Los peligros de automedicarse

Los peligros de automedicarse
Miércoles, 29 de Abril del 2015     |    Por Raquel García E...

Los peligros de automedicarse

La llegada de la primavera supone para muchos de nosotros un momento de tremenda alegría. Básicamente porque después de pasar meses bajo capas de ropa y viviendo en la misma oscuridad que el Conde Drácula, llega lo que ya se conoce comúnmente como “el caloret”. El primer día nos venimos arriba. Incluso enloquecemos y nos vamos a cambiar toda la ropa de los armarios. Estamos muertos de ganas de celebrar la llegada del buen tiempo, de más horas de luz  y de ese aroma que parece invitar a no estar en casa ni un segundo más. 

Pero no todo va a ser dicha. El cambio de estación trae consigo algo espantoso para muchos: La astenia primaveral. Dicho así suena incluso a enfermedad importante pero si lo traducimos por “estar en plan alga todo el día y solo tener deseos de vivir adosada al sofá del salón” queda mucho más ligerita la cosa y, sobre todo, mucho más ajustada a la realidad. Hasta la fecha lo he ido sobrellevando a base de cafeína pero, supongo que como me hago mayor, este año el agotamiento ha sido tal que tuve que consultar con un profesional. Así es que fui a la farmacia. Sí, ya sé que debería haber ido al médico pero sois tan conscientes como yo de la pereza que da pedir hora solo para contarle al doctor que te vas durmiendo por los rincones.

Así es que hace un par de semanas me planté en la farmacia habitual dispuesta a solucionar ese cansancio que me tenía apavada todo el santo día y con una lentitud mental exagerada incluso para mí. Después de contarle al farmacéutico mis síntomas y explicarle más o menos por encima mis actividades cotidianas salí de allí con una bolsa de complejos vitamínicos, hierro y minerales dignos de Catwoman. Se me dibujó una sonrisa en la boca al pensar que, en apenas unos días, estaría igual de hiperactiva que la Hormiga Atómica de mi tierna infancia.

Estaba igual de energética que la Hormiga Atómica. Siempre a tope 5.0

Recuerdo que era lunes porque yo siempre empiezo este tipo de cosas como dietas, gimnasios y vida sana a principios de semana. Mientras desayunaba me tomé todas las cosas que me habían recomendado en el orden y cantidad que me habían especificado. ¿Resultado? Durante todo el día estuve igual de cansada que antes. Me fui arrastrando por el despacho y me costaba la misma vida escribir tres páginas seguidas. Sin embargo, al terminar la jornada pensé que las vitaminas en cuestión no iban a hacer efecto tan rápido y que necesitaba darles al menos un par de días para notar algo. Así es que a lo largo de una semana fui llenando mi cuerpo de todos esos minerales que se suponía que me faltaban.

Un, dos, tres energía otra vez

Cuando llegó el fin de semana sentía un cosquilleo especial que recorría todo mi cuerpo pero no se diferenciaba en mucho de la emoción que me embarga cada viernes a mediodía cuando apago el ordenador y me despido del trabajo hasta el lunes siguiente. No le di tampoco demasiada importancia al hecho de que durante el sábado me diera por levantarme temprano para ir al gimnasio y zumbarme dos clases seguidas. Pensé que después de la pasta y del esfuerzo que me cuesta hacer deporte era hasta normal.

La revelación me llegó la mañana del domingo cuando sospechosamente me dio por arreglar todos los armarios de casa, incluidos esos de la cocina en los que vas almacenando conservas y paquetes de pasta. Tenía tanta energía en el cuerpo que no podía parar. Como ya estaba metida en harina también aproveché para pasar la aspiradora por toda la casa, limpiar los cristales y salir a correr un rato por la playa. De regreso al dulce hogar me di una ducha pensando que podría disfrutar de un rato de sofá y lectura relajada. Sin embargo, nada más tumbarme mi cabeza empezó a hacer un repaso de todas las cosas que tenía que hacer y que había ido demorando durante las últimas semanas. Aunque puse todo mi empeño en la lectura, diez minutos después estaba corriendo por toda la casa como alma que lleva el diablo. En apenas unas horas había pasado de ser el coyote a convertirme en correcaminos. Era como si mi cuerpo se hubiera multiplicado por diez y tuviera el don de la ubicuidad. Podía estar a la vez en la cocina preparándome un plato de pasta, en el cuarto de baño quitando la cal del grifo y en el despacho escribiendo páginas de mi próxima novela. ¡Qué maravilla de vitaminas, oiga!

Preferí ser el Coyote a convertirme en el Correcaminos

Sin embargo al llegar la noche tenía el mismo subidón que un DJ en plena sesión de House. Como ya tenía mi casa limpia como los chorros del oro me lancé a la lectura. Cuando me di cuenta eran las siete de la mañana y no había pegado ojo. ¡¡Pero me sentía tan bien!! Y de esta guisa he pasado tres semanas más hasta que hace un par de días mientras desayunaba noté literalmente cómo me cuerpo se desdoblaba en dos, el corazón me iba a la misma velocidad que en el final de “Los Puentes de Madison”. Al principio me quedé emocionada con esta nueva sensación. Podía verme casi desde las alturas sentada frente a la taza de café mientras que mi otro yo comenzaba con la rutina diaria. Así estuve durante no sé cuántas horas. Hasta que me di cuenta de que me costaba mover los brazos y las piernas, que todo mi cuerpo temblaba como una hoja.

Os ahorraré la descripción de los minutos posteriores. Solo os puedo decir que en cuanto fui capaz de moverme metí todas las vitaminas en una bolsa y las llevé a un punto de recogida de medicación. A medida que han pasado los días el subidón se me ha ido pasando. Vuelvo a ser el coyote y correcaminos ha vuelto a ser un dibujo animado. Tengo sueño por las mañanas y después de comer pero, por lo menos, he dejado de ver dragones rosa paseando por el salón. 

 

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Este artículo lo ha escrito...

Raquel García Estruch

Raquel G. Estruch (Benidorm, 1973). Contadora de historias y madre.

Licenciada en Periodismo por la UAB y en Humanidades por la UOC.  Ha trabajado durante más de veinte años tanto en medios... Saber más...