Aventuras de una emancipada: la nevera, era, era, eh, eh

Aventuras de una emancipada: la nevera, era, era, eh, eh
Viernes, 13 de Noviembre del 2015     |    Por Maite Fernández

Aventuras de una emancipada: la nevera, era, era, eh, eh

Lo malo de las neveras es que hay que rellenarlas cada cierto tiempo. Al menos una vez a la semana. Y requieren más atenciones que una mascota. 

Mi nevera es algo así como la estepa siberiana hecha electrodoméstico. Ella y mi despensa están siempre bajo mínimos. Sé que ambas me odian y de participar ambas en un Gran Hermano estoy segura que harían piña junto con la lavadora para nominarme y expulsarme de la casa. No me han dicho nada todavía pero sé que se sienten vacías por dentro.

Esta semana tirada en el sofá viendo un episodio de The Walking Dead me dio por pensar cuánto tiempo podría yo sobrevivir con los alimentos que tengo en la despensa durante un hipotético apocalipsis zombie. No tuve mucho que pensar: poco. Luego recordé que tengo los tres cajones del congelador llenos de tuppers de lentejas, platos de arroz al horno y longanizas de pueblo. Entonces, hice una estimación más optimisma: lo suficiente como para esperar otra tanda de tuppers maternos.

No os engañeis. El amor de una madre se mide por los tuppers que te manda.

Aún teniendo lo mínimo, hace justo dos días descubrí que tenía compañía en mi despensa. ¿Quién podía imaginar que entre la lata de espárragos, el paquete de arroz y el cartón de leche se iba a camuflar una lata de atún en mal estado? Os voy a ser sincera: no fue una situación agradable descubrir que no vivía sola. ¿Qué es lo que más me molestó? ¿Limpiar? ¿El olor putrefacto? No. Me fastidió mucho que se escaquearan de pagar su parte proporcional del alquiler y de limpiar el cuarto de baño. Menuda panda de gusanos.

La verdad está ahí dentro.

Desde que me independicé (hará ya un par de meses) decidí que iba a comprar al día para intentar no tirar nada de comida. Admito que esta medida me supone cierto nivel de estrés cuando salgo tarde del trabajo y corro al supermercado a la caza de alimentos. Creo que tengo que, en alguna de mis carreras, tengo que haber roto la barrera del sonido.

En realidad, la nevera es nada más y nada menos que una caja enorme que se pasa vacía la mayor parte del tiempo y que tienes que limpiar cada vez que la llenas. 

Aparte del estrés también me provoca cierto desajuste estomacal. Y es que, cada día que pasa miro con más respeto al cartón de leche que descansa apaciblemente en la puerta de la nevera. Ese cartón de leche que lleva conmigo más de una semana y que miro con auténtico miedo cuando le quito el tapón y bebo un sorbito mientras deseo, con todas mis fuerzas, que su contenido sea siendo sencillamente leche.

Y mira, hablando de sonido… a veces mi nevera intenta establecer comunicación conmigo y se pone a pitar y yo, sin perder en un momento la compostura, la miro muy seria y procedo a dar en voz alta la hora de la muerte.

 

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Este artículo lo ha escrito...

Maite Fernández

Maite Fernández (Gandia, 1981) Diplomada en Biblioteconomía (Bibliote… ¿qué?) y Documentación es librera de día y escritora de noche. Emplea el poco tiempo libre que le queda en practicar el noble... Saber más...