¿Es incompatible el horario escolar con el laboral?

¿Es incompatible el horario escolar con el laboral?
Jueves, 12 de Noviembre del 2015     |    Por Rebeca Rus

¿Es incompatible el horario escolar con el laboral?

Para ahorraros la tensión haré justo lo contrario que lo que hacía Agatha Christie en sus novelas y os daré la solución YA mismo: sí, lo es, totalmente incompatible. No sólo lo sé yo y el Equipo de Glup Glup, lo sabe todo el mundo. Entonces ¿por qué no hacemos nada por solucionarlo?

Si algún día os cruzáis conmigo por el metro de Madrid y os paso a la velocidad de la luz no penséis que he cambiado mi profesión por la de un cirujano que va a atender una operación a corazón abierto de emergencia (que yo sepa la Sanidad todavía no está tan mal para que el personal atienda los servicios en transporte público), ni que me estoy entrenando para la San Silvestre Vallecana (mis pulmones me han amenazado con demandarme si lo hago)... simplemente es que mi jefe me entretuvo y he salido dos minutos más tarde de lo normal. O en otras palabras: ya no llego a recoger a mis dos niñas a la salida del colegio.

Desde que soy madre voy por la vida con la extraña sensación de que me estoy entrenando para una gymkana invisible. Una serie de pruebas, en todas ellas puntúa la velocidad y mi capacidad para retener el vómito, en las que yo voy corriendo por la calle, saltando escaleras del transporte público, temblando en los vagones, gritando “paso, paso” y sólo me falta agitar un pañuelo blanco o llevar una sirena en la cabeza. Es como si me pusiera de parto a diario. Pero es que es la única manera de llegar puntual a la salida de las clases.

Me lo pido para Reyes.

La mayoría de los colegios de nuestro país tiene un horario de salida fijado entre las cuatro y las cinco de la tarde. No hay más opciones. Sin pagar, claro. Si te rascas el bolsillo puedes dejar a tus hijos una o dos horas más a guardería o a clases extra-escolares al precio de un master en Cambridge  o de una clase particular de ciencias impartida por algún Premio Nobel. Y por lo que pagas por los entrenamientos de ballet casi podría decirse que les está enseñando la mismísima Alicia Alonso y no una chavala de veinte años que acaba de terminar un cursillo. Pero la mayoría de los padres lo pagamos sin rechistar (aunque maldiciendo como gitanas rumanas) porque es la única manera de poder compatibilizar nuestro horario laboral con el horario de nuestros hijos. Porque… ¿cuántos de nosotros salimos a una hora que nos permita trasladarnos y llegar al colegio antes de las cuatro o las cinco de la tarde? Lo normal en nuestro país es conseguir salir del trabajo a eso de las seis y media o siete de la tarde, si eres uno de los pocos afortunados que no tiene que quedarse a hacer horas extras para suplir que tu empresa lleva meses capeando la crisis sin contratar al personal que necesita. Y no mencionemos a los pobres que trabajan en comercio o en hostelería. Esa pobre gente lleva una doble vida que ni la de Batman. Es un hecho: en España los horarios laborales son más largos que un día a dieta depurativa y la travesía de las Minas de Moria nos parece un paseo por el campo comparado con cómo son nuestras vueltas a casa (hay gente en el transporte público que me dan mucho más miedo que un Balroj gigantesco).

Recreación dramática de la salida de Rebeca Rus de la oficina.

Y aunque alguien los recoja por ti, como llegues muy tarde a casa te encuentras con el asunto de los deberes, del que ya hemos hablado largo y tendido aquí en artículos como “¿Deberes sí o deberes no?”. No se trata, como ya he explicado muchas veces por Twitter, de que los padres tengamos que hacer los deberes de los niños porque soy muy complicados, sino que llevan tal carga de trabajo que necesitan asesoramiento, apoyo y ánimo. Mucho ánimo. Y si tú no estás ahí para dárselo se nota mucho. De hecho, los deberes son una muestra de desigualdad tremenda entre los padres que pueden permitirse el lujo de estar con sus hijos o tener a un profesional que les apoye y los padres que no.

Steve Jobs se murió sin inventar la teletransportación y la única alternativa para llegar al colegio a tiempo es pedir que me contraten allí mismo.

Desde hace años existe en nuestro país la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles, una organización sin ánimo de lucro que trabaja por ponerle algo de sentido y lógica a esta vorágine en la que vivimos todos sumergidos. Su presidente, Ignacio Buqueras y Bach, es un hombre de voz pausada y serena, al que le dejan hablar de vez en cuando en la radio o en la televisión. Sus argumentos están cargados de lógica y sentido común. Por eso sólo le dejan hablar de vez en cuando y no todo el rato como a Belen Esteban y a los tronistas de Mujeres, Hombres y Viceversa, no vaya a ser que se nos contagie a todos el sentido común y esto se parezca a uno de esos horribles países nórdicos.  Es habitual ver a Ignacio Buqueras reunido con políticos para convencerles de la necesidad de un cambio en nuestra forma de organizarnos. Todos le dan la razón... como a los locos, porque a la hora de la verdad nada ha cambiado. Ni tiene visos de cambiar. Pedir que los españoles salgamos del trabajo como muy tarde a las cinco es más difícil que encontrar a una persona que entienda Mullholand Drive de David Lynch.

Un político español cualquiera después de reunirse con la Comisión Nacional de Racionalización de Horarios Españoles. En un restaurante asturiano.

Pero la incompatibilidad entre el horario escolar y el laboral no sólo se produce a diario. No sólo no llegamos a recogerles. Es que no llegamos a hacernos cargo de los niños durante casi un tercio del año. De media, hay una semana de vacaciones por cada seis semanas de clase. Lo que quiere decir que son como unos 178 días lectivos de los 365 días que tiene el año. Tú sólo tienes 30 días naturales y dando gracias (y muchos ni siquiera eso). A las vacaciones de verano (necesarias, por supuesto, pero ¿no podrían ser sólo dos meses como en muchos países de la Unión Europea?) y las de Navidad o Semana Santa (necesarias, pero ¿por qué no nos las dan a nosotros?), se les unen los días de fiestas nacionales, autonómicos y locales. Pero como no es suficiente, de vez en cuando te encuentras con que un lunes o un viernes al azar no hay colegio. ¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? ¿POR QUÉ? Porque sí. Porque un día es un día. Porque estabas muy relajada, mujer. A ver cómo sales de esta ahora, ¿eh? ¿eh? ¿EH? Pues mira, lo primero que se me ocurre es ir a pedir otro préstamo al banco, pero como ya pedí dos para sufragar los múltiples campamentos de verano a los que tuve que apuntarlas en julio y estoy todavía pagando las mensualidades de piscina, no sé si van a estar muy por la labor de aumentarme el límite de crédito. Lo segundo que se me ocurre es llamar a mi madre o a mi suegra y abusar de que todavía están en estupendísimas condiciones de salud (salud que, como siga abusando de ellas, va a terminar mermando) para que se vengan a mi casa a hacerse cargo de las niñas. Lo tercero es mentirle a mi jefe y decirle que estoy enferma, lo que sería perfectamente creíble porque seguramente al día siguiente volvería a la oficina con la cara de muerto y las ojeras que me provoca pasar un día laboral cualquiera encerrada con mis hijas en casa.

Mi madre, las vuestras, las de toda España tienen una vida. No pueden estar de guardia a nuestra disposición.

En resumen:

-no llegamos apenas a la salida del colegio. O no llegamos.

-muchos no llegan ni a ayudarlos con los deberes.

-no tenemos ni la mitad de días de vacaciones que ellos. Y muchas veces, tampoco el presupuesto para sufragar los campamentos, actividades, etc. que necesitaríamos para poder ir a trabajar con la seguridad de que nuestros hijos están bien atendidos.

-no hay opciones B, ni planes, ni nada para esos días que de repente se convierten en No Lectivos por obra y gracia de una burocracia que no mira por nadie.

Y lo peor, la sensación general es que el problema es más que evidente, pero nadie hace por resolverlo. Como cuando ves a una chica a la que se le ha olvidado quitarse la etiqueta de una prenda nueva y te mueres de las ganas de decírselo, pero te detiene la vergüenza. ¿Tan difícil es? ¿O es que tenemos que montar la marimorena para que alguien se ponga manos a la obra? Yo no lo sé, la verdad y la única forma que se me ocurre de aportar mi granito de arena es escribir este artículo y pedir que lo compartáis.  

 

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Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...