San Valentín: te odio

San Valentín: te odio

Si eres de los que odian la Fiesta del Amor, el 14 de febrero te produce urticaria o, simplemente, lo que pase este día te la refanfinfla, en Glup Glup hemos preparado el Especial San Valentín por el que llevas años suspirando. Y no de amor, precisamente. Si no buscas consejos para hacer de tu cita "algo inolvidable", ni listas de los regalos sobre  "lo que tienes que comprar" o los restaurantes a los que "tienes que ir" este es tu artículo: mala leche, ironía y nuestro particular sentido del humor. 

Los modernos no usamos a Cupido

Por Anabel Frikigirl

 

Me despierto pensando "joder, ¿ya es San Valentín?". Y no porque no tenga pareja y esté deseando tener una súper cita a lo Ted Mosby. O porque quiera aprovechar las ofertas que pone Meetic para este día tan especial. O porque espere una noche romántica para estrenar mi lencería de Victoria Secret. Es más, debo decir que tengo pareja y que ni con ella ni con el resto de mis parejas lo he celebrado. Nunca. Me despierto pensando que se acerca San Valentín y lanzando lamentos al aire porque van a estar bombardeándome una semana entera con anuncios, carteles, canciones y decoración tan romántica que estaría haciendo el puke rainbow a todas horas. Mis compañeras de trabajo sonríen, esperando ese detalle tan original de sus maridos, el ramo de flores, los bombones o la joyita de Swaroski (no me codeo con gente que pueda comprar en Cartier, la verdad), mientras yo repito una y otra vez: "pues nosotros no lo celebramos". Ellas me miran como si fuera una niña somalí muerta de hambre. En esta época los anti-cupidos repetimos tres tópicos al menos dos veces al día: "es un invento de los centros comerciales", "no necesito un día especial para demostrar mi amor" y el archiconocido "para mí todos los días son San Valentín". Típico pero necesario para que dejen de mirarme como en el colegio, como al bicho raro de la clase.

Meetic o cómo sacar provecho del Día de los Desesperados.

Sinceramente no tengo la necesidad de exigir a mi pareja una muestra de amor a costa de hacerle pasar un mal rato comprándome ropa interior. Para eso ya tengo los momentos probador, cuando le abro en calzoncillos como si fuera su madre. No necesito volverme loca buscando un vaso lo suficientemente grande para albergar doce rosas rojas porque, evidentemente, no tengo jarrones. No me hace falta que componga una canción para mí con una rima fácil del estilo "y cuanto más acelero, más calentito me pongo". Con que tenga puesta la mesa cuando llego del trabajo, me sobra. Pero en San Valentín y en cualquier otro día, la verdad.

Me encantaría unirme a las Femen y salir en tetas a la calle gritando "no queremos que decidan por nosotros, ¡¡yo elijo mi propio San Valentín!!!" mientras otras mujeres como yo me aplauden y corean y quemamos contenedores llenos de corazones, peluches y cupidos. Y rompemos escaparates y comenzamos una anarquía del amor. Creo que me estoy pasando, pero es que acaba de llegar el novio de una compañera vestido de traje,se ha arrodillado con un ramo de flores y le ha pedido matrimonio con un anillo grotescamente brillante. Ella llora y dice que "sí, ¡claro, sí, sí!" mientras todas las demás aplauden y yo pienso en el litro de helado que va a regalarme San Valentín este año. Puto Cupido. Tenía que haberle dicho a mí chico que este año lo celebrábamos. Así por lo menos tendría una caja de bombones esperándome en casa.

 

En San Valentín… Sexo, drogas y rock-and-roll.

Por Ana Cantarero

 

Cuando teníamos quince años nos conformábamos con encontrar una sencilla rosa en nuestro casillero del insti; con veinte, un grandioso ramo de flores en tu mesa de la oficina; a los treinta, un bolso pero de los buenos-buenos y a los cuarenta… Ainssss… A los cuarenta una es sabia, tiene claro que su pareja no acertará con el regalo perfecto y, definitivamente, NO ESPERA. Coge a San Valentín por los cuernos y planifica una noche en un hotel de lujo, una cena romántica y un corsé picantón para asegurarse un buen final de función.  

Con semejante corsé, la noche de San Valentín puede convertirse en la de San Juan.

Pero por desgracia, nadie cuenta (o al menos, yo no) con lo complicada e incómoda que es este tipo de lencería. Desde luego, si lo más sexy que te has puesto es un conjunto de algodón de Dim, estarás de acuerdo conmigo, en que abrochar veinticinco corchetes (sin saltarse ninguno y aguantando la respiración), recolocarte los senos para que no queden chafados y sentir cómo se clava una ballena en la axila izquierda y otra en tu costillar derecho es lo más parecido a que te estén haciendo vudú. Y por cierto, ¿cómo una es capaz de abrocharse el liguero metida en ese caparazón? ¡Qué pena no haber hecho un curso de contorsionista!, digo yo. En fin, que después de veinte minutos pegándote con la dichosa prenda, sales de la habitación del precioso hotel, tan mona tú y empapada en sudor, dispuesta a comerte el mundo, a tu chico y poco más. Porque la verdad sea dicha: con semejante armadura no hay humano que pueda tragar un buen solomillo. No. Cuando tienes el estómago apretujado entre el hígado y la columna vertebral, lo máximo que puedes hacer es dar dos mordisquitos al filete y beber vino. Pero cuidadito, no más de dos copitas porque como te trinques la botella y te entren ganas de hacer pipí… ¡Buff!  ¿Quién sabe? Corres el riesgo de que se suelte una pinza del liguero o ¡mucho peor! Que al sentarte en la taza, se te claven las puñeteras ballenas en los riñones. ¡Con lo que eso joroba! Pues nada, chica, ¡a aguantar! Que dicen que las mujeres somos unas sufridoras (snifff, snifff). Pero, lo peor de todo no es perderte una suculenta cena. ¡Qué va! Lo peor es llegar al momento cama y comprobar que efectivamente, tu chico no parpadea pero que con dos movimientos certeros te ha desabrochado los veinticinco corchetes en un santiamén. ¿Y el liguero? El muy traidor no aguanta ni un triste misionero: se suelta y terminas con las medias en los tobillos como antaño cuando retozabas en su coche.  En fin, que tres horas aguantando un harakiri lencero y en dos minutos estás en bolas. ¿La conclusión a la que he llegado? Pues que me quito el sombrero ante Dita Von Tesse y que si quiero una noche de rock and roll de bueno, me pongo mi culotte atigrado del H&M (2,99 €), mi camiseta vieja de los Sex Pistols y a freír monas.

 

 

¿Sin regalo en San Valentín? Tú molas, nena.

Por Puri Ruíz

 

Es el fatídico 14-F y para ti, querida lectora que me está prestando atención en estos momentos, el día puede llegar a ser más nefasto que su inminente vecino el 23 (entre otras cosas, porque este último, afortunadamente, ya es sólo un aniversario). ¿Razones? Una, principalmente: tú no vas a recibir ni un regalo.

Pasa del manoseadísimo "hoy es el día de El Corte Inglés". A ti no te regalan porque así tienes la excusa para regalarte tú lo que más te apetezca.

Deja que te diga que estás equivocada, querida. En realidad, puedes ser LA ENVIDIA de tus 'enamoradas' amigas un día como hoy. Y te voy a explicar el porqué.

1. No recibirás regalos frikis. Muchas de tus amigas están esperando a recibir hoy EL REGALO. Abren el paquetito con la emoción de un niño y, una vez abierto, se les queda cara de haba (aunque jamás lo confesarán). ¿Por qué? Pues porque han olvidado lo más esencial: ELLOS suelen ser un desastre regalando. Tengo ejemplos incontables de amigas (y yo misma me incluyo) que han recibido por San Valentín desde tebeos (porque su chico se acordó a última hora de la fecha) hasta fajas adelgazantes (como lo oyes: era una compañera de gimnasio monísima y se pasó sollozando la clase entera de aerobic porque el borrico de su novio la estaba llamando gorda). Desde pelis porno ("para un San Valentín calentito, jojojo") hasta lencería guarra (que no sexy; es decir, bodys de rejilla para sentirse como un kilo de garbanzos en remojo o sujetadores que dejan el pezón al aire). Desde camisetas cutres ("ah, pero ¿no te gustaba el Capitán América?") a pingos comprados en la sección de oportunidades ("pues yo pensé que las batamantas te parecían un must-have"). Es más, me atrevería a asegurar que más del 80% de los regalos van a defraudar a sus receptoras. El otro (casi) 20% restante se debe a que ella llevó a rastras a su chico hasta el escaparate y le señaló con el índice el producto exacto que tenían que comprar. 

2. No te regalarán flores. Seamos serias. ¿A quién, de verdad, le hace ilusión un ramo de flores, si con lo que cuesta te puedes hacer un estilismo entero en las rebajas? Sí, muy romántico (por eso se llevan flores a los cementerios), pero ese mogollón con el que te paseas ufana entre tus compis de oficina sólo sirve para eso: para hacer el paseíllo. A partir de ahí, el proceso consiste en buscar hueco a semejante mogollón, meterlo en un jarrón, ver cómo se mustia y tirar el manojo de hierbajos podridos con tufo inenarrable mientras te dejas las uñas quitando el verdín del recipiente. Una maravilla. Muchos euros tirados a la basura.

3. No engordarás inútilmente. Muchos de estos chicos solucionan el marrón de San Va (sí, queridas: para ellos es un marronaco) llevando a sus churris a cenar o regalándoles bombones. Craso error cuando la Operación Bikini se acerca. Son gramos de más que habrá que destruir. Y eso, sin contar con la clavada que te meten los restaurantes en este día tan especial.

4. Evitarás enfermedades coronarias. No es broma. Hace muchos años, un admirador secreto me dejó un regalo en la puerta de mi casa el día de San Valentín. Yo aún vivía con mis padres y lo que relato a continuación es verdad verdadera: sonó el timbre. Mi madre fue a abrir y no había nadie, sólo un paquetito en la puerta. No se atrevió a abrir y el paquetito le pareció de lo más sospechoso, así que avisó a mi padre quien, tras varios tiras y aflojas y más tensión que en una sesión del Congreso votando leyes retrógradas, agarró el dichoso paquetito, lo zarandeó (por si era una bomba... ¿y así explotase rápido? Nunca lo entenderé) y, al ver mi nombre escrito, me lo dio como el que entrega un explosivo desactivado. La pobre orquídea que habitaba dentro me pidió la eutanasia. Y mi padre, un bypass.

4. Serás mucho más auténtica. No son pocas las parejas que entierran sus crisis y disimulan ante sus allegados regalándose cosas cuquis el día 14. La realidad se vive de puertas adentro, y cuando esa puerta se cierra el paraiso que dicen habitar se transforma en el plató de Sálvame Deluxe. Esto es así, queridas lectoras. Se estila mucho el autoengaño en la pareja, y San Valentín es el parche perfecto para hacer ver lo imposible: que son felices y comen perdices (pero se las tiran a la cabeza).

5. Podrás comprarte lo que quieras. Con ese dinerito que no vas a gastarte en hacerle un regalo a él (y recibir a cambio las memorias de Belén Esteban), ¿por qué no te vas de tiendas? Aún se puede escarbar en las rebajas, ya está en marcha la colección de primavera y, por si fuera poco, hay accesorios fabulosos para completar un look de diez. Así que invierte en ti misma, ponte estupenda ¡y sal a la calle sacando pecho! Bueno, saca sólo lo justo, no sea que ligues a la primera de cambio y seas sorprendida con una batamanta o una peli guarra...

Gracias a la dejadez de tu pareja, eres la afortunada NO poseedora de este bouquet de gatitos tan monitísimos.

 

 

Expectativas Vs. Realidad

Por Javi del Campo

 

Los hombres y San Valentín nunca nos hemos llevado bien. Es un día negro en el calendario para nosotros, hermanado con los aniversarios y el cumpleaños de nuestra pareja. Siempre nos pilla el toro. Pero en el fondo es por las expectativas tan altas que nuestra novia deposita en nosotros. Nos podemos tirar todo el año siendo el novio perfecto, pero llega el 14 de febrero y la cagamos. Nuestra novia está en el trabajo esperando que le llegue un mensaje al móvil diciendo: “Cariño: ¿sabes dónde está mi corazón? Busca bien porque lo tienes tú. Feliz SV”. Pero COMO MUCHO alcanzas a escribirle: “Cariño: ¿sabes dónde puedo tener algún calzoncillo limpio?”. Primera decepción.

¿Para cuando una APP que te prohiba mandar SMS estando borracho o en el día de San Valentín?

Tu novia no se desanima. Piensa que todavía puedes tener ese gran gesto romántico que ella espera. Pero ese día los tíos tenemos a las neuronas de resaca. No pensamos con claridad y al final caemos en lo que yo llamo el FBJ: Flores, Bombones y Joyas. 

Creo que no hay cosa más patética, que ver la cola de tíos que se forma en la floristería de mi barrio el día de San Valentín. Con la vergüenza que sentimos yendo por la calle con flores. ¿Por qué lo hacemos? Por cierto, existe una ley no escrita que dice que si compras flores a ultima hora, tu novia será alérgica justo a ese tipo de flor.  

Los bombones. Otra estupidez. Como si el bombón fuera el símbolo del amor universal. ¿Cómo se nos ocurre regalarle a nuestra novia un alimento que engorda más que beber mayonesa? ¡Es un suicidio!

Y por último las joyas. Gran idea. Los tíos siempre tuvimos un gusto exquisito para elegir elementos decorativos. Por eso en el coche llevamos el muñeco de Torrente y en la habitación colgamos pósters de Roberto Carlos al lado de los de Metallica. Pues vas a la joyería y eliges el colgante del delfín. Finísimo. Tu novia ve la cajita y se imagina un anillo con una piedra preciosa, pero se encuentra una cadena de goldfield con un delfín. Bravo.

Todo el mundo sabe que el delfín de goldfield fue la primera opción del Principe de Asturías como regalo de pedida a Letizia.

En fin, es duro deciros esto chicas pero tenéis que bajar el listón de San Valentín porque así no vamos a ningún sitio.

Y vosotros chicos: no uséis el FBJ, que me han dicho que en la FNAC venden unas cajas, ¡que cojas la que cojas aciertas!

 

 

Yo paso de San Valentín (o, al menos, lo intento).

Por Claudia Velasco

San Valentín, un año más, y yo tratando de ignorarlo. Cómo soy feminista y progre, me pega mucho el rollo de obviar una fecha tan significativa como el 14 de febrero. De hecho creo que podría elaborar un manual de trucos para pasar por el Día de los Enamorados sin darle mayor importancia, y por esa razón, tal vez, me han pedido que cuente cómo hacerlo. Cómo sobrevivir a la compra compulsiva de regalitos o tarjetas o flores, a la emisión de películas súper románticas en la tele o a los planes mega sentimentales de las amigas que tienen la suerte de contar con una pareja lo suficientemente cursi, o valiente, para comportarse como corresponde en el Día de San Valentín.

Para empezar os quiero recordar que, afortunadamente, no vivimos en un país anglosajón donde esta fecha se celebra casi tanto como la Navidad, porque en ese caso la tarea de ignorar San Valentín se hace casi imposible. Desde pequeños, los estadounidenses, por ejemplo, llevan a rajatabla celebrar el 14 de febrero con regalos y tarjetas de felicitación que entregan a su “Valentín” en colegios, institutos y hasta en su puesto de trabajo. Lo habréis visto en las películas, un acto un poco bochornoso al que nosotras no tenemos que enfrentarnos. Así pues, empezaremos por mirar el 14 de febrero como un día más, así que fuera Valentines, Cupidos y corazones rojos en nuestras redes sociales, también aconsejo ir al cine a ver una peli de Destrucción y Muerte, a primera sesión, para no encontrarse con parejitas de celebración, luego podéis volver a casa para cenar el consabido plato de verduras al vapor, en la cama viendo “Sálvame Deluxe” (este año cae en viernes), que ahí hablan de todo menos de amor… por supuesto sin mirar el Facebook, donde todo el mundo presume de sus maravillosas vidas amorosas, y menos el Twitter, donde las estrellas de cine, o de la música, osan colgar fotografías románticas con sus respectivas parejas cenando en París o en Nueva York, después de intercambiarse regalitos… qué petardos, no me lo podéis negar. Así que pasamos de ellos también.

Otra solución es organizar una cena con las amigas y emborracharse poniendo a parir San Valentín, a las parejas indiferentes o a los ex, pero esta opción a veces resulta cansina y triste, porque más de alguna pasa del jolgorio al llanto en un abrir y cerrar de ojos, y eso no nos interesa.

Resumiendo:

1.-Nada de lamentarse, ni prestar atención a los planes románticos de los demás. No vale la pena (muchos mienten o exageran o directamente flipan).

2.-No pongáis películas románticas en la tele, ni os vayáis al cine para llorar como una magdalena con una comedia romántica que podéis ver cualquier otro día.

3.-No os conectéis al Facebook (ni a Twitter).

4.-No os vayáis a cenar sola a ninguna parte.

5.-No os quedéis esperando una llamara romántica de última hora que os arregle el día. NADA de expectativas inútiles.

6.-No optéis por salir con un plan de último minuto (recomendado por una WEB de citas o una prima) que solo os puede empeorar el 14 de Febrero.

7.-Por supuesto: NO SE OS OCURRA llamar a un ex en un ataque San Valentinesco desesperado… NO, nada de ataques de amor ficticios de los que luego os podéis arrepentir.

8-Lo MÁS IMPORTANTE: no olvidéis que esta es una fecha impuesta, carente de la magia o la felicidad que nos venden. Pasad de todo y ni os lo cuestionéis, este año NO a San Valentín y veréis que bien.

De este modo una servidora, que trabaja en la prensa del corazón y escribe novelas románticas (ya podéis notar la ironía) se propone pasar un año más de puntillas por una fecha tan romanticona, un día especial para muchos afortunados y que, sin embargo, nunca he podido celebrar en condiciones porque, aunque he tenido novios, he estado casada, me he divorciado y me he vuelto a enamorar, nunca, jamás, he dado con un hombre, que llegue con rosas en San Valentín, organice una escapadita romántica o simplemente te invite a cenar con velas. Jamás. Por el contrario, mis parejas siempre han sido los típicos tíos que te pueden justificar durante horas, y con mil quinientos argumentos diferentes, por qué pasan del Día de los Enamorados. Una serie de verdades que comparto, como no, aunque, si os cuento un secreto, han empujado a mi alma cándida a soñar a escondidas con celebrar, tal vez un buen día, el 14 de febrero como corresponde.

Espero que me guardéis el secreto y mientras yo sigo soñando, en el más absoluto secreto, con Michael Fassbender o ramos de rosas rojas en San Valentín, os deseo un buen y apacible viernes de febrero, que con esta crisis y este invierno que nos acompaña, es lo mejor que os puedo desear.

 

 

La cita de última hora de San Valentín.

Por Elisabet Benavent

 

En septiembre te dijiste que para San Valentín tendrías churri, de los que te compran flores sin haber hecho nada malo. Sí, de esos que te dicen que estás más guapa sin maquillar. Pero en octubre la cosa estuvo floja, en diciembre ese que parecía que sí fue que no y desde Reyes todo ha ido cuesta abajo, de espaldas y hacia el precipicio. El precipicio del San Valentín SOLA.

Juras y perjuras que te da exactamente igual. Es posible que uses ese “¡Pero si lo inventaron los de Galerías Preciados!” pero en tu interior sabes que preferirías tener plan. En un principio lo que te apetece es una perfecta cena para dos, dejar sonar un buen disco mientras bebéis vino del rincón gourmet y terminar con el postre en la cama, pero cuando escuchas junto a la fotocopiadora que tu compañera la fea se va de fin de semana para celebrar San Valentín, ya te da igual que la cena sea una pizza congelada, que el disco que te ponga sea de Bisbal o que el vino salga de un tetrabrik de Don Simón.

Porque esa es otra. San Valentín en fin de semana. Si fuera martes, aún arrea que te va. Pero viernes. Mátame camión. Así que a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. A última hora y cruzando los dedos porque tu amiga la Celestina no haya ejercido con otra, llamas para decir que te has pensado mejor lo de esa cita a ciegas que te proponía. Y sí, estas cosas no te van, pero no quieres pasar el lunes apuñalando a felices enamorados con el abrecartas ni tirar pan duro a las parejas que se besan en el parque. Y estás muy cerca de cruzar esa línea.

Tu amiga promete hacer unas indagaciones y volver a llamarte y, aunque no tarda más que un ratito, alcanzas el culmen de insoportabilidad a los cinco minutos. Como aún eres dueña de tu ser, te encierras en el cuarto de baño de la empresa para que nadie te vea en esas circunstancias. Corre rápido el rumor de que te ha sentado mal el café, pero mejor que crean que tienes diarrea a que te está dando un ataque de histeria por una cita a ciegas.

Y bien… el chico en cuestión sigue libre, lo que son buenas noticias y pésimos augurios a la vez. Pero tú decides dar un voto de confianza a... El Destino; algo habrá hecho el tal destino para protagonizar tanto cine americano, leche. ¿Por qué a Sandra Bullock sí y tú no? Tú eres de lejos mucho más guapa. Es más, tú pareces una hembra humana y ella… no.

El viernes te despides de todo el mundo en la oficina con una sonrisa en los labios.

“¿Qué plan tienes, que estás tan sonriente?” te pregunta la tocapelotas de turno. “Pues una cita”. “¿De las buenas o de las de las rebajas?” contesta. Será japuta la tía. “De las buenas, de las buenas”. Pero ni siquiera te lo crees ni tú.

Después de probarte todo lo que tienes en el armario, de depilarte las cejas, el bigote, quitarte ese pelo absurdo que te sale en el cuello de vez en cuando y hacer una poda en zonas nobles, terminas mirándote con satisfacción en el espejo de la entrada. Bien. No está nada mal. Te pones la sonrisa, el abrigo y los guantes y cuando vas a salir de casa corres hacia la habitación para coger un par de condones. A optimista no te gana nadie. Vas a salir de nuevo, pero vuelves atrás y coges el bote de lubricante tamaño viaje, por ser optimista, pero sin pasarte.

En la puerta del restaurante, que por cierto no es muy allá, te cagas en todo lo cagable. Te cagas hasta en tu tía Enriqueta, qué cojones, porque ¿a ti que más te dará quedarte para vestir santos con lo feliz que estás en tu casa, con tus planes, tus amigos y tu “me gasto mi sueldo en cremas para la cara sin que nadie me discuta”? Ese mal trago que estás pasando durante la espera no lo arregla ni Christian Bale apareciendo de la nada y llevándote con él. Y claro, ya lo imaginarás… nada más lejos de la realidad, porque cuando aparece tu cita en cuestión de Batman nada. Es un calvete gracioso (que en realidad ni siquiera es gracioso) que lleva tortillaza a lo Camacho en la camisa arrugada y que se pasa la cena contándote cosas de su madre. Vas a matar a tu amiga, de eso es consciente hasta el camarero, pero mientras tanto sigue sirviéndote vino. Puto San Valentín en el que ni siquiera crees. El año que viene te dará igual. Bueno, no, el año que viene ya tendrás novio, eso seguro. De los que compran flores sin tener que haber hecho nada malo. Y si no lo tienes, te compras una botella de vino y pasas la noche con el amigo a pilas que guardas en el cajón de la ropa interior. Ese no habla, no suda y no se echa Baron Dandy.

“Brindemos por San Valentín, churri.”

 

 

La catástrofe pre-cita de San Valentín.

Por Rebeca Rus

 

Para la elaboración de este artículo he estado consultando muchos libros, especialmente ese gran bestseller titulado La Ley de Murphy (un documento imprescindible para las personas que, como yo, estamos condenadas a vivir siempre inmersas en el caos). El resultado es que he aprendido mucho sobre todo lo malo que puede pasarme antes de La Cita más importante del año según las películas de Hollywood, los medios de comunicación, los spots que inundan la tele y la sociedad en general. 

Las posibilidades catastróficas pre-cita de San Valentín son muchas y cada cual más trágica: granos, halitosis, tu amiga Doña Menstruación, sudoración excesiva, estupidez supina por exceso de almíbar en el ambiente, descarrilamiento de transporte público… pero ningún libro de los que he consultado aportaba información sobre qué medidas hay que tomar frente a la mordedura/picadura de una araña venenosa pre-cita de San Valentín.

Lo que hace unos años me hubiera venido de perlas.

Y es que la primera vez que quedé con el que hoy es mi pareja me presenté con las gafas de sol más grandes que pude encontrar. Unas gafas de sol que ocultaban que aquella noche me había mordido/picado una araña y que se me había hinchado el ojo izquierdo un pelín. O un pelín bastante… porque, cuando me quité las gafas, mi futuro chico, tras dar un grito de terror y separarse unos metros, me preguntó si la vida en mi barrio era tan chunga como se mostraba en esa película titulada La Estanquera de Vallecas. O si todos los vallecanos éramos como Poli Díaz. Y a continuación se me acercó un productor de teatro para ofrecerme un puesto como doble en la obra que estaban haciendo sobre Quasimodo (“nos vamos a ahorrar una pasta en maquillaje y efectos especiales” me dijo).

Curiosamente, mi chico decidió que quería salir conmigo.

Ah... y me dieron el trabajo (he omitido el hecho de que mi primera cita con mi chico fue una entrevista de trabajo en su agencia de publicidad. No sólo me dieron el puesto de creativa junior sino también la responsabilidad de un montón de cuentas de cosmética. Me pregunto si estarían insinuando algo…).

He aquí la responsable de fastidiarme mi primera cita de San Valentín. Y ni siquiera me dio superpoderes.

El caso es que, tras este episodio un tanto sórdido de los comienzos de mi relación amorosa, y después de mi labor documentándome creo que estoy preparada para cualquier catástrEVENTUALIDAD que pueda sucederme pre-cita de San Valentín. Como, por ejemplo:

EL GRANO:

No es un caso de mala suerte o que el Karma se haya vuelto contra nosotros. Hay datos científicos que explican por qué nos tiene que salir ese grano justo ANTES DE. Es por el estrés pre-cita. Afortunadamente, hoy en día la industria cosmética hace milagros y en la farmacia de cualquier barrio tienen marcas especiales para maquillar cicatrices, deformidades o granos que ya tienen tamaño para pedirnos la paga. Depende del lugar que haya elegido tu grano particular para aparecer puedes optar por otras opciones que no impliquen una capa de cinco centímetros de maquillaje: lo puedes ocultar estratégicamente bajo un bonito tocado, hacerlo pasar por un lunar un poco grande o explicarle a tu cita que eres voluntaria para probar un nuevo tipo de implante nanotecnológico que revolucionará la industria del espionaje (explicación tope molona).

Hay muchas soluciones para ocultar ese grano tan inoportuno. Y no hace falta gastarse una pasta en el stand de M.A.C.

 

LA HALITOSIS:

Mi tía Carmen hace unas Chulas (unas patatas fritas con bien de ajo y perejil típicas de la Comunidad de Madrid) de muerte, aunque jamás se me ocurriría comer algo así justo antes de quedar con el posible Amor de mi Vida en San Valentín. Pero, a veces y aunque nosotros no lo hayamos provocado, el mal aliento aparece. Y el momento pre-cita de San Valentín es uno de esos momentos. Pasta de dientes, chicles, gárgaras con limón… si nada funciona, lo mejor es darle un buen lingotazo al frasco de tu perfume favorito. Estaréis perfumados por dentro y por fuera y el alcohol que hayáis ingerido durante el proceso os aportará un toque extra de seguridad en vosotros mismos.

LA ROTURA DE PANTIES:

Es de manual: dos semanas planeando el modelito para el viernes y según sales de casa... ¡rasssssssss!, el carrerón en las medias. Y no, ya se pasó eso de ir vestida como Madonna en Buscando a Susan desesperadamente. ¿La mejor opción? Quitarte las medias e imitar a las actrices y a tus it-girls favoritas. Además, el frío helador de febrero te vendrá estupendamente para la circulación de las piernas; será cómo hacerte un tratamiento con gel frío para la celulitis TOTALMENTE GRATIS.

LAS QUEMADURAS DE PRIMER GRADO:

Si, como a mí, se te ocurre darle una sorpresa a tu pareja y cubrirte entera de palomitas recién salidas del microondas para tener una tarde de cine “muy especial”, espera primero a que se enfríen un poco. Si, como a mí, eres tan estúpido/a para quemarte entera porque eres un poquito impaciente, ten a mano un bote de crema Nivea, la famosa lata azul de toda la vida. P.D.: Esa crema tiene muchas posibilidades. Y no sólo para curar quemaduras (guiño, guiño). P.D.D.: De nada.

LA ESTUPIDEZ SUPINA MOMENTÁNEA:

Contra esta catástrofe pre-cita poco se puede hacer. Sólo rogar que también la sufra tu cita y no salga pitando cuando le digas ñoñeces como “chirriquitín”, “cuqui” o “vamos a ver una peli de Jennifer López”. Ante estos casos la mejor solución es beber mucho porque siempre le puedes echar la culpa al alcohol y decir que “aquel” no eras tú, sino otro. Tu otro "yo", que es un poco borracho. O muy borracho (sólo tú puedes decidir cuánta estupidez tienes que disimular). Otra solución es consultar tu recibo de la contribución antes de salir de casa: la mala hostia te hace más listo inmediatamente.

En resumen, que hay pocas catástrofes pre-cita San Valentín que no se puedan solucionar con un poco de ingenio y la actitud adecuada. Otra cosa es que estas catástrofes sean tu excusa para no celebrarlo (que es lo que hago yo). 

 

 

El momento ¿qué cable tengo que cortar? Declararse y romper en San Valentín.

Por Anna Casanovas

Cuando en una película de acción aparece una bomba súper atómica, una cabeza nuclear súper sónica, o una ojiva con un virus súper letal llega el temido, y ansiado, momento “corta el cable rojo”. Nuestro héroe suda, evidentemente, y se seca la frente con el antebrazo, marcando de paso sus poderosos músculos. Y entonces, justo entonces, mira a la protagonista, que por casualidad está allí con él aunque es maestra de primaria, y le declara su amor eterno. Y yo me pregunto, ¿tenía que esperar a este preciso momento? ¿No podía habérselo dicho antes, un día en el súper o tumbados en la cama, si mucho me apuras?

Corta el cable rojo... si lo encuentras.

Pues no, al parecer en todas esas situaciones le ha sido imposible declararse. Y lo mismo debe de pasarle a toda esa gente que se declara o abandona a alguien el día de San Valentin. Hay que ser muy soso para elegir la primera opción y un canalla si optas por la segunda. Voy a demostrártelo.

Declararse el día de San Valentín: 

¿Por qué? Sí, supuestamente es una fecha romántica, pero corres el riesgo de morir de un subidón de azúcar. Todos los restaurantes están invadidos de corazones, rosas de colores, cestitos de mimbre o de alambre llenos de velas y tiestos absurdos, y suena sin parar Michael Bolton, Michael Bublé o Celine Dion. El año tiene 365 días, ¿de verdad tienes que elegir este? Tú puedes ser más original, lo eres, tú eres de los que sabe qué cable se tiene que cortar para que no estalle la bomba, declárate el día de San Isidoro (15 de mayo) y seguro que no tendrás que compartir tu anécdota con nadie.

Romper el día de San Valentin: 

Otra vez, ¿por qué? ¿Quieres ser el ex más odiado de la historia? ¿Estás dispuesto, o dispuesta, a sobrevivir al ataque de las velas negras? Lo único que explicaría algo así es que seas el hijo secreto de J.R y Alexis Carrington, y en ese caso vamos a tener que matarte. Si de verdad has dejado de querer a tu pareja, si el amor ya no está en el aire, o si quieres echarlo todo al traste porque crees que aparecerá el señor Grey (inocente) o Bar Refaeli (iluso) elige otro día para romper tu relación. Mi propuesta es el 28 de diciembre, así, si descubres que has metido la pata tendrás una excusa con la que empezar a pedir perdón."

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