¡SOS! Mi chica amenaza con comprarse otro bolso

Miércoles, 16 de Abril del 2014     |    Por Anita C.

¡SOS! Mi chica amenaza con comprarse otro bolso

Si  tu relación está en peligro debido a tu adicción a los bolsos o eres el otro, el que comparte casa con ella y con cientos de estos accesorios: aquí no encontrarás la solución. Simplemente descubrirás que no estás solo en el mundo y que existen historias 'bag-traumáticas' infinitamente peores que la tuya. 

Todas las relaciones de parejas tienen un talón de Aquiles; ya sabes, un tema delicado, que ambos miembros evitan tocar para no tener una sonora trifulca. Normalmente suelen ser del tipo “mañana vamos a comer a casa de mis padres”, “esta noche no me esperes que he quedado para ver el partido de fútbol en el bar” o “¿qué narices hacen tus cremas y potingues en mi lado del armarito del baño?”.

Por desgracia, en mi relación el tema tabú es menos interesante que estos grandes clásicos. De hecho, la llave que abre la caja de los truenos contiene simplemente 5 letras: B-O-L-S-O. Así de simple: bolso. Es… ¿Cómo te lo explicaría para que lo entiendas? Ya sé: más o menos como la palabra control que utilizan los amantes del BDSM pero a la inversa. Nosotros no paramos lo que estemos haciendo, al contrario… ¡se desata la guerra! Tampoco hay latigazos pero sé que le encantaría esposarme con tal de que no ponga un pie en un centro comercial.

Así de injusta es la vida… Si veo una revista de moda y se me escapa un “¡qué mono este bolso!”, la respuesta automática de mi chico es un fruncido de cejas. Como se me ocurra lamentarme entre suspiros que estoy un poco depre, desde el otro lado de la casa oigo un gruñido que viene a decir algo así como: “Zámpate un helado o una caja de bombones entera pero que no entre un bolso más en casa, por favor”. Y cuando tengo un síndrome premenstrual nivel 10 en la escala de Richter me dice con lágrimas en los ojos: “cariño, de verdad, tu relájate, te doy un masaje de una hora, si quieres, pero nada de bolsos, eh, me lo prometes cielito… Venga… Promételo y deja de cruzar los dedos”. Aysss, ¿me he quejado ya de lo injusta que es la vida?

Si te compras un bolso XL pensando que cuando dejes de utilizarlo te será muy útil para guardar dentro tus antiguos bolsos, cuidado, tienes un problema de adicción

Pero lo curioso de todo este bag-drama es que mis congéneres me entienden a la perfección, así que mi dolencia o adicción,  no es más rara que el lupus. De hecho, he conocido a muchos hombres con verdadera bolsofobia y escavando en sus historias personales he descubierto qué situaciones provocan el síndrome conocido como: bolso-trauma.

1. Cuando los bolsos-zombi invaden tu casa.

Dícese de ese momento en la vida de un hombre que comparte casa con su chica y descubre que cada vez que abre un armario ¿qué encuentra? Una torre de bolsos de diferentes épocas que caen abruptamente sobre su cabeza.

-Cariñoooooo, ¡socorro! Una pila de bolsos se me ha caído en la cabeza.

-Pues colócalos, que por fin te va a servir de algo las horas que echaste de niño jugando al Tetris.

-¿Es que no tienes corazón, mujer? ¡Que estoy sangrando! ¡¡¡Llévame a urgencias!!!

-Sí, claro, me voy a ir de casa tal y como has dejado la habitación con todos mis bolsos desparramados por el suelo.

-Pero, pero… Si tú eres la única responsable de este desastre por almacenar y almacenar cientos de bolsos, bolsitos, bolsacos…

-¡Eih! ¡Para! Estaban bien guardados. ¿Ahora me vas a decir que tengo la culpa de que vivamos cerca de la falla de Alcorcón y con cualquier mini-sismo se te caigan encima? Lo que hay que oír.

Una hora después a este pobre hombre le diagnosticaron traumatismo craneoencefálico.

Sospecho que Olivia Palermo tiene alquilado un loft en NYC sólo para guardar allí sus bolsos. 

2. Cuando toda una vida almacenando bolsos, supone la pérdida irreversible de los objetos personales del otro.

-Amorcito, ¿se puede saber dónde está toda mi ropa del verano pasado?

-¿Has mirado en los armarios de toda la casa?

-Sí, guapa y sólo he encontrado bolsos tuyos o, por la cantidad, incluso los de tus amigas.

-¿Y has echado un vistazo en el trastero?

-Pues claro y también he encontrada hondonadas de bolsos.

-Eehhh, déjame pensar… ¿Y en esas cajas azulitas donde guardabas tus colecciones de dvds, vinilos y antiguallas?

-Quiero pensar que esas antiguallas siguen en las malditas cajas azulitas y no se han movido de allí…

-Ufff, ¡qué tonta estoy! Pues claro que nadie las ha tocado. Tranquilooooo, respira, ya sé dónde está tu ropa.

-¿Y me lo vas a decir alguna vez, CIELITO?

-Claro que sí. La tiré al contenedor de ropa usada para reciclar…  Oye, no me mires así, lo hice por tu bien, que ya estaba muy pasada de moda…

Este buen hombre  se pasó dos días y dos noches en el punto limpio de su barrio. Después de tal experiencia, nunca volvió a ser el mismo.

La única ventaja de hacerte mayor es que cada año que pasa atesoras más y más bolsos.  

3. Cuando ella lanza la gran pregunta: ¿Me sujetas el bolso?

En otras palabras: cariño, carga con este saco de ladrillos.

-¡Uy! Tengo que bailar esta canción sí o sí, con mis amigas. Cari, ¿te importa sujetarme el bolso?

-Ooooh, eso sí que no. ¡¡NO, NO Y NO!!

- Por fi, por fi, te he dicho lo guapo que estás esta noche…

-Qué no me líes, que ya he vivido esta situación y vuelves de la pista dentro de media hora.

-Jooo, te prometo que son cinco minutos, cosita bonita, boquita preciosa…

- De verdad, no me hagas esto, que yo también te quiero pero odio sostener esta cosa rosa fosforito y encima ¡¡transparente!! Joder, que se ve hasta que guardas unos tampones dentro. Me niego…

-¿Y lo que vas a ligar? Las chicas se van a quedar perplejas viendo este pedazo de bolso flúor sostenido por este pedazo de hombre.

-Sí, claro. Más bien pensarán que soy un pedazo gay o ladrón de bolsos.

-O que tienes una novia con un pedazo de gusto increíble.

-No me convences nenita.

-Vale. ¿Ves a través del plástico flúor esa barra de labios? Pues… No es una barra de labios. Si te portas bien puedo compartir este juguetito contigo.

-Me has convencido. Tienes cinco minutos para mover ese culo en la pista y volver aquí.

Tres horas después, el chico de la discoteca acabó en una esquina de la barra con su octavo Gin tonic en mano, explicando a un aburrido camarero por qué sostenía en su regazo un Furla rosa flúor mientras su chica bailaba por quinta vez el Happy de Pharrell Williams.  

Si guardas una linterna en tu bolso de Furla transparente, ¡ya tienes lámpara!

También puedes ponerlo en la bandeja del maletero de tu coche con un perro dentro. 

4. Cuando ella tiene un BBD (bad bag day).

-Mierda, mierda, mierda ¡Qué semana llevo!

-Vaya forma de entrar en casa. ¿Te ha pasado algo malo en el trabajo?

-¡Qué va! ¡Ojalá! Me quejo de este puñetero bolso, que es monísimo, la envidia de la oficina, pero el muy capullo se ha tirado toda la semana haciendo pitar las alarmas de las tiendas por las que he entrado y para colmo hoy se le ha roto el asa.

-Uhhhhhhh, ¿problemas en el paraíso?

-No te burles, que no hay cosa peor que se te desparrame todo el contenido de un bolso en pleno andén del metro.

-Bueno, mujer, pues tíralo y utiliza otro de los miles que tienes guardados en cada rincón de esta casa.

-Ah, no, ninguno de esos puede suplir a este magnífico ejemplar.

-¿Pero no lo compraste en el Primark?

- Sí ¿y? También te conocí a ti en unos recreativos de Carabanchel y te amo todavía.

-Digo yo, ¿por qué no te compras un bolso bueno, pero de los buenos, aunque sea carísimo en lugar de cientos de esos que huelen a petróleo chungo?

-¡Qué buena idea! Siempre he soñado con tener un Prada…

Este hombre fue tan insensato que tuvo que tragarse sus palabras, entre otras cosas porque no tenía nada más que echarse a la boca durante ese mes cuando el banco le pasó el pago del fabuloso Prada a su cuenta de ahorros.    

Una amiga de una amiga estuvo comiendo huevos y patatas durante meses para poder comprarse una preciosidad de estas.

5. Cuando el bolso no cumple la función para la que fue creado.

-Princesa, ¿estás ya lista? A este paso llegaremos a la boda cuando los novios se hayan divorciado.

-Sí, sí, pero ¿me puedes guardar este paquete de pañuelos en uno de tus bolsillos?

-Por supuesto.

-¿Y un tampón y mi barra de labios?

-¿Pero no pasaste seis meses buscando un bolso especial que combinara con tus zapatos, tu vestido, mi corbata  y de paso, con los adornos florales de la iglesia?

-Claro… Y aquí está. Mira que joyita es. Me entran ganas hasta de besarlo.

-¿Y por qué no guardas tus cosas en él?

-Es evidente. No caben.

-¿Y por qué no te compras un bolso en el cual quepan todo lo que necesita una mujer?

-¡Qué gracioso! Entonces necesitaría una maleta. Venga, que no llegamos, guárdame…

-Lo siento, monina, pero odio parecer un fontanero con toda la herramienta guardada en los bolsillos.

-Ay…. ¡Qué paciencia! ¿Ves ese pintalabios que te he dado para que me lo guardes? Pues no es un pintalabios…

-Para el carro e cuéntame otra, que esa historia ya me la sé…

Tres horas después, cuando terminó el banquete, este caballero estaba a cuatro patas buscando el dichoso bolsito joya de su chica entre las mesas del jardín donde se había celebrado la boda.  Para saber el motivo que le llevo a esta humillante postura tendríamos que remontarnos a una hora antes, cuando se puso la chaqueta del traje, que apoyaba en el respaldo de la silla, y sufrió un tirón en las cervicales por el peso de dicha prenda. Entonces descubrió que alguien había guardado en los bolsillos  de la americana polvos de maquillaje traslúcidos, un maldito tampón, unas toallitas higiénicas, un tubo verde que ponía antifricción de Compeed y un pintalabios. Se enfureció tanto que lanzó por los aires el bolsito-joya de ella que estaba colgado en la silla de al lado. Satisfecho por su venganza decidió tirar al quinto pino cada objeto personal que ella había guardado en su chaqueta sin permiso. Pero cuando le llegó el turno al pintalabios, lo abrió ¿y qué vieron sus ojos? ¡¡No podía creerlo!! Justo en ese momento, respiró profundamente mientras se retiraba el pelo de los ojos y se agachaba al suelo en busca de esa preciosidad de bolso antes de que ella volviera del baño y descubriera lo malvado que había sido.

Si prestas más atención a los bolsos que luce JLo que al novio que suele llevar colgado del brazo, reconócelo: tienes un serio problema de bolso-adicción.

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Este artículo lo ha escrito...

Anita C.

Anita C. (Madrid, 1974). Redactora freelance de moda y belleza y madre de un niño y una niña. No le da vergüenza admitir, que no lleva nada bien lo de cumplir años, ni pasar todas sus tardes... Saber más...