La odisea de elegir un modelito en el periodo de entretiempo

La odisea de elegir un modelito en el periodo de entretiempo
Miércoles, 4 de Noviembre del 2015     |    Por Alexandra Manzanares

La odisea de elegir un modelito en el periodo de entretiempo

Dicen los expertos que las rebajas sacan el lado más salvaje de las mujeres. Es mentira. Puede que durante esos días más que comportarnos como seres humanos civilizados lo hagamos como animales gruñendo en la jungla en la que se convierten las tiendas. Sin embargo, nada tiene que ver con el acontecimiento por excelencia que nos convierte en mujeres al borde de nervios y hace que Risto Mejide a nuestro lado parezca una abuelita adorable: elegir un modelito cuando salimos de casa en el periodo de entretiempo.

Nadie pone en duda que las mujeres sabemos hacer dos cosas a la vez, somos eficientes, inteligentes y un largo etcétera de cualidades por enumerar, pero, por el momento, todavía no traemos de fábrica el don de leer el futuro. ¿Cómo narices vamos a saber a las siete de la mañana cuando seleccionamos la ropa con los dientes castañeando que vamos a vivir en un día las cuatro estaciones del año?

Algún día me tocará la primitiva y acabaré contigo lentamente, ¡maldito!

Es decir, te levantas calentita en tu alcoba hecha a base de una buena dosis de mantas y, además de enfrentarte a ese despertador que odias con toda tu alma, tienes que desafiar al frío polar que ha invadido tu casa durante la noche e ir a desayunar poniéndote encima esa bata horrible (la bonita no calientas y la dejas para cuando tienes invitados) que te regaló la suegra y te convierte en un calefactor andante.

Desayunas, regulas la temperatura y te enfrentas al armario. Aquí llega la peor parte. Cuando abres las puertas de par en par te sientes en el ring de un combate de boxeo. En un lado, esos vestidos finos de verano tan cuquis y repletos de color. Al otro, los jerseys gordos de lana de colores monótonos y aburridos. Tú en el medio como árbitro decidiendo quién es el ganador. Y, por supuesto, el armario apunto de estallar porque no has bajado ninguna prenda al trastero o las has metido en cajas debajo de la cama.

Si yo tuviera un vestidor como Carrie de Sexo en Nueva York estas cosas no pasaban.

¿Y dónde está la ropa de entretiempo? Perdida en el mismo lugar en el que se ha escondido la primavera y el otoño porque, no nos vamos a engañar, hace tiempo que abandonaron España o por lo menos Madrid. Solo existen dos estaciones. La que sudas hasta las sábanas de la cama y la que tienes varios kilos de mantas encima de ti. No hay más y lo sabes. Por este motivo, las chaquetillas de entretiempo son un incordio que ocupan espacio porque no calientan lo suficiente cuando las temperaturas son bajas y si son altas te sobran igual que el queso a un buen bocadillo de jamón con tomate restregado.

Llegados a este punto reflexionas sobre lo que vas a hacer el resto del día tratando de encontrar la respuesta a la difícil elección entre ropa de verano o de invierno. Sabes que en el metro, esa lata de sardinas que huele a choto moruno, te asarás. Punto para el vestidito mono lleno de estampados que resalta tu figura. Sin embargo, en la oficina el aire acondicionado estará tan alto que te sentirás en la mismísima Sibera o, en su defecto, la zona de congelados del supermercado. Punto para el jersey de cuello alto con una bufanda a juego.

¡Yo quiero uno así para invierno!

De repente te das cuenta de que pensar en el trabajo ha sido un error total y absoluto porque eres incapaz de comprender a la persona que tiene el poder del aire acondicionado. Tu mente común no capta el motivo por el que deciden que en verano nos congelemos y en invierno ponen la calefacción alta hasta que más que una oficina parece una sauna. No lo intentes. Podrás quemar todas las neuronas que te quedan después de una juventud repleta de cervecitas en terrazas que no encontrarás la lógica. Tal vez es un secreto como el de los masones que solo se transmite de generación en generación cuando te ceden el poder de regular la temperatura.

A estas alturas ya estás desesperada y más cuando miras el reloj y compruebas que, como de costumbre, tendrás que maquillarte en cinco minutos con un poco de máscara de pestañas y poco más si quieres llegar a tiempo a trabajar. ¡Tranquilas tengo la solución!

Si ya sabía yo que estos bolsos enormes tenían que tener alguna utilidad…

Durante muchos años me he estado planteando por qué me compraba bolsos enormes en los que podría ocultar perfectamente un cadáver para meter la cartera y poco más, ¡me estaba adelantando a mi época! Yo ya sabía que llegaría un día en el que las estaciones dejarían de existir y por eso desde bien pequeña comencé a coleccionar esta especie de maletas portátiles. Tras llegar a esta conclusión vi la luz. Lo único que tenemos que hacer es salir embutidas como una croqueta e irnos quitando capas y guardarlas en nuestro bolso. Un dos por uno, dos modelitos en la oficina para que piensen “qué chica más apañá” y adiós a esos incómodos catarros que te hacen sonarte los mocos con un ruido estridente y desagradable.

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Este artículo lo ha escrito...

Alexandra Manzanares

Alexandra Roma o Alexandra Manzanares Pérez (Madrid, 1987) es un periodista, guionista, directora de cine, escritora y, gracias a Glup Glup, columnista, ¿se comprende por qué necesita una doble... Saber más...