Madres sin identidad, la peli de miedo

Madres sin identidad, la peli de miedo

Eran dueñas de su destino. Profesionales independientes. Estaban llenas de sueños. Hasta que Algo sucedió y perdieron su identidad para siempre. Si tú también estás sufriendo ese descoloque total que es la reciente maternidad, puedes pillar algunas ideas en este artículo o al menos sentir que lo tuyo no es un remake de una peli de terror.

Ocurrió una mañana gris de finales de invierno.

Estaba sola en casa y la combinación de frío-silencio-soledad me producía escalofríos.

Habían pasado dos meses desde que había dado a luz a mi primera hija cuando me atreví a mirarme por primera vez al espejo del cuarto de baño y de repente... ¡horror!  Una tía loca y extraña me devolvió la mirada.

Chillido de tropecientos decibelios y pelos como escarpias.

Era como en las películas de miedo, cuando cierras la puerta del armarito de espejo y descubres detrás de ti una presencia maligna. Lo que pasa es que en este caso la presencia maligna era yo misma: una desconocida con cara de muerto, tan desfigurada como si le hubieran dado una paliza mortal y con ropa dos tallas por encima de lo que se suponía que yo solía llevar.

 

No sé qué da más miedo: que aparezca otra persona en el espejo o que alguien piense que me puedo dar un baño en estas circunstancias vitales.

Tras el susto inicial me pregunté qué había sido de la mujer que era yo antes de tener un bebé y en qué lugar se había escondido. Desde luego en el espejo del cuarto de baño no estaba, por mucho que abrí y volví a cerrar la puerta sólo conseguí ver a ese ser desfigurado.

Pero lo que yo no sabía era que yo ya no era yo, me había convertido en otra cosa.

En…

Chan chan chan…

¡MADRE!

¡LA PELI DE TERROR!

Son las tres de la mañana, estás sola en casa, tu bebé quiere juerga y ¡nadie puede ayudarte!

Dejadme que os aclare una cosa que en parte explicará todo este terrible asunto: antes de tener niños yo nunca había sido una de esas chicas obsesionadas con el matrimonio y con asentarse. Estaba demasiado ocupada trabajando horas extras sin cobrarlas, viajando con mis amigos o haciendo chorradas como esgrima como para sentarme a pensar en qué iba a ser de mí en el futuro. Pero de repente una de mis amigas tuvo un bebé y… ya no pude pensar en otra cosa. Sin comerlo ni beberlo me vi rodeada de pañales, baberos llenos de vómitos y lavadoras en eterno funcionamiento (con lo que odio yo tender la ropa). Cambié mi uniforme de creativa publicitaria, pantalones vaqueros desgastados y camisetas locas de Custo, por pantalones vaqueros desgastados más grandes y llenos de lamparones y por camisetas baratas cuyo destino me importase un pimiento. Dejé de hacer esgrima, dar clases de inglés o salir de copas para asistir a clases de yoga con bebés, donde -"Modo Zombie ON"- intentaba hacer el Saludo al Sol mientras aprendía a dar masajes a mi pequeña. Intentaba acostarme cada vez más temprano, prácticamente me desmayaba en la cama, para a continuación despertarme cada tres horas para alimentar a un bebé chillón, cambiarle los pañales y desvelarme durante media hora porque ella era incapaz de sujetar el chupete sola. Deambulé durante días enteros (y algunas noches) por la calle, empujando un carrito con una niña llorando a moco tendido porque era incapaz de dormirse sola/se aburría/tenía gases/a saber qué puñetas le pasaba. 

Me da más escalofríos darle un tazón de chocolate a un bebé para que se lo coma solo que ver Saw con el volumen a todo trapo.

Pero lo peor no era mi aspecto deplorable.

Ni las ojeras kilométricas.

Ni la ropa grande y llena de vómito de bebé.

Ni el Modo Zombie ON.

Lo peor era que me estaba volviendo invisible. Y poco interesante.

Había pasado de ser Rebeca, la joven creativa publicitaria llena de energía y con un montón de intereses a convertirme en la la Mamá De. Como Rebeca podía pasarme horas charlando con mis compañeros y amigos sobre todo tipo de temas de actualidad, los libros que había leído, las películas que había visto, el próximo destino que pensaba visitar, etc. Como Madre De los temas de conversación se me habían reducido a dos: Qué tal era el bebé y Qué tal comía el bebé. En ocasiones también se me permitía hablar de otros dos temas: Qué tal duerme el bebé (y a ti que te den) y Cómo eran las caquitas del bebé (no subestiméis este tema. Es fundamental, los bebés que hacen caca bien son bebés felices y, en consecuencia, sus padres lo son algo… más). A nadie le interesaba saber nada más ni si estaba cansada, agobiada, aburrida o triste porque me sentía feísima. Y cada vez que miraba a mi pequeña niña me sentía culpable de sentir todas aquellas cosas y de ser tan egoísta.

¿Qué me estaba pasando?

Afortunadamente para mí todos los estudios psicológicos recientes hechos sobre la felicidad de las madres recientes demostraban que yo no era un bicho raro. Porque las sorprendentes conclusiones de esos estudios nos dicen que hasta un 60% de las madres que acaban de dar a luz son ¡infelices!

Pero… ¿qué demonios?

¿Cómo es posible?

Todo tiene una explicación: nuestra vida no tiene nada que ver con la de nuestras madres, está claro. Nuestras expectativas son totalmente diferentes. Todas tenemos carreras profesionales, objetivos vitales e intereses. Y por otra parte tenemos encima toda esa presión de que podemos tenerlo todo: la carrera profesional perfecta, la casa estupenda, el tipazo “post-parto” y los niños guapos, sanos y felices.

A mí me dan más miedo las madres perfectas como esta que las madres con ojeras tan oscuras como las de La Novia Cadáver. 

La dura realidad es que tener todo eso es IMPOSIBLE. Ya está, ya lo he dicho. Y es más, preparaos: tener un bebé nunca se parece en realidad a lo que pensabas que sería. A no ser que tu fantasía fuera convertirte en un saco de hormonas descontroladas, cansado avejentado y que fuera por la vida como un pollo sin cabeza. En ese caso: felicidades, nena, lo has conseguido.

Incluso para todas esas amigas tuyas que han sufrido tanto sometiéndose a carísimos y complicados tratamientos de fertilidad la maternidad es tremendamente dura, muy distinta a lo que se imaginaron que iba a ser. No, no se arrepienten. Sí, volverían a hacerlo. Pero ¿por qué nadie les había contado que era tan, tan, tan... así? ¿Por qué nadie les había dicho que iban a dejar de ser ellas para convertirse en otra cosa?

La verdad es que lo que la mayoría de nosotras querríamos es Ser como Antes, pero Después de Tener Niños. Y creedme, la mayor parte del tiempo eso requerirá doble o triple esfuerzo y durante los primeros años de la vida de tu retoño será una labor titánica. Antes eras una “mujer de carrera” o una “profesional”, ahora sin embargo eres una “madre trabajadora”. Como verás la maternidad te sigue definiendo, incluso en tu dimensión profesional. Y las palabras “madre trabajadora” implican mucho más trabajo del que realmente eres capaz de hacer. 

Entonces... ¿no hay esperanza?

No estás loca, ni ves doble, ni protagonizas Psicosis... es que has tenido mellizos.

Por supuesto que la hay. Los niños crecen y, creedme, por muy increíble que os parezca ahora, llegará un momento en el que podréis hacer otras cosas que no sean tender lavadoras, quitar restos de puré secos de la tapicería y hacer pis con espectadores. En algún mágico momento todo el miedo y el terror que sentís ahora desaparecerá para siempre y no viviréis bajo la eterna tensión de qué es lo que va a pasar a continuación, si el niño meterá el dedo en los enchufes o le encontraréis saltando en el sofá sin supervisión (estas cosas me provocan tanto miedo como saber que hay un tal Jason con una sierra mecánica esperándome en algún rincón oscuro de una cabaña abandonada en el bosque). Habrá un día que incluso podréis abrir un libro. Y leerlo. Pero ya sé que ahora os parecen quimeras, sueños de una mujer desquiciada por la falta de descanso. 

Lo entiendo.

Yo también pasé por eso. Y gracias a eso, ahora con la perspectiva de los años, no sólo es mi deber deciros que aguantéis, que todo tiene su fin, sino también daros una serie de consejos que, gracias a la perspectiva que me ha dado el tiempo, os pueden servir para sobrevivir hasta que vuestros hijos se defiendan ellos solos. Aquí van:
 

1.- No lo olvides: eres mucho más que una mamá. Eres una mujer, una amiga, una amante, una profesional, una loca que baila Madonna a todo volumen, lo que sea… Reserva un tiempo, aunque sea ridículo, al día para no olvidarlo. Mantén tus hobbies y tus metas profesionales (aunque las circunstancias te obliguen a tomártelo con más calma).

2.- No te olvides de tu relación de pareja, aunque estéis cansados, aunque llevéis noches sin dormir, aunque ya no recuerdes ni su nombre… intenta hablar al menos cinco minutos al día sobre algún tema que no sea el niño/la niña/el bebé.

3.- Haz un esfuerzo. Levanta ese maldito teléfono y llama a tu amiga del alma. Acércate a esas otras madres en el parque y preséntate. Queda con tus compañeros a comer algún día y aprovecha que tu bebé duerme en el carro para contarles tu idea para mejorar las ventas.

4.- Sé egoísta y haz algo sólo por ti y para ti. Y si tienes que pedir ayuda o implorar, hazlo, pero reserva ya en ese balneario y hazte el circuito entero sin sentir remordimientos.

5.- Renueva tu guardarropa con estilo. Si tu figura post-parto te sumerge en la depresión, haz lo posible por salir de ella. Vete a unos grandes almacenes con servicio de estilismo e intenta que todo lo que compres, por poco que sea, te siente de miedo. Aunque sea dos tallas más grande que la que solías llevar.

 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...