Yo estaba allí cuando llegó internet

Yo estaba allí cuando llegó internet
Viernes, 20 de Noviembre del 2015     |    Por Abril Camino

Yo estaba allí cuando llegó internet

Siempre he tenido un alma friki bastante arraigada. Además, me pasé la adolescencia rodeada de especímenes masculinos fascinados por la informática y los coches a partes iguales (pobrecillos, no veían una teta ni por error). Todo ello, unido a mi innata curiosidad por probarlo todo, hizo que, cuando internet llegó a nuestras vidas, yo estuviera allí.

Los más frikis que yo, los ingenieros informáticos y la Wikipedia pueden fijar la llegada a España de internet donde quieran, pero yo lo tengo clarísimo. Internet llegó en mi primer año de carrera, allá por 1998. Y estos fueron los diez hitos que marcaron mis comienzos:

1. Mi primera cuenta de correo

No recuerdo el nombre de mi primera cuenta de correo, pero sí me acuerdo de que el servidor era lettera.net, porque «Lettera lo va a petar muchísimo, no como ese Hotmail, que es muchísimo peor». Me la abrió un amigo con derecho a roce en el aula de ordenadores de su facultad. Nos pasamos un par de horas, fumándonos las clases, que es una de las cosas que mejor hacíamos, enviándonos emails el uno al otro como verdaderos imbéciles. Me fui a mi casa fascinada con lo que las telecomunicaciones podían aportar a nuestras vidas. Y eso que podría decirse que no había llegado a captar del todo las dimensiones del asunto. Porque, en las siguientes semanas, cada vez que mi amigo me proponía quedar en mi casa, la suya, mi facultad o un bar, yo insistía e insistía en quedar en el aula de ordenadores de su facultad porque… ¡allí era donde estaba mi cuenta de correo! Imaginaos el nivel de orgasmo informático el día que me dijeron la frase «Tu correo electrónico está en cualquier lugar del mundo en que haya una conexión a internet». Yo creo que aún no me he repuesto del todo.

¿¿Cómo que internet no está solo en mi ordenador??

2. Esa insoportable atracción hacia el “todo gratis”

No, no hablo de piratería. En 1998, al menos para mí, lo de descargarse cosas era algo más que ciencia ficción. Hablo de que los publicistas de aquella internet prehistórica lo tenían muy facilito con los "monguers" que componíamos su público objetivo. Y la caña de España en aquel final de milenio eran las listas de distribución GRATIS. Vamos, lo que viene siendo un mailing de toda la vida, una figura que, milagrosamente, aún persiste en este mundo 2.0. A mí me parecía fascinante entrar en una web de fontanería, literatura peruana o punto de cruz y escribir mi correo electrónico en aquella casillita que me permitía recibir información GRATIS. ¿Os imagináis? ¡Cuánto altruismo! ¡Me enviaban unos correos larguísimos ofreciéndome sus productos a mi propio correo electrónico! Tardé unos tres años en darme cuenta de que formar parte de todas las listas de distribución del mundo hispanohablante era un puto coñazo. Lentísima, lo sé.

3. Andy y John nos cierran el Messenger.

Las cadenas de mails eran al año 2000 lo que los grupos de “Señoras que” al 2009 y los influencers de Twitter al 2015. Lo más, vamos. Las había de todo tipo, y yo, que siempre he sido una tía lista y avispada, no me las creía y las metía directamente en la papelera de reciclaje. Salvo una, que le provocó una taquicardia a mi alma ya adicta a internet por aquel entonces. Andy y John, los dueños de Microsoft, me anunciaban que Hotmail cerraba. Andy y John, ojito; no Bill Gates. Andy y John, que –llamadme estricta– no parecían hablar como dos CEO de una de las mayores empresas del mundo. Andy y John, que dirigían MSN, pero eran incapaces de comprender el uso de los signos de puntuación. ¡Aaay! Andy y John, si es que hasta los echo de menos.

Andy y John, un clasicazo

4. El mundo del GIF.

Es alucinante que el GIF, como concepto, siga sobreviviendo en la era YouTube. Pero es que un buen GIF es siempre algo magnífico. A las pruebas me remito:

Si se pudiera tatuar un GIF, este sería un firme candidato.

El problema en los 90 era el abuso del GIF. ¿Quién no se encontró nunca con una web en construcción presidida por un GIF de un obrero? ¿O una arroba dando vueltas para mostrar el correo electrónico del propietario de tan lucida web?

Pero, oye, todos esos GIF tenían su sentido. El problema llegaba con los que eran únicamente “decorativos”. Y, de entre todos ellos, allá por 1999, había un único rey y señor. El puto bebé de Ally McBeal:

Han pasado quince años y aún me ha dado un estremecimiento de grima al verlo.

5. El Messenger.

Ni Facebook, ni Twitter, ni mariconaditas de Pinterest ni leches. El verdadero salto a la interacción social a través de internet llegó de la mano de nuestro amiguito verde. Qué recuerdos del Messenger… sobre todo para los que nos pilló en el principio de la veintena, con todo el ligoteo, mamoneo y las indirectas. ¡Aaaay! ¡Las indirectas! Yo no sé cómo será el mundo Tinder –a ver, sí, sí lo sé, pero no hemos venido aquí a hablar de esto–, pero lo de la indirecta a través de estado de Messenger es lo más parecido que tuvimos a Twitter o a frase que acompañar de foto de pies en Instagram.

Esa puta locura de frases venía acompañada de dos características básicas: la esquizofrenia "mayúsculo-minusculiana" y los packs de letras decorativas. Cielo santo. Qué bueno que desapareciste, Messenger.

Esta esquizofrenia era el Messenger. Qué nostalgia, ¿no? ¡NO!

6. Los PowerPoint de gatitos.

Siempre he pensado que la invención del PowerPoint fue la venganza de los nerds informáticos de Silicon Valley contra las personas que no sufrimos acné. Así, sin caer en tópicos. Pero es que… por Dios santo, ese jodido programa se ha cargado las conferencias universitarias, los congresos, las bodas (esas horribles presentaciones de fotos de los novios desde pequeños)… ¡todo! Y los ensayos para cargárselo todo los iniciamos aquellos protousuarios de internet que nos creíamos Scorsese creando PowerPoints. Sí, lo reconozco, yo también hice alguno. Y eran espantosos. Y sí, claro, tenían transiciones con la imagen volando y un fondo de sonido de aplausos. Afortunadamente, yo siempre fui discreta y los conservé en mi ordenador. Pero hubo gente que se vino arriba con su creatividad, llenó el PowerPoint de gatitos, añadió muchas letras de color rosa, una música de fondo jodidamente similar a un politono (¡ay! ¡los politonos!) y lo envió al mundo. Y comenzó el infierno.

Si es que son taaaan monos… ¡NO, NO! ¡HORTERA! ¡ES HORTERA!

7. El inconfundible sonido del módem.

Hace ya tiempo que conectarse a internet consiste en encender el portátil y que la WiFi funcione. Fin del asunto. Pero, ¿quién no recuerda aquellos módems de chillido agudo que había que conectar y desconectar de la línea telefónica? A mí, aquella conexión a internet antediluviana estuvo a punto de costarme la relación con mi familia. Debemos de querernos mucho para haber sobrevivido a aquello. Yo llegué a un punto de adicción en que conocía el tonito exacto del módem en que estaba a punto de conectarse y saltaba sobre la silla como si en el IRC me estuviera esperando Brad Pitt.

8. Los cibers.

Hubo un tiempo en que no todos teníamos internet en casa. Es más, aunque yo fui de las que logró convencer a sus padres muy pronto –tras una campaña agotadora, eso sí–, hubo un añito aproximadamente en que la conexión a internet dependía de la disponibilidad del aula de ordenadores de la facultad o de aquellos lugares lúgubres y oscuros llamados cibers. Que yo no digo que en un mundo ideal, los ciber-cafés no fueran lugares ultratecnológicos con camareras vestidas de neón. Pero en mi ciudad de provincias, allá por 1998, los cibercafés ni siquiera eran cafés. Eran cibers, así, a secas. Y consistían en antiguas salas de máquinas recreativas reconvertidas, con unos cuantos ordenadores en un rincón, un encargado que solía dar bastante miedo y mucho humo. Porque, recordemos, era una época en que se podía fumar en todas partes. En aquellos cibers convivíamos frikis de primera generación, gamers que empezaban a descubrir aquella cosa loca de los juegos en red y pajilleros. Vamos, una representación bastante certera de lo que venía siendo la red en sí. Yo, que solía ser la única chica de aquellos antros, puedo afirmar que pasé mucho, mucho miedo.

Expectativa vs realidad

9. Comic Sans.

No nos podíamos olvidar de nuestra buena amiga, la tipografía Comic Sans. La odiamos tanto, tantísimo, que creo que acabaremos convirtiéndola en algo hípster que acabará por ponerse irremediablemente de moda. Dios quiera que eso no llegue a ocurrir. Comic Sans ha ido pasando por todas las fases: cuando nadie la conocía y el que la usaba era hasta un poco alternativo; cuando ya todo el mundo la utilizaba para ab-so-lu-ta-men-te-to-do; cuando empezamos a odiarla; y, finalmente, cuando se convirtió en el hecho diferenciador que pone el foco sobre cualquier persona que utiliza un procesador de textos por primera vez.

Uno de los mejores “zas, en toda la boca” que he visto jamás.

10. El bucle espacio temporal de la llegada de nuestros padres a internet.

Los nueve puntos anteriores me producen una mezcla de añoranza y pavor. Este décimo punto SOLO produce pavor. Del bueno, además. Cuando ya todos nos las prometíamos muy felices, con nuestras conexiones de banda ancha, nuestros correos de Gmail libres de spam y nuestras redes sociales responsablemente utilizadas… llegaron nuestras madres. Y se desató el caos. Todas hemos pasado una temporada de training tecnológico de nuestras madres, solventada con mayor o menor éxito en unas cinco millones de llamadas que siempre, absolutamente siempre, empiezan con un «Hija, que estoy aquí en el ordenador, y no sé cómo se hace…». Y, un buen día, creemos que lo tienen todo más o menos controlado y que vuelan solas. Y sí, lo hacen. Eso lo descubrimos el día en que nos llega un mail de fondo turquesa, con grandes letras en Comic Sans amarillo con el texto «Mira qué bonito. Te va a encantar». Y un adjunto. Sí, claro: un PowerPoint de gatitos. Esa es la manera que tienen nuestras madres de devolvernos a los veinte cuando ya casi rozamos los treinta y cinco. Quizá tendríamos que agradecérselo.

 

 

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Este artículo lo ha escrito...

Abril Camino

Abril Camino (A Coruña, 1980) es licenciada en dos filologías porque una no le parecía suficiente drama. El origen de todos sus problemas está en ser adicta al sol y vivir en Galicia. Optimista... Saber más...