que dan mucha risa y facilitan la labor, eso sí. Desde el “Fulanita y Menganita estuvieron aquí” al “Te amo con todas mis fuerzas” pasando por “La talla 38 me aprieta el chocho”, “Follar es de pobres, a mí que me lo chupen”, “Eres gilipollas y no te has dado cuenta, pero tranquila que yo sí” o el “¡Deja de leer las mongadas de la pared que se te va a salir por fuera!”. Todo poesía para amenizar ese rato en el que estás en equilibrio para no rozar ni el aire de esa taza, que no se te caiga el bolso, que no manches tu ropa y no te salgas del tiesto. Muchas cosas a la vez, ¿no? Y es que ir al baño es un verdadero estrés.

El romanticismo vive gracias a los baños públicos, sabedlo.

Eso sí, una vez has terminado y sales de ahí, miras a las chicas que quedan en la cola con cara victoriosa pero con condescendencia. “Ay, angelicos”, piensas “no os queda ni ná”. Sales por el laberinto casi silbando, porque ya te lo conoces, pero vuelves a donde estabas con tu gente como si fueras Robin Williams en Jumanji: desubicado. La conversación es otra distinta a cuando te fuiste por la jungla mal oliente y tardas en entrar de nuevo en ella. Tu acabas de pasar por una experiencia alucinógena sin necesidad de estupefacientes y nadie parece darse cuenta así que te recluyes en tu mundo interior durante dos segundos pensando “¿De verdad el baño era así?”. Sí, cielo. Era así y estaba diseñado para eso. Porque lo siguiente que haces es pedir un tequila o dos, seguido de un cubata o dos, y así olvidar tan extraña experiencia. Pero lo que no sabes es que esos largos tragos para aplacar tu ansiedad post-traumática hacen que el creador de los baños extraños se ría maligno desde su trono, porque tanto líquido hará que en menos de diez minutos vuelvas al infierno que él creó. Aunque, como eres lista y ya te lo sabes, esta vez pedirás refuerzos e irás acompañada por otra fémina, para no pasar el mal trago sola. Y así siempre. Y he aquí el secreto mejor guardado. De nada, corazones.

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Este artículo lo ha escrito...

Sara Ballarín

Sara Ballarín (Huesca, 1980). Estudió Filología Inglesa y actualmente trabaja en una empresa multinacional de telecomunicaciones. Adicta a la comida basura, a los zapatos (nunca el tacón es... Saber más...