¡Socorro! Soy una madre neurótica-pasota

Miércoles, 4 de Junio del 2014     |    Por Rebeca Rus

¡Socorro! Soy una madre neurótica-pasota

¿Te pasas el día sobreprotegiendo a tus hijos pero te gustaría perderlos de vista todo el tiempo? ¿Necesitas urgentemente un día para ti misma pero en cuanto los dejas al cuidado de otra persona te agobias un porrón? Bienvenida al Club de las Madres Neurótico-pasotas.

Hola, me llamo Rebeca Rus y soy una madre neurótico-pasota.

No, no es algo que lleve años reconociendo. De hecho, me he dado cuenta de que soy así esta misma mañana, cuando despedía a mi hija pequeña, que se iba de excursión a la sierra. Justo en ese mismo instante miles de pensamientos absurdos han asaltado mi cerebro. ¿Pinchará una rueda el autocar en el que viaja? ¿Y si le da mucho el sol y se marea? ¿Las lipotimias son mortales? Como es tan despistada ¿terminará separándose de sus compañeros y se perderá en la sierra (donde la tendrá que criar una manada de lobos?). Y el pensamiento más absurdo de todos: ¿debería pedirme un día libre en el trabajo y ofrecerme como madre voluntaria para no perderla de vista?

Tener niños es incompatible con un uso adecuado de las neuronas y compatible con la capacidad para tener pensamientos absurdos todo el tiempo.

Sí. De verdad. Se me ha pasado por la cabeza la idea de mandar todo al carajo y subirme al autocar para no perder de vista a mi hija (con el plus de tener que aguantar a sesenta enanos más de su curso).

Es más: ese tonto pensamiento me ha martilleado el cerebro una y otra vez mientras mi pequeñita me decía adiós con la mano, feliz de perderme de vista, y yo me imaginaba las cosas siniestras que podrían pasarle (lo de la manada de lobos era lo más light). Pedirme un día libre en el trabajo era una idea totalmente absurda, empezando porque renunciaría a un día de vacaciones sin ningún motivo real y terminando porque esta semana empieza la jornada intensiva en todos los colegios públicos de la Comunidad de Madrid y con ella mi libertad para quedar a comer o a tomar un aperitivo con algún colega. Sólo me quedan unos días de libertad relativa.

De hecho, si había una buena razón para pedirse un día libre de vacaciones en el curro era porque empezaba el Rastrillo Solidario de una de mis marcas favoritas y está a dos paradas en metro de mi despacho.

Así que he hecho lo que cualquier madre neurótica (pero con algo de dignidad) hubiera hecho. Me he quedado en mi sitio, diciendo adiós con una sonrisa y aguantando las lágrimas, para, a continuación, llamar a mi jefe y decirle que iba a hacer unas gestiones y largarme a tomar café con una amiga. Después de media hora de risas y cotilleo del bueno me he dado cuenta de que se me había olvidado que tenía una niña triscando por el campo. Es más: he deseado que ojalá no fuera un día y que se quedara a dormir en el refugio que iban a visitar, para así tener yo una tarde libre de compras y visitar el ya nombrado rastrillo.

¿Alguien me entiende? Está claro: estoy como una cabra (ya lo conté aquí hace unos meses).

Cuando Robert Louis Stevenson escribió Doctor Jeckyll & Mister Hyde estaba pensando en su madre.

Y es que esta parte totalmente contradictoria de mi naturaleza maternal me tiene desconcertada.

Ahora que le doy vueltas al asunto, este extraño proceso materno-mental se lleva produciendo años sin que yo me hubiera parado a pensar en ello. Cada tarde se repite: salgo del trabajo antes de tiempo y corro y corro hasta el colegio de mis hijas para terminar llegando siempre un cuarto de hora antes de lo necesario. Vamos, en plan abuelo agonías. Espero ansiosa a que abran la puerta y, como si fuera una loca de las rebajas frente al cierre de El Corte Inglés, entro de las primeras (dando codazos si es necesario). Me pongo en mi rincón del patio (en plan “esta es Mi Esquina y como me quites el sitio viene mi chulo”)  y, como un halcón, no aparto la mirada de la escalera por la que salen mis niñas, imaginando mil cosas que podrían pasar si apartase la vista por un segundo de allí. Entonces aparecen y un suspiro de alivio se hace paso por mi garganta. Las achucho, las abrazo, les doy la merienda y las saco de allí en dirección a la actividad extraescolar que nos toque ese día.

Y a los cinco minutos las vendería a un gitano.

En serio.

Sin remordimientos.

Y en Plan 2x1.

Esa charla en estéreo a la que me someten las dos me anula cualquier pensamiento privado que pueda tener. Es como llevar La Ser en una oreja y Los cuarenta en la otra. Y el runrún no para hasta que consigo acostarlas varias horas después. Entonces, salgo a mi terraza, miro al cielo y suspiro un “al fin”. No me tomo un Martini agitado para celebrarlo porque entonces me dormiría y no podría aprovechar ese rato de felicidad conmigo misma.

¿Lo veis? Como un cencerro.

Ser una madre neurótico-pasiva implica llevar una doble vida con todas sus obligaciones y ninguno de sus beneficios.

Siempre he tenido tres cosas claras en mi vida:

1) que ser madre no tenía por qué ser un obstáculo para tener una carrera profesional o literaria.

2) que tener dos niñas pequeñas no significa que no tenga ganas de tener una vida social plena y divertida, de salir a tomar algo con mis amigas, echarme unos bailes o hablar del sexo de los ángeles durante horas.

3) y que me gusta mucho viajar, a ser posible bastante, lo más lejos posible y en compañía de mi pareja.

Y creedme que hago todo lo posible por cumplir cada uno de estos tres puntos, lo que implica que muchas veces tengo que abusar de mis padres, de mis suegros, de los vecinos y amigos, contratar canguros o pagar horas extras de guardería. Me paso semanas organizando la logística, contactando a los responsables y haciendo listas para que todo salga a la perfección y yo pueda ir a esa reunión tan importante/presentar esa novela/largarme a Amsterdam durante un fin de semana. El corazón me late anticipadamente y ya me veo arrasando con el cliente/brindando por el éxito de la novela en cuestión/tomándome unos mejillones con patatas fritas a la orilla del Amstel. Es una sensación que necesito como el respirar. La razón por la que vivo.

Cuando la mayoría de fiestas a las que vas son como esta hasta descorchar una botella te parece el acontecimiento del siglo.

Entonces ¿qué puñetas me pasa? ¿Por qué no puedo dejar de llorar cuando dejo a mis hijas con sus abuelos de camino al aeropuerto, el corazón en un puño y lleno de “y si…”? ¿Por qué en medio de la reunión me agobio pensando en que la canguro es demasiado joven y lo mismo no sabe resolver una urgencia? ¿Por qué llamo nada más terminar la presentación para asegurarme de que las dos petardas han cenado correctamente? ¿Por qué no puedo desconectar y disfrutar del momento que tanto tiempo llevo planificando?

Exacto: porque soy una neurótico-pasota. O estoy muy mal de lo mío.

Mi cerebro, en plan “perro del Hortelano”, ni disfruta ni me deja disfrutar. Cuando estoy en Modo Madre me hace suspirar por entrar ya en Modo Desparrame Total. Y cuando estoy desparramando por La Latina me obliga a pensar en lo que estarán haciendo mis hijas, las pobres, y si habrán descubierto el escondite de las medicinas en casa de mi suegra o si se habrán comido toda la fruta. ¡Qué desastre! Esta enfermedad está mermando mis capacidades mentales, pero sobre todo, mis capacidades disfrutonas. 

La verdad es que no sé si algún científico está estudiando esta extraña enfermedad o si alguien tiene en previsión inventarse alguna cura en la que se utilicen electroshocks, pero mientras me dure este calamitoso estado mental me consolaré pensando que no soy la única, que hay millones de madres agobiadas por todas partes (y en este artículo de Ana Cantarero se explica muy bien por qué) y que ser una madre neurótico-pasiva debe tener algún beneficio pero estoy demasiado ocupada doblando calcetines mientras escribo este artículo como para pensar en ello. 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...