Yes, you can… dejar de fumar

Lunes, 26 de Enero del 2015     |    Por Sara Ballarín

Yes, you can… dejar de fumar

Dejar de fumar suele ser toda una odisea para el adicto a la nicotina que decide romper cadenas. A las necesidades físicas que echas en falta desde que tomas la decisión se unen las psicológicas, que están más arraigadas en el fumador de lo que parece. Por eso, si habéis decidido intentar dejarlo, voy a contaros cómo proceder y no morir en el intento. O, al menos, cómo dejé de fumar yo.

 

A ver, empecemos siendo sinceros: dejar de fumar cuesta. Y mucho. Es un esfuerzo psicológico casi titánico porque el fumador está tan mimetizado con el cigarrillo que, sin darse cuenta, es mentalmente incapaz de hacer según qué cosas sin un "piti" en la mano. Por eso, pequeños adictos que queréis dejar de serlo, yo os entiendo a la perfección. Se pasa fatal. Y lo digo con conocimiento de causa.

Yo era fumadora. De esas para quienes fumar es un auténtico placer, como cantaba Sara Montiel. Me encantaba fumar. A mí sí me gustaba el sabor del humo y su olor. No me molestaba la peste en la ropa, cortinas o la casa en general. Es más, siempre que abría un paquete de tabaco por primera vez, hacía el ritual de quitar el papelito gris, cerrar los ojos y olerlo. Sí, así de enajenada estaba yo. Pero bien que lo disfrutaba y durante muchos años. Hasta que un día decidí que iba a dejarlo. Las razones fueron diversas: que si por la salud, que si mi pareja no fuma y lo tenía fácil, que si se había convertido en un vicio caro, que si me agobiaba depender tanto de algo... Lo que fuera, pero decidí dejarlo. Y yo, que soy un poco lo pienso-lo hago, dejé de fumar de un día para otro; así, a las bravas. Y claro, recaí. Varias veces. Durante los dos meses siguientes sucumbí a algún que otro cigarrillo o mera calada hasta que, pasado ese tiempo, no volví a fumar nunca más. Eso sí, en esos dos meses lo pasé mal. Muy mal. Solo veía que cigarros por todas partes; me faltaba algo en las manos en multitud de situaciones cotidianas que eran raras sin un Lucky Strike; tenía ansiedad por el mono y me apetecía a rabiar. Pero lo importante es que al final lo conseguí. Pienso a menudo en el cigarrazo que me echaría en según qué momentos, pero lo conseguí. Y te cuento cómo.

 

Aquí la sensei te va a enseñar la verdad del universo, pequeño saltamontes.


Para dejar de fumar hay que querer.

Parece simple, pero no lo es. Si no estás realmente convencido y mentalizado; si no has llegado a un punto en el que aborreces tener que fumar y odias esa dependencia, olvídate. Tu fuerza de voluntad se va a poner a prueba así que para ganar la batalla, hay que querer ir a la guerra. O algo así.

 

Mentalízate con tiempo.

Si lo haces a lo bruto, como hice yo, lo más probable es que recaigas enseguida, como hice yo. Así que piensa en un día X en el que quieras dejar de fumar (y no vale a un año vista, que nos conocemos) y mentalízate de forma constante pensando en que ese día vas a dejar de fumar. Resignación, lo llaman.

 

Comunícalo.

Contar a tu gente que vas a dejar de fumar es una sutil forma de presionarte para no desdecirte después. Vamos, que no quieres quedar mal. Eso si tu gente no hace como la mía e inician una porra para ver cuándo vas a volver. Ejem. Pero en serio, pregonarlo a los cuatro vientos ayuda a que te pienses un poco más volver a coger una colilla.

 

Saborea el último cigarrillo.

Sé consciente de que es el último que fumarás y recréate. Observa cómo se consume el papel, escucha el cri-cri que hace y tira la ceniza lentamente. Saboréalo con conocimiento de causa, porque tú sabes que no va a haber más y tienes todo el derecho a disfrutarlo. Que no te quiten eso porque ahora emprenderás un largo y arduo camino.


Esto está chupao, Samsagaz Gamyi. Todo recto y un paseíllo de na.


Comienza la aventura.

Ha llegado el día X y has quemado tu último cartucho. ¿Y ahora qué? Pues ahora te esperan un par de semanas en las que tu cuerpo se ha de habituar a no recibir nicotina (esto si lo haces sin parches y demás métodos, claro). Eso se traduce en que tendrás un mono que lo flipas: algo de ansiedad, hambre, mal dormir y... escupir. Muy asqueroso, lo sé. Pero así es a veces. No te preocupes: pasará. Son quince diítas a más tardar. Después, tu cuerpo se ha acostumbrado y lleva su ritmo normal. Entonces le toca el turno a la mente...

 

Los efectos psicológicos.

Mal humor. Lo que viene siendo que estás con unas ganas de matar sin compasión a todo el que se cruce por tu camino. Sobre todo si se te cruza con un hermoso cigarrillo entre manos. Irascibilidad, suspicacia, cabreo y rabia. Oh, Yeah. Tus amigos estarán por comprarte un paquete de tabaco a ver si vuelves en ti pero sé fuerte, resiste, porque en unos pocos días volverás a ser Dorothy de El mago de Oz y no la bruja mala del Oeste.

 

La confianza.

Bien, ¡lo has conseguido! Has dejado de fumar, has superado el mono y has vuelto a tu estado mental natural. Eres todo un campeón o campeona y has demostrado al mundo que se puede romper cadenas sin excesivo problema así que... por un cigarro que me fume en esta fiesta no pasa nada. ERROR. MUY GRAVE. Por un cigarro o calada SÍ pasa algo: que vuelves. Y no porque ese cigarro te reenganche físicamente, sino porque rompe la barrera mental y abre veda al no parar. No traspasemos esa línea nunca, mejor.  Está muy bien que confíes en tu fuerza de voluntad pero no tientes al mal, por si acaso.

 

Las ventajas de no fumar.

Una vez lo has dejado del todo, te das cuenta de lo que implica ser fumador. Si haces deporte, tus marcas están muy limitadas y condicionadas, algo que en cuanto lo dejas se amplía y de repente corres más, haces más largos en la piscina o aguantas más horas jugando al tenis. Lo que sea que hagas, pero lo notarás en seguida. Más cosas... La comida tiene otro sabor. Claro, tu boca ya no es un tubo de escape así que ciertos matices en los sabores vuelven a tus papilas gustativas y los olores se hacen más fuertes porque el del tabaco ya no lo impregna todo. Vamos, que el mundo de repente es un arco iris lleno de luz y color. Hombre, igual no tanto, vale; pero sí se nota. Por no hablar del bolsillo, ahí sí que se nota. Te gastarás ese mismo dinero en otras cosas, porque de repente tienes una pasta semanal que antes no tenías. Pero... siempre hay un pero. ¿Dejar de fumar engorda? Sí. Punto. Cambiemos de tema.

 

No te conviertas en un Nazi anti-tabaco.

Ahora que ya no eres fumador y que estás más que orgulloso del tremendo esfuerzo realizado (y tienes motivos para estarlo, ¡qué coj...! (qué cojones, me refiero), no lo flipes tampoco y no te vuelvas un Nazi anti-tabaco. La gente sigue fumando ¿y qué? Respeta a todo el mundo como te respetaban a ti. No intentes convencer a nadie de lo que tiene que hacer y no eches pestes de los fumadores empedernidos. Porque tú lo has sido, cielo; y no tiene sentido.

 

El cigarrito mental.

Cuando hayan pasado varios meses, o incluso años, te darás cuenta de que ya no te apetece fumar y de que puedes estar en una boda bailando la conga con una copa en la mano y sin un cigarro en la otra. O contándole a tu mejor amiga algo híper íntimo tomando café sin dar caladas relajantes peeeeeero siempre te acordarás de lo que era tener un cigarrillo entre los dedos en esos momentos. Es algo que no te suele abandonar (en general, claro). No tienes ganas, no te apetece, puedes perfectamente convivir con esa sensación, pero ahí está y no podemos obviarla. Es en esas situaciones cuando hay que hacer un alto, inspirar fuerte y... fumarte un cigarrito mental. Sí. Así en plan Kit-Kat, te imaginas fumando un cigarrazo, incluso sostienes entre los dedos un boli u objeto similar, y sonríes un poco ante la sensación de calmar las ganas. El cigarrito mental nunca falla, creedme.

 

 

¡Vamos, champion!


Se puede vivir siendo ex-fumador. Se puede disfrutar de todo exactamente igual. Sigues siendo la misma persona molona que eres con un cigarro en la mano. Y tu salud, tu economía y la gente no fumadora que te rodea te lo agradecerá. Además ¿has pensado alguna vez en el incordio que es depender de algo? Ahora que abogamos la independencia y la libertad, ¿no te parece que una cadena tan apretada como es una adicción nos hace de todo menos independientes y libres? Así que, siempre respetando a todo el mundo y que cada uno haga lo que le dé la real gana, yo te animo a dejarlo ¡Vamos, que YES YOU CAN!

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Este artículo lo ha escrito...

Sara Ballarín

Sara Ballarín (Huesca, 1980). Estudió Filología Inglesa y actualmente trabaja en una empresa multinacional de telecomunicaciones. Adicta a la comida basura, a los zapatos (nunca el tacón es... Saber más...