Las compras que acabaron con el espíritu de la Navidad

Las compras que acabaron con el espíritu de la Navidad
Jueves, 3 de Diciembre del 2015     |    Por Rebeca Rus

Las compras que acabaron con el espíritu de la Navidad

Todos los años la misma historia. Todos los años te dices que esta vez será diferente. Un detallito para cada uno y se acabó. Tres cositas de nada y punto. Pero todos sabemos que eso es una falacia. Así que… ¿estáis preparados? Tres, dos, uno: ¡comienza la carrera regalística!

Todo el mundo habla de la cuesta de enero, pero de lo que nadie habla es de que si es tan dura es porque antes nos hemos lanzado en plancha y sin frenos por el barranco de las compras de Navidad. Y es que el mes de diciembre se ha convertido en una vorágine de compras desmesurada, en una orgía consumista en la que no sólo te dejas la extra y lo siguiente, sino también las ganas de vivir y de volver a comprar algo durante el resto de tu vida (hasta que llegan las rebajas de enero y con ellas las ganas de volver a quedarte en números rojos).

Todos los años te prometes lo mismo: que esta vez será diferente. Comprarás un detallito para cada uno, para que sepan que te has acordado de ellos (y sobre todo, para que no piensen que eres un miserable tacaño) y sanseacabó. Pero a la hora de la verdad, una vez metido en faena, te da un miedo atroz quedarte corto (y que se confirme que lo tuyo no es vaguería supina sino tacañismo extremo) y esa bufanda tan cuqui que te parecía estupenda para tu hermana ahora es como... poquita cosa. Así que además de la bufanda, te acuerdas de aquellos botines por los que ella lleva meses suspirando y haces de tripas corazón para acercarte al centro a pelearte con otros miles de compradores y conseguir el último par.

En esto se va a convertir un centro comercial cualquiera de nuestro país durante el fin de semana del Puente de Diciembre.

Y cada año es peor. Porque cada año la lista de personas a la que regalarle cosas crece y crece más. ¿Qué culpa tienes tú de que la gente se junte en pareja? ¿Qué culpa tienes tú de que se empeñen en reproducirse? Ninguna, pero el resultado es que ahora tienes una lista el doble de larga de individuos a los que regalar. Y eso contando sólo a los que entran en la categoría de parientes: cuñados, cuñadas, sobrinos, primos, los hijos de tus primos, los primos de tus primos, esa vecina de tu suegra que siempre está metida en su casa…

Os preguntaréis dónde está mi espíritu navideño. Está en el lugar al que yo quiero ir, pero nunca me dejan: en las Bahamas.

Pero en diciembre no todos son regalos, también está el desembolso brutal que hacemos en comida y en bebida y en otras chorradas que vamos a catalogar en el capítulo de Extras Absurdos de Temporada. Vamos a analizar todas las categorías de compras típicas de este mes con el único objetivo de que sepáis a que os enfrentáis.

LOS REGALOS

Yo no sé en qué momento la Navidad se convirtió en una competición para ver quién se lleva el Premio al Regalo Más Original y Súper Especial (o el más caro, si no tienes imaginación). En mi caso no tengo bastante con hacer mi propio brainstorming personal e intransferible de qué voy a regalar a quién, además tengo que pensar soluciones creativas para otros parientes que alegan que ya están mayores para saber de qué va la vaina. Una excusa como otra cualquiera para pasarme el marrón y que me dé el jamacuco definitivo.

Así es como te venden en los medios que son las compras de Navidad.

Pero en mi opinión salir de compras navideñas se parece más a esto. O a sacar la basura.

Y comprar los regalos no sólo consiste en saber QUÉ comprar. También hay que buscarse la vida para ir a comprarlo, lo que en condiciones normales requiere el valor y la logística para emprender una expedición que ni la de Robert Peary cuando decidió ser el primer tipo en pisar el Polo Norte. Pero ¿por qué dar rienda suelta a tus pensamientos suicidas en el centro de tu ciudad cuando hoy en día puedes comprar todo por internet, sin moverte del sofá de tu casa? O, mucho mejor, apostar por el comercio de barrio, que necesita todo nuestro apoyo y está de capa caída. Este año pienso comprar todo lo que necesito sin salir de mi manzana y mataré dos pájaros de un tiro: seguro que no hay regalos más creativos y originales que los que yo pillo en la Ferretería Paco y en Confecciones Merceditas.

LA COMIDA

Hace dos semanas me ofrecieron en el mercado una lubina salvaje a un precio de ganga. “Para que te la lleves a casa y la congeles hasta Navidad, que luego la cosa sube mucho”. ¿Quééééé? ¿Me estás diciendo que tengo que comprar ahora la lubina, salvaje para más INRI, y estropearla en mi congelador porque dentro de tres semanas voy a necesitar un crédito bancario para hacerme con ella? Pero, pero… ¿no es mucho mejor comérmela ahora y tomarme unos huevos fritos en Nochevieja? Entiendo que hace unos años era normal hacer un esfuerzo en Navidad y matar a Pitito, ese cerdo tan mono que mis abuelos llevaban cuidando meses para celebrar que un día es un día. Pero, reconozcámoslo: en la actualidad todos los días son iguales y siempre te viene fatal comprar angulas de verdad y percebes. Nadie tiene a un Pitito en casa ni cría pollos. Pero pollos comemos a diario, hormonados, eso sí, y hasta que compruebe que lo me está saliendo en la frente no es un tercer ojo no voy a ser yo quien diga que está mal. Pero da igual lo que yo piense: en Navidad perdemos (perdéis) todos la cabeza comprando comida y bebida. ¡Hala! a comer y comer más hasta acabar con el hígado peor que el tipo de Crónicas Carnívoras (ya hablamos en Los Urkel de las redes sociales un poquito de él). Y a gastar como si no hubiera un mañana. 

Yo, tú, vosotros, el día de Año Nuevo, después de haberos bebido el mueble bar y zampado doscientos o treinta y dos canapés.

Es la única época del año en la que nos atrevemos a comprar capón y pularda, que son pollos en diferentes fases de crecimiento, pero mucho más caros. Y me diréis: es que en otras épocas del año no se pueden comprar en ningún sitio y hay que aprovechar ahora que se puede. Y yo os digo: dejad de beber y fijaros en lo que estáis pagando por un pollo que está para entrar en la E.S.O. y con un nombre rimbombante. O el marisco. El marisco está mucho más bueno cuando después no tienes que meterte una pierna de cordero y no te has trasegado medio kilo de polvorones mientras ponía la mesa. Sin embargo, el día de Navidad el marisco, por muy exquisito que sea, te deja un regusto como de “voy a reventar” y una gota galopante que no compensa. Mejor comerse los percebes un sábado cualquiera que no sentado al lado de tu cuñado, el gumias.

Yo reto a este tipo a venir a comer en Año Nuevo a casa de mi suegra.

LOS EXTRAS ABSURDOS

Si sois padres ya sabréis que en diciembre no sólo hay que rascarse el bolsillo para comprar un montón de naderías absurdas para los festivales de Navidad y otras actividades del colegio, también hay que volverse loco para encontrarlas. A mí este año me han dado la oportunidad de perder el raciocinio buscando una peluca de angelito de color azul. ¡¡Azul!! ¿No podía ser más difícil aún? ¿O más absurdo? ¿No podían encargarme encontrar un ornitorrinco de cola fucsia y pico pardo? ¿O resolver un asesinato a lo Agatha Christie? El año pasado tuve el placer de hablar con todas las encargadas de todos los H&M de mi ciudad para dar con una falda de tul de color amarillo pollo con un ribete dorado. Sólo podía ser esa falda, esa y nada más que esa. La solución fue llamar a la profesora con tal ataque de ansiedad que al final la niña pudo ir con la falda que nos dio la gana. Si a esto le sumamos que tengo otra niña más, con sus propias peticiones absurdas, el mes se convierte en una triste y desesperante imitación de una película de aventuras, un sinfin de pruebas, cada vez más complicadas, en las que yo voy recorriendo la ciudad siguiendo pistas y resolviendo crímenes. Todo muy festivo. 

Parece Nicolas Cage en un fotógrama de La Búsqueda, pero en realidad es Rebeca Rus interpretando las pistas para dar con el chino de su barrio en el que venden pelucas azules.

En resumen, acaba de empezar el mes y yo ya estoy temblando. Y no os cuento mi tarjeta de crédito. La pobre se ha parepetado en un bolsillo interno de mi monedero y amenaza con desimantarse si me arrimo a ella. Yo ya me he hecho seis listas con las cosas que tengo que comprar para regalar, las cosas que tengo que pensar para que regalen los demás, las cosas que tengo que volver a pensar por si se caen las otras cosas, lo que tengo que pillar en el mercado y las absurdeces varias que me mandan en el colegio. El resultado es que acabaré regalándole a mi madre una lubina salvaje y a mi cuñado le va a caer, sí o sí, una peluca de ángel de color azul. Ya te digo.

 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...