¿Jugamos las mujeres siempre en Segunda División?

Viernes, 27 de Febrero del 2015     |    Por Rebeca Rus

¿Jugamos las mujeres siempre en Segunda División?

Echa un vistazo a tu alrededor: ¿cuántas mujeres conoces que estén jugando en Primera División? Es más: ¿cuántas conoces que sean delanteros? Tengo la impresión de que la mayoría de nosotras llevamos años jugando en un discreto puesto de lateral o nos hemos convertido en porteros que lo paran todo. Pero yo me he cansado y estoy dispuesta a convertirme en “la Pichichi” de mi propia Liga.

Hace más de diez años trabajaba de creativa publicitaria en una de las mejores agencias del país. Llevaba cuentas de grandes marcas y era responsable de campañas publicitarias estupendérrimas. Pero un buen día decidí quedarme embarazada y, en mis propias palabras, descender a segunda división.

No fue una decisión que me costó tomar ni lo eché a suertes con mi pareja y me tocó la pajita más corta. Fui yo misma quien tomó la decisión pensando en lo que era mejor para mi bebé. Y no me arrepiento de nada. Pero cometí un error fundamental: creerme que había descendido a jugar en un equipo de segunda.

Al igual que yo, muchas de mis amigas también tuvieron que decidir si “bajaban a segunda”, porque tener vida familiar y un buen trabajo en este país es una cosa que sólo pasa en las series de televisión. O eso parece. De hecho, cuando eres madre tienes que decidir entre fichar en primera o ver a tu hijo un ratito antes de que la criatura se vaya a la cama.

Pero ellas, mis amigas y compañeras, seguían siendo las mismas estupendas profesionales que eran antes de tener hijos. Yo también. La maternidad no implica una pérdida de neuronas irreparable, aunque sí una momentánea (como ya hemos hablado en este artículo sobre Madres sin identidad o en este sobre el Des-madre total).

Sí, teníamos niños, pero éramos trabajadoras que nos esforzábamos por llegar a nuestra hora a la oficina, hacer nuestro trabajo lo mejor que sabíamos, poníamos a prueba a nuestras vejigas para no perder el tiempo en el baño y salir a nuestra hora porque en casa se había vuelto a acabar el papel higiénico (alguna universidad de Wisconsin debería hacer unos gráficos comparativos sobre el gasto de papel higiénico en una familia de cuatro miembros respecto a una familia de dos. El resultado superaría el concepto de “crecimiento exponencial”) y porque cada hora extra de guardería nos costaba tanto como una camiseta en Zara.

Más niños llegaron. Y muchas de nosotras optamos por la reducción de jornada, incluso sabiendo que:

      * íbamos a cobrar un veinte por ciento menos.

      * en la mayoría de los casos, terminaríamos haciendo exactamente el MISMO trabajo que hacíamos antes de pedir la reducción (y batiendo todos los récords mundiales de contención de nuestras vejigas para sacarlo adelante, ya que estábamos) y;

      * nos íbamos a convertir en seres invisibles para nuestros jefes= sin derecho a subidas de sueldo, sin derecho a promociones, sin derecho a que se nos considerara para nada medianamente interesante y sin derecho a palmadita en la espalda (que están muy caras en el mercado laboral, oyes).

Trabajar a jornada reducida implica tener que sacar el trabajo que tenías antes en menos tiempo. A ver cómo te las apañas, nena.

Estaba claro. Nos habíamos convertido en laterales o, según nuestro grado de entrega, en defensas o porteros. Parábamos los golpes dentro y fuera de casa. Cumplíamos con nuestra jornada laboral, ganábamos un sueldo y además nos ocupábamos de cuidar a nuestros hijos, de educarles, de llevarles al médico, a las actividades extra-escolares y a hacer los deberes mientras llenábamos la nevera, poníamos lavadoras non-stop y metíamos palitos de pescado en la freídora. Mujeres Todo Terreno. Mujeres que lo Tenían Todo.

Entonces ¿por qué nos considerábamos de segunda?

Ser mujer no debería equivaler
a estar Fuera de Juego

Al principio, pensé que era cosa mía. Que yo misma me boicoteaba pensando que mi capacidad profesional había empeorado porque ya no trabajaba en una gran empresa llevando grandes cuentas y manejando grandes presupuestos. Que si la vida me había llevado hasta aquel sitio era porque me lo merecía, me había relajado, la maternidad me había hecho peor creativa. Que si anteriormente había tenído un pasado glorioso había sido fruto de la casualidad. 

Vamos, tenía un Síndrome del Impostor que no podía con él, pero sin saber qué era. Me enteré porque mi chico me lo dijo un día, harto de verme lloriquear sobre el fracaso que era. Como soy una tipa curiosa me metí a investigar aquello del maldito síndrome y descubrí que era un peligroso trastorno psicológico que sufrían aquellos que se ven a sí mismos como un completo fraude, pues consideran que no se merecen sus éxitos o no tienen inteligencia suficiente, que todo lo conseguido ha sido fruto de la alineación afortunada de los astros. Y lo más importante: que la mayoría de las personas que lo sufrían eran mujeres. Oh, qué sorpresa.

Esto explicaba muchas cosas. En mi comportamiento y en el de mis amigas.

Explicaba por qué mi amiga Laura justificaba que su jefe no le dejara tomar decisiones porque ella se iba a casa a las tres (a pesar de que luego se pasaba la tarde contestando llamadas de su empresa y resolvía mil problemas del trabajo mientras esperaba en la calle a que sus hijas salieran de la piscina. Todo, por supuesto, fuera de su jornada reducida).

O por qué mi amiga Manuela había necesitado tres años para reunir el valor suficiente para pedir un aumento de sueldo, a pesar de que el cliente para el que trabajaba de consultora le había dicho a sus jefes que sólo les darían otro proyecto si lo dirigía ella. Pero, claro, como trabajaba una hora menos al día que el resto de sus compañeros… Qué sinvergüenza, pretendía ganar más dinero saliendo antes que los demás (y fichando todos los días a las siete de la mañana, es decir, dos horas más temprano que los demás, para adelantar su trabajo).

Explicaba por qué nos achicábamos cuando alguien nos reprochaba no haber estado en la reunión del día anterior y no éramos capaces de argumentar que si sabían desde hacía más de dos años que te ibas a las cinco ¿por qué cojones convocaban una reunión a las seis? ¿Qué te estaban echando en cara exactamente?

Y no sólo pasaba y pasa hoy en día en el trabajo. También pasaba y sigue pasando en nuestra vida personal. Cuando muchas de nosotras no somos capaces de adoptar un cumplido, o cuando nos hacen un piropo y llamamos la atención sobre uno de nuestros defectos. O somos incapaces de presumir de que somos unos linces y hemos conseguido este vestido tan mono por un precio irrisorio. Al revés, contestamos “¿esta cosilla? Es una tontería que encontré en las rebajas”. No hace falta ser madre para comportarse así: incluso las que no tienen hijos también lo hacen.

Con esto no estoy diciendo que todas las mujeres que conozco sufran el Síndrome del Impostor, pero sí que es necesario, todavía lo es y mucho, que alcemos nuestra voz y defendamos lo que es nuestro, nuestra valía, nuestra capacidad y lo mucho que valemos. Todavía es necesario seguir hablando alto y claro. Todavía es necesario recordarnos a nosotras mismas nuestros méritos y luego vocearlos por los pasillos de la oficina (como he visto a hacer a muchos cantamañanas y que, por increíble que parezca, ofrece resultados casi más buenos que simplemente limitarte a hacer tu trabajo bien). Todavía es necesario sentarse a negociar con nuestro jefe, con un listado de las cosas que hemos hecho este trimestre, para demostrar que nos merecemos ese ascenso, ese aumento, esa palmada (en vías de extinción) en la espalda. Es urgente empezar a echarse flores a una misma y a besarse en el espejo y a decirnos “tú vales mucho”, porque, visto lo visto, nadie lo va a hacer por nosotras.

Y si no lo empezamos a hacer YA estaremos dando la razón a la realidad que insiste en seguir siendo injusta con las mujeres, en la realidad que nos empuja a seguir jugando en Segunda División.

Por ejemplo, esta misma semana el Observatorio de la Mujer ha publicado un informe que confirma que las mujeres, en pleno siglo XXI, seguimos cobrando hasta un 19% menos que los hombres. O en otras palabras: que tenemos que trabajar 79 días más al año para cobrar lo mismo que nuestros compañeros. O en mis propias palabras: que nos siguen tomando el pelo.

Y sin embargo, en el día a día de nuestros trabajos apenas existen diferencias de responsabilidades, objetivos o capacidad. Trabajas igual, llegas igual y te arriesgas de la misma manera, pero a la hora de la verdad, no cobras lo mismo. Y encima no te aprecian igual. Según este mismo estudio del Observatorio de la Mujer, en la franja de edad de 25 a 34 años la diferencia del salario medio anual entre hombres y mujeres es del 15%. Un porcentaje que se duplica hasta llegar al 30% en edades superiores a los 45 años.  

Me niego a pensar que para cobrar lo que me merezco tengo que disfrazarme de señor.

Ahora entendemos por qué ninguno de nuestros compañeros considera que juegue en Segunda División. No es sólo cuestión de actitud frente a la vida, es la dura, dura, dura realidad.

A medida que aumenta nuestra edad laboral lo único que ganamos son kilos, arrugas y ganas de beber de la botella a morro, pero son ellos los que progresan más rápidamente en el ámbito laboral, tanto en responsabilidades como en nivel económico. Según el estudio, esta doble discriminación, dentro y fuera del trabajo, es una de las principales causas por las que las mujeres españolas son las que sufren más estrés y más insomnio de Europa. A lo que yo añado: y que nos dediquemos a buscar el término "bomba unipersonal teledirigida" por Google.

Pues me he cansado, de verdad. He tomado la decisión y no me voy a contentar sólo con vocear mis virtudes, mi experiencia y mi valía personal y profesional. También he decidido que voy a convertirme en “la Pichichi” de mi propia Liga. De mi vida, vamos.

Voy a hacerle una entrada brutal al próximo que me diga que mi trabajo vale menos que el de un hombre.

Ahora en las reuniones me tienen que mirar a los ojos por narices (a los que antes me miraban al escote ahora les fulmino con mis Rayos X) y escuchar lo que tengo que decir. Y lo que tengo que decir cuenta mucho porque soy una persona con más de quince años de experiencia en mi sector, tengo la suficiente confianza en mí misma como para desarrollar mejor mis locas ideas, sé acortar tiempos por atajos que antes desconocía, tengo oficio para resolver los problemas en un pis pas y en resumen, sé de lo que hablo. Ahora, cuando me preparo para disparar, sé por dónde voy a meter el balón y, en la mayoría de las ocasiones, meto gol. ¿Por qué entonces no me voy a merecer ascender a Primera División? ¿No soy acaso una estupenda delantera? ¿No puedo ser yo también Pichichi de la Liga?

Enviar por WhatsApp

Este artículo lo ha escrito...

Rebeca Rus

Rebeca Rus (Madrid, 1974) es creativa publicitaria, escritora, columnista y responsable de la sección de cocina de la Revista Cuore. Es la autora de los libros "Sabrina:1-El Mundo:0", "Sabrina... Saber más...