Perdona, no soy yo, eres tú

Perdona, no soy yo, eres tú

Recuperar tu vida social cuando eres una madre trabajadora es una labor ardua y complicada. Pero mucho peor es superar tu triatlón diario a toda mecha para salir a tomar algo y descubrir que te dejan plantada como a una lechuga una y otra vez

Hace algunos años mi vida social era el equivalente a un desierto habitado por matojos rodantes y en mi cabeza resonaba una B.S.O. compuesta por el gran Ennio Morricone. Durante años pensé que nunca volvería a poder quedar con mis amigas. Es más, ni siquiera recordaba sus nombres. Era normal que me pasara algo así: siempre tenía una niña colgando del pecho, ropa que lavar, pañales que cambiar, campañas de publicidad que entregar, novelas que terminar, etc. Mis neuronas habían perdido su capacidad para conectarse entre ellas y mi personalidad se había difuminado hasta convertirme en una sombra de mí misma. Sé que en algún recoveco de mi atribulado cerebro mi Antiguo Yo dormitaba, agotado por las circunstancias, pero no tenía ninguna gana de ir a buscarlo. ¡Total, no íbamos a poder intercambiar más de dos frases seguidas!

Para mí es más fácil encontrar agua en un sitio así que tomarme una copa con alguna de mis amigas.

Afortunadamente ese periodo parece que está llegando a su fin. Mis hijas ya no dependen todo el tiempo de mí y he aprendido a organizarme para encontrar huecos que dedicarme a mí misma. A ratos me siento como la de antes: he vuelto a leer y, lo que es más, casi todo el tiempo recuerdo cómo me llamo, puedo citar el nombre del ministro de Economía francés y he visto una película de estreno que no era de dibujos animados.

Puede que sea por culpa de todas estas pista que no sólo me haya hecho ilusiones de volver a encontrarme con mi Antiguo Yo sino de volver encontrarme con mis amigas. ¡Error!

Porque conseguir que varias madres trabajadoras coincidan en el espacio-tiempo es tan difícil como que yo llegue algún día a comprender cómo funciona el Colisionador de hadrones de Ginebra.

Para conseguir quedar con mis amigas necesito un trébol de cuatro hojas, una estampita de San Judas Tadeo y que la luna llena caiga en la casa IV

Pero eso no impide que cada cierto tiempo yo empiece a sentir un cosquilleo en mi interior y ponga todas mis capacidades estratégicas a disposición de un único objetivo: conseguir salir con alguien e ir a hacer cualquier cosa a un sitio indeterminado. Normalmente eso supone las dotes estratégicas de Napoleón y el general Tsu Zu juntos, además de que yo me pase dos meses enviando mails a mis amigas con amenazas encubiertas. Y cuando parece que la cosa está hecha y por fin tengo un plan de viernes al que aspirar durante todo el mes, la cosa empieza a torcerse y a mi teléfono comienzan a llegar "guasaps" con excusas de lo más variopintas. Excusas que se podrían clasificar dentro de las siguientes categorías:


1.- La prole: todos los que tenemos niños sabemos que raro será el momento en el que uno de nuestros churumbeles no tenga fiebre/un virus/un extraño sarpullido/problemas de sueño/un examen importantísimo que necesita que le ayudes a repasar/mal de amores/etc. Desgraciadamente los de los demás también y suele ser una de las excusas más comunes que suelo recibir cuando una amiga no puede quedar conmigo junto con la excusa de “es que ayer tuvo una mala noche y apenas hemos pegado ojo”. Si hubiera una Ley de Murphy exclusiva para las madres que quieren salir de marcha diría algo así como que "las posibilidades de que un niño impida a la madre salir a una cita son inversamente proporcionales al número de madres que han quedado esa noche." Conclusión: nunca quedes sólo con una amiga sino con más de cinco. Con un poco de suerte... aparecerán dos.

Los niños tienen un termómetro interior que detecta cuando te vas a largar de juerga tú solita.


2.- El trabajo: la mayoría de mis amigas son mujeres trabajadoras, unas hachas en su trabajo, que hacen horas extras a tutiplén, estudian másters para mejorar sus posibilidades en la empresa y viven pegadas a sus teléfonos móviles. Teniendo en cuenta todo esto, es tremendamente fácil que muchas veces pierdan no sólo los papeles sino la cabeza y se olviden completamente de que hace un mes que quedamos en que hoy íbamos a tomar una copa. Su sorpresa, cuando llames para preguntarle donde puñetas está, será mayor que la tuya porque en su atribulada mente no había espacio para anotar vuestra cita y sí para los miles de informes que tiene que hacer todavía y su importantísima reunión del próximo lunes.

"La próxima vez mándame por mail una convocatoria con la fecha cerrada y con el siguiente subject: reunión alcohólica programada para charlar de nuestras circunstancias vitales". 


3.- El cansancio vital: nuestra cabeza quiere salir con toda su alma pero nuestro cuerpo nos lo impide. Ni una excavadora hidráulica Carterpillar podrá levantarte del sofá en estas circunstancias y mucho menos mis lágrimas cuando te llame suplicándote para que no me dejes plantada otra vez.

La única posibilidad de convencer a tu amiga de que no se apoltrone en el sofá es que la teletransportes directamente al restaurante en el que habéis quedado.


4.- Una crisis de vestuario: cuando tu uniforme habitual son unos vaqueros dados de sí, una vieja camiseta y unas zapatillas todo-terreno y te has gastado todo tu presupuesto en renovar los zapatos de tus hijos cada seis meses, es fácil que te encuentres en la tesitura de no tener nada que ponerte para salir a tomar una copa a un sitio extraordinariamente moderno en el centro de la ciudad. Y menos cuando hace años que no entras en el único LBD que hay en tu armario, ese vestido que te vendieron en todas las revistas como el básico que no debería faltar en tu armario y con el que estarás perfecta en cualquier ocasión hasta el final de los siglos. Lástima que sea dos tallas menos de las que estás usando en la actualidad.

El perfecto LBD debería estar hecho del material con el que le hicieron el uniforme a Elastigirl en Los Increíbles. 

Gracias a todas estas excusas me puedo pasar meses enteros jugando a esta especie de ping-pong social con mis amigas, lanzando pelotas en forma de "guasaps" y recibiendo negativas o, en el mejor de los casos, algún "quizás". De hecho mi récord está en pasarme un año mandando mensajes para conseguir quedar con una antigua compañera de trabajo. Afortunadamente no estoy sola. Aunque a veces me entre la paranoia pensando en que, mientras yo me aburro frente al televisor, el resto del mundo está fuera echándose unas risas en la última terraza de moda, la realidad es que la mayoría de mis amigos están en casa haciendo zapping, agotados tras una dura jornada de trabajo, doblando calcetines y preguntándose si esta semana han cambiado las sábanas o no. 

¿Y sabéis qué? Quizá mi vida social esté pasando por un momento especialmente crítico pero eso hace realmente especial cada ocasión que tengo para salir y tener una charla con una amiga. El único consuelo que tengo es que salgo la mitad, pero disfruto el doble.  

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...